<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-16112820</id><updated>2011-11-25T09:43:37.409-03:00</updated><title type='text'>Doctrina social de la Iglesia</title><subtitle type='html'>Este Blog está orientado a difundir la Doctrina Social de la Iglesia, y las filosofías y experiencias prácticas concordantes con el Magisterio Social como el Humanismo Cristiano, el Personalismo Cristiano, la Economía de Comunión y otras similares.

Queremos invitarte a conocer directamente el grupo Doctrina Social en   &lt;a href="www.doctrinasocial.org"&gt;Grupo Doctrina social&lt;/a&gt; o en &lt;a href="https://www.facebook.com/groups/33108625374/"&gt;Facebook &lt;/a&gt;</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Leopoldo Quezada Ruz</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10133471371900014417</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/_qY4Yc2xPHNk/SY4wnBgoWFI/AAAAAAAAFK4/9f8GNWgCGew/S220/Lqr1.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>6</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-16112820.post-2662645322514250708</id><published>2007-02-22T12:48:00.001-03:00</published><updated>2007-02-22T12:51:13.707-03:00</updated><title type='text'>Carta Pastoral del Obispo de Queretaro.</title><content type='html'>Santiago de Querétaro, Qro., 1° de Noviembre de 2006&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CARTA PASTORAL N° 9/ 2006/&lt;br /&gt;DEL SR. OBISPO DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO&lt;br /&gt;TESTIGOS DE LA ESPERANZA&lt;br /&gt;EL HOMBRE, CAMINO DE LA IGLESIA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--------------------------------------------------------------------------------&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hermanos presbíteros&lt;br /&gt;Hermanos y hermanas consagrados&lt;br /&gt;Hermanos y hermanas en la santa fe católica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;INTRODUCCIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Coordenadas pastorales&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Después de haber celebrado el Año de la Pastoral Social según marca nuestro Plan Diocesano, y de haber tenido diversos encuentros y sesiones de estudio relativas a la Doctrina Social de la Iglesia, y habiendo escuchado las aportaciones y propuestas de numerosos fieles laicos durante mi Visita Pastoral a las parroquias, y posteriormente retomadas en el documento titulado “El Compromiso Social de los Fieles Laicos”, que sirvió para la reflexión común en la XVII Asamblea Diocesana, me ha parecido necesario escribir esta Carta Pastoral para reafirmar y aclarar algunos conceptos que utiliza el Magisterio eclesiástico en el campo de lo social y estimular a los fieles laicos a asumir más plenamente sus responsabilidades en la vida pública. En efecto, este ramo de la pastoral suele ser el más descuidado no sólo por las exigencias que lleva consigo, sino por la atmósfera enrarecida en que ha vivido la comunidad católica en el último siglo y por la falta de claridad en los conceptos y en los contenidos de la doctrina social cristiana. Vivimos, tanto al interior como sobre todo al exterior de la Iglesia, una especie de “comedia de equivocaciones”, en razón del significado distinto y hasta contrario que se suele dar a términos y expresiones como bien común, laico, laicidad, laicismo, política, política partidista, a la noción misma de Estado laico y de democracia. Una situación así no facilita el diálogo ni el mutuo entendimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Raíz de la crisis actual&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Esta confusión se ha generado durante más de un siglo de indoctrinamiento de corte liberal, alimentado por diversas corrientes filosóficas que han imperado entre nosotros y que tienen como base el positivismo científico que invadió también el campo del derecho y de la moral y cuyo fruto obligado es la dictadura del relativismo y la vuelta al paganismo. La Iglesia, por su parte, ha clarificado su doctrina y, sobre todo, ha ofrecido respuestas actualizadas a los retos que presentan las nuevas realidades en el campo de las ciencias humanas y de lo social. Por esta razón, y estimulado por el planteamiento del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Dios es Amor”, he procurado descubrir en la primera parte de esta Carta Pastoral las mismas raíces del sistema positivista y liberal que nos rige en lo político, en lo económico y en lo social, sobre todo en su expresión más radical del liberalismo intransigente, como le llama la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública (No. 6), de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 22 de Noviembre de 2002. En efecto, el planteamiento originalísimo del Santo Padre en su primera encíclica, nos viene a desvelar las causas de la actual crisis religiosa y cultural, donde lo cristiano es visto por el hombre contemporáneo no sólo con recelo sino como su enemigo, con la trágica consecuencia de la vuelta al más puro paganismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enseñanza social de la Iglesia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. En la segunda parte de la Carta presento una reflexión sobre la relación que guarda la Doctrina Social de la Iglesia católica con el sistema democrático que nos rige, y con el que convive necesariamente el católico en sus actividades cotidianas, sobre todo quien tiene cargos públicos que desempeñar. En este campo perduran ideas y expresiones que han sido ya superadas por la experiencia democrática de muchas naciones modernas, más concordes con el Magisterio de la Iglesia tal y como lo expone, por ejemplo, el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” al cual remito e invito a conocer y a estudiar. En esta Carta menciono únicamente las ideas y los temas que más afectan a nuestra vida común en México y, necesariamente, lo hago con brevedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lucha entre el bien y el mal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. Ofrezco también, al final, una reflexión breve sobre la raíz teológica de esta lamentable situación, tal y como se nos revela en la Historia de la Salvación desde sus inicios, de modo que percibamos que lo que ahora vivimos debe enmarcarse como un episodio más de la vieja batalla entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la bendición y la maldición; entre la Babel terrea y la Jerusalén celestial, donde el Cordero inmolado y victorioso nos espera y alienta nuestra esperanza. Somos los católicos Testigos de esta Esperanza en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Constructores de la ciudad terrena&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. El fiel católico sabe que la fe no es una mera abstracción, sino un itinerario que inicia con el Bautismo y desemboca en la eternidad; es consciente de que su paso por este mundo implica un compromiso real y concreto con todas las realidades que va encontrando en su camino y que lo orientan hacia su destino final, feliz o desventurado. Sabemos los católicos con toda claridad que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que debemos fijar nuestra mirada en la futura, en la Jerusalén de arriba, en la que habitará por siempre la justicia que en esta tierra no encontramos en plenitud, pero que debemos esforzarnos por construir con tesón y con esperanza. Esta mirada a lo alto no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente (Vat. II. GSp, 39) para implantar, ya desde ahora y en el lugar en que nos ha tocado vivir, el Reino de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. LAS RAÍCES DEL LAICISMO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Dos amores edificaron dos ciudades: El amor de Dios&lt;br /&gt;hasta el desprecio de sí mismo y el amor de sí mismo&lt;br /&gt;hasta el desprecio de Dios” (S. Agustín).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ubicación histórica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. El siglo que acaba de concluir ha sido de grandes transformaciones sociales en nuestra patria y de dolorosas pruebas para la fe de los católicos mexicanos. El bienestar social prometido a los ciudadanos sólo es objeto de disfrute por parte de unos cuantos audaces y afortunados, mientras que las mayorías siguen aguardando la hora de su cumplimiento; en cambio, las semillas de animadversión sembradas por doquier contra los miembros de la Iglesia de Cristo, han generado un laicismo intransigente y discriminador, que todos los católicos -pastores y fieles- hemos sufrido con ancestral paciencia. Los grandes Pastores que han regido a la Iglesia de Dios en México -ejemplo eximio es San Rafael Guízar Valencia, recientemente canonizado- nos han enseñado a interpretar estas penalidades como participación en la Cruz de Cristo, que ha florecido en numerosos mártires y santos elevados a los altares en los años recientes. En la Basílica de San Pedro en Roma han ondeado, ante el mundo entero, los pendones con las imágenes de numerosos hijos de la Iglesia aclimatada en nuestras tierras. La fe de la Iglesia en México es una fe probada y autentificada por el martirio y esto es don y gracia de Dios que agradecemos. Pero las amenazas persisten, ya no en forma de persecución violenta y cruenta, sino de manera más sutil en la ideología vigente, llámese ésta laicismo, relativismo o desacralización, fenómenos que ahora se engloban con el nombre genérico de postmodernidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. LA VUELTA AL PAGANISMO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La postmodernidad&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7. El Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es amor” plantea con suma claridad y crudeza el núcleo focal de donde se originan el día de hoy las acusaciones de mayor envergadura contra la fe cristiana y, en particular, contra la Iglesia católica. Dice el Papa: En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad (el eros-ágape como novedad del cristianismo) ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según Fiedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio (Más allá del bien y del mal, IV, 168). El filósofo alemán expresó de este modo una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizá carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino? (No. 3). Aquí tenemos descrito, de manera realista y clara, el punto doliente que afecta la vida del cristiano y que lo hace al menos dudar que su pertenencia a la Iglesia sea para él un bien y que la observancia de los mandamientos le pueda proporcionar felicidad. Esto se refleja en la vida apática de numerosos bautizados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Objeciones en contra de la Iglesia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8. Las objeciones contra el cristianismo en general y contra la Iglesia católica en particular hoy en día, no suelen ser de tipo intelectual o doctrinal; nadie acusa ahora a la Iglesia de propagar una doctrina absurda o increíble, como lo hacían los paganos y los herejes de los primeros siglos; ni la tacha de irracional o perversa por creer en el dogma de la Santísima Trinidad, en la Encarnación del Verbo o en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En México persisten algunas acusaciones de tipo histórico (puesto que la historia oficial la escribieron los contradictores de la Iglesia), que se originan muchas veces en la carencia de objetividad y de perspectiva histórica, y otras en faltas reales de los hijos de la Iglesia, por las que el Papa Juan Pablo II nos invitó a pedir perdón y a purificar la memoria durante el Gran Jubileo. Las objeciones de tipo histórico se curan con la investigación objetiva de los hechos para quien quiere ver la verdad, y con el perdón ofrecido y recibido por los posibles agravios cometidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El laicismo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. Pero, en la actualidad, como lo señala el Papa Benedicto XVI, se acusa al cristianismo en general y a la Iglesia católica en particular, por motivos psicológicos o sociológicos: por causar daño y hasta enfermar a la sociedad y al individuo, de impedirle ser feliz y disfrutar de los bienes de la creación, comenzando por su propio cuerpo y su sexualidad. El cristianismo sería una especie de enfermedad que debilita lo que está vigoroso y sano, una patología peligrosa que habría que erradicar y cuyo remedio habría que buscar, no corrigiéndolo, porque se tiene por incorregible, sino suprimiéndolo o, al menos, excluyéndolo de la vida pública y social. Este pretendido remedio recibe ahora un nombre muy conocido: laicismo. Todo lo religioso-cristiano debe ser eliminado de la vida pública y social, comenzando por la educación de la niñez y de la juventud, llegando hasta la destrucción del matrimonio y del núcleo familiar; por eso, la educación laica en su interpretación laicista, se ha convertido en un dogma de fe nacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ídolo nuevo con malicia vieja: el paganismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10. El lector medianamente informado sobre el origen de la cultura moderna y de esta crítica al cristianismo, sabe que aquí, como bien señala el Papa, está la mano del filósofo Friedrich Nietzsche, para quien la esencia del cristianismo consiste, parafraseando groseramente el cántico del Magnificat, en exaltar a los humildes y humillar a los poderosos, es decir, exaltar lo inútil y rechazar todo lo que realmente vale y cuenta, es decir, el poder. Lo decimos con las mismas palabras del filósofo nihilista: El cristianismo necesita de la enfermedad, del mismo modo que los griegos necesitaban de la salud... El cristianismo se contrapone además a cualquier planteamiento intelectual logrado: tan sólo puede utilizar la razón enferma en cuanto razón cristiana; toma partido por todo cuanto es idiota..., va en contra de la soberbia del espíritu sano (El Anticristo, 51 y 52). Según esta falseada interpretación de la fe cristiana, la actividad de la Iglesia consistiría en exaltar y difundir la enfermedad; lo demostraría el hecho de ir a contrapelo de los valores propios que exaltó el paganismo: el poder, la salud, la fuerza, la belleza, el cuerpo, el placer... y que el hombre requiere para ser feliz. En consecuencia, la verdadera salvación del hombre sería la eliminación del cristianismo y la vuelta al paganismo, que ahora coincide con el laicismo y sus secuelas el relativismo y el secularismo. Hay, pues, que superar al hombre con el super-hombre, lo débil del cristianismo con el poder de lo terrenal: El superhombre es el sentido de la tierra... ¡Permanezcan fieles a la tierra y no crean a los que hablan de esperanzas supraterrenales! Son envenenadores, conscientes o inconscientes... La tierra está cansada de ellos; ¡muéranse de una vez! (Así hablaba Zaratustra, I, 3).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Propuesta satánica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11. En el campo de concentración de Auschwitz (28 de mayo, 2006), el Papa Benedicto XVI explicó las consecuencias de esta propuesta satánica del filósofo alemán, haciendo ver cómo el nazismo pretendió exterminar al pueblo hebreo y así quiso asesinar al Dios que llamó a Abraham y que entregó a Moisés el Decálogo, que contiene la voluntad de Dios para que el hombre viva en paz sobre la tierra; al querer eliminar a Dios y a su pueblo, explicaba el Romano Pontífice, eliminaba también a su Ley y así pretendía erigirse como amo soberano del hombre y dominador del mundo. Una vez arrancada la raíz de la fe hebrea, debía de ser eliminado también el cristianismo, substituyéndolo por la fe en el hombre autosuficiente y soberbio que dicta e impone a placer sus propias leyes. El nacionalsocialismo fue el fruto amargo de esta siembra perversa del filósofo nihilista alemán. Entre nosotros, la hostilidad contra la Iglesia y la subsiguiente persecución religiosa se inspiró más bien en el positivismo y en el liberalismo anticlerical salpicado de socialismo, pero con idéntica intención de erradicar el catolicismo del país; ideología que se sigue difundiendo a granel entre los estudiantes en numerosas cátedras y entre los lectores de las obras del malogrado filósofo alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más allá de toda ley&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12. Por tanto, el laicismo arremete contra el cristianismo y en particular contra la Iglesia católica, no porque tenga argumentos racionales válidos sino porque está persuadido de que la fe cristiana se opone y contradice a todo lo humano y hace infeliz al hombre; por eso describe a la Iglesia y a la moral cristiana como antinatural, restrictiva y opresora. El cristianismo ofrecería, en el mejor de los casos, un ser humano disminuido; debe, por tanto, ser excluido de la vida pública y social. ¡El cristianismo, esa negación de vida convertida en religión!, exclama Nietzsche (El caso Wagner, 2) y llega al extremo de repudiar todo lo que huela a moral y a autodefinirse como el primer inmoralista del mundo (Por qué soy un destino, 2). Rechaza no sólo la moral cristiana, sino también la ética natural, cimentada en principios comunes y universales como es el Decálogo, dando pie a la degradación del ser humano y a la desintegración social.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. DESTRUCCIÓN DEL ORDEN MORAL&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Palabras prohibidas.&lt;br /&gt;13. Para el “intelectual” laicista y desacralizado, términos como Dios, mandamientos, ética, moral, amor, valor, alma, conciencia, virtud, deber, fidelidad, etcétera, deben ser excluidos del vocabulario oficial; son palabras prohibidas en el diccionario laicista. Se ha introducido además en la vida pública la moda de inventar vocablos o giros lingüísticos para desvirtuar el peso moral de los contenidos de las acciones implicadas, por ejemplo, a la anticoncepción se le llama “salud reproductiva”, al aborto “interrupción del embarazo”, al embrión humano simple “producto” o se habla erróneamente de “pre-embrión”; con el pretexto de luchar contra el machismo y la discriminación de la mujer (que buena falta nos hace), negando el hecho biológico y privilegiando el cultural, se reinventa la noción de género (ideología de género, equidad de género, etcétera) los cuales no serían sólo dos como los sexos (o tres con el neutro gramatical), sino toda una constelación: masculino, femenino, homosexual-lesbiano, bisexual, transexual, etcétera, dando carta de ciudadanía a la promiscuidad y a la degradación sexual, como en el más puro paganismo que describe San Pablo en su carta a los Romanos (Cf. Rm 1, 24-32). La equivocidad y la confusión en el lenguaje acompaña siempre a la demagogia y a la manipulación social.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ataque a las instituciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14. Con particular encono se atacan las instituciones básicas y fundantes de la sociedad como son el matrimonio y la familia, las cuales, siendo patrimonio común de la humanidad, la Iglesia protege y enriquece con los valores propios del Evangelio, sin quitarles su bien propio y natural. Pero el laicismo aborrece no sólo la moral cristiana sino la misma ley natural y, en nombre del pluralismo y de la tolerancia, aplaude todo género de uniones y formas aberrantes de convivencia, a las que pretende dar en las leyes el mismo rango jurídico y social que al matrimonio natural y a la familia. En esta vuelta al paganismo, habría que incluir toda una galaxia de doctrinas y prácticas de moda como son el exagerado cuidado del cuerpo y la exaltación de la sexualidad y del placer sin compromiso ni responsabilidad; el endiosamiento de los cultos y rituales paganos, autóctonos o extranjeros; el sometimiento a las fuerzas de la naturaleza con el nombre de vibraciones, astrología, nueva era, curanderismo y prácticas supersticiosas y pseudomísticas; en una palabra, el renacimiento de la superstición con la ayuda de la mercadotecnia. Todas estas prácticas primarias y rupestres son una especie de erupción del alma primitiva que ofrece un variadísimo tianguis religioso que el laicismo acepta y propaga, consciente o inconscientemente, confundiendo la libertad de creencias con la banalidad y el engaño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los laicos y el laicismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15. Pero, si miramos al interior de la comunidad creyente, podemos observar que no está exenta de este prejuicio y de este error, sino que el laicismo, en buena parte al menos, está incrustado en la entraña misma del catolicismo nacional. La separación entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se practica, es una de las llagas más dolorosas que tiene que soportar la santa Madre Iglesia. El llamado catolicismo sociológico -el aceptado por tradición y poco ilustrado- supera en número al convencido y genera unos adeptos indecisos y apáticos, fácilmente manipulables, en muchas ocasiones temerosos de aparecer en público como creyentes. Las leyes antirreligiosas obligaron a los católicos a disimular su fe y a esconder su práctica. Pero, ¿no fue el Concilio Vaticano II quien, con toda su autoridad, resaltó el protagonismo de los fieles laicos y les encargó gestionar y ordenar los asuntos temporales según Dios, defendiendo su índole secular, para que cooperen a dilatar en el mundo el Señorío de Cristo y así cumplan su vocación y se salven? (Cf LG 31, 35, GS 43). Diez años después, el Papa Pablo VI les recuerda que su campo de acción está en el corazón del mundo y de las más variadas realidades temporales (EN, 70) y Juan Pablo II les señala que el mundo es el ámbito y el medio de su vocación, de su santificación y de su salvación (Cf CFL, 17). Los Obispos de México lo subrayamos también de manera apremiante en nuestra carta pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos (Cf. Nos. 270-305), porque, si la luz no alumbra y la sal no da buen sabor debe ser desechada y pisoteada por la gente, decía Jesús.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. EL CRISTIANISMO: UN GRAN SÍ AL AMOR Y A LA VIDA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jesucristo, el “amén” del Padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;16. El Papa Benedicto XVI corrige esta apreciación tan lastimosa y va a la raíz misma del laicismo contemporáneo. En su carta encíclica no menciona la palabra pecado; y no es porque no le interese la ley moral, o no deban enderezarse los comportamientos humanos equivocados, sino porque el Papa quiere subrayar que el cristianismo no arranca de una doctrina o de un sistema intelectual o moral, por más sublime que sea, sino del encuentro gozoso con una Persona viviente y real, Jesucristo. No se comienza a ser cristiano –dice en su encíclica- por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (No. 1); y les aclaraba recientemente a los fieles de Roma: La fe y la ética cristiana no quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte y libre el amor. Este es el sentido de los diez mandamientos, que no son una serie de “noes” sino un gran “sí” al amor y a la vida. La razón le asiste toda al Papa y le agradecemos el recordárnoslo con tan claras palabras. En efecto, en la sagrada Escritura, Jesucristo es llamado el Amén del Padre, el que dijo sí a su voluntad y la cumplió con amor, a tal grado que la consideró su alimento cotidiano. Si buscamos de donde le viene al hombre el poder amar a Dios, la única razón que encontramos es porque Dios lo amó primero, decía san Agustín (Serm. 34, 1). Porque el hombre experimentó primero el amor de Dios, que le salió al encuentro en una persona concreta y real que se llamó Jesucristo, por eso sus mandamientos no son pesados y su carga es ligera; o, como diría también san Agustín, quien cumple la ley, no está bajo la ley, sino con ella (In Jo. 3,2), la hace su compañera y guía de camino, su alimento y su gozo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que queremos anunciar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17. Vemos, pues, que el amor cristiano no nace de una obligación, de un deber, sino de un encuentro gracioso, de una gratitud. El no que llevan consigo los mandamientos se desprende de un sí gozoso a la voluntad de Dios y del encuentro amoroso con su Hijo Jesucristo. Al aceptar el hombre a Jesucristo necesariamente se sigue el rechazo de otros maestros y doctrinas, como el hallazgo de la perla preciosa conlleva la venta de los cachivaches. Lo acaba de reiterar el Papa Benedicto XVI: Despertar el valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que permiten crecer, caminar hacia delante y alcanzar cualquier objetivo importante en la vida; las únicas que no destruyen la libertad, sino que ofrecen la justa dirección en el espacio. Arriesgar esto, este salto -por así decir- en definitivo, y con ello acoger plenamente la vida, esto es algo que quisiera poder comunicar (Radio Vaticana, entrevista el día 5 y 13 de agosto, 2006). Esto es lo que nosotros quisiéramos también poder trasmitir y comunicar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El corazón de la fe cristiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;18. La frase de San Juan Dios es amor (1 Jo 4, 16) expresa, según el Romano Pontífice, con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana; por eso -añade- deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma y que nosotros debemos comunicar a los demás (No. 1). Se trata, pues, del ser o del no ser cristiano, según se acepte esta enseñanza y se viva esta experiencia, o no. Para evitar cualquier confusión, el Papa comienza esclareciendo la tan sublime y a la vez tan tristemente manoseada palabra amor. Los griegos lo llamaban eros y lo entendían como la atracción motivada por la pasión de los sentidos hasta la embriaguez pseudomística; sus manifestaciones eran desde las orgías públicas en los cultos al dios Dioniso, hasta la prostitución sagrada en los templos y los rituales esotéricos de los círculos de iniciados. Así se experimentaba y vivía el amor-eros antes de Cristo, en el paganismo. Según Nietzsche, el cristianismo vino a envenenar este amor y a destruir la felicidad del hombre (Cf. Más allá de bien y del mal, IV, 168). El Papa responde que no es así. El cristianismo no vino a suprimir el eros, ni a envenenarlo, sino a elevarlo y orientarlo hacia su plenitud; lo convirtió en ágape, en amor oblativo y donación plena que comienza por los sentidos –eros-, pero que se purifica y transforma en ágape por la gracia de Cristo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro humano de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;19. Cristo no quita nada, sino que lo da todo, dijo el Papa Benedicto XVI a los jóvenes durante su visita a Colonia. ¿Cómo es esto posible? Responde el Romano Pontífice: Por el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Cuando el Hijo eterno de Dios asume la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, Dios, que es amor, toma carne y figura humana y asume, purifica y eleva todo lo humano, comenzando por el eros, el amor pasional humano, y lo trasforma en amor divino y sobrenatural. Así Dios se desposa con la humanidad con vínculo indisoluble y todo lo humano queda impregnado con la luz de la divinidad. Cristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre, decía el Papa Juan Pablo II. La imagen humana más perfecta del amor divino se da en la unión conyugal; por eso se habla del desposorio del Hijo de Dios con la humanidad en el misterio de la Encarnación y, en Cristo, el amor humano se transforma en divino. El encuentro definitivo de los redimidos con Cristo se describe en el libro del Apocalipsis como la fiesta de bodas del Cordero (Cf. Ap 21, 9s). Como los esposos son una sola carne sin perder su propia identidad, así, en Cristo y por Cristo, se unen los opuestos sin desaparecer: lo humano con lo divino, el cielo con la tierra, el espíritu con la materia, el hombre con la mujer, el eros en el ágape. En Él (Cristo) tienen su consistencia todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, enseña San Pablo (Col. 1, 17), y en esta acción re-creadora de Dios en Cristo consiste la redención y la salvación. En Cristo el hombre y la creación entera han llegado a su plenitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro divino del hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;20. En esta unión no desaparece el cuerpo ni la atracción sexual, sino que ésta asume formas superiores de expresión y es trasformada por la presencia del ágape en amor que se entrega de manera total y definitiva. Todo y para siempre. Sólo el ágape proporciona felicidad porque apunta hacia la eternidad. El amor humano queda divinizado en Cristo y se convierte en fuente de santificación para quienes están y permanecen unidos en Él. El amor conyugal y el amor al prójimo son las dos grandes fuentes de santificación para el hombre y la mujer, para todo cristiano. El cristianismo no envenena el eros sino que lo asume, lo purifica y lo eleva hasta dimensiones inimaginables de grandeza y dignidad, hasta Dios. Para que el eros consiga este noble fin hace falta una purificación, una maduración, que incluye también una renuncia. Esto no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que adquiera su verdadera grandeza, porque el eros, degradado a puro “sexo” se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía (No. 5). Esta elevación y transformación del amor es la aportación específica del cristianismo y el servicio inmenso que ofrece la Iglesia católica a la dignidad de la persona humana y a la misma humanidad. El laicismo, en cambio, como toda ideología, termina convirtiendo al hombre en mercancía. Lo comprobamos fácilmente al ver la manera cómo se enfoca hoy en día el problema de la prostitución, cuya maldad intrínseca se minimiza y volatiliza dándole al oficio el nombre de sexo-servicio, pretendiendo cubrir la explotación de la mujer y la afrenta a su dignidad con la máscara de un servicio social remunerado. Se pervierte la dignidad de la mujer y la del trabajo humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El evangelio del eros transformado en ágape.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;21. Esto, decía el Papa, es lo que quisiera comunicar, lo que los católicos debemos anunciar y pregonar; esta es la buena nueva, el evangelio del eros elevado y transformado en ágape, que nos trajo Jesucristo con el misterio de su Encarnación y redención. De esta valoración de la dignidad de la persona y del aprecio por el amor humano purificado, viene el rechazo de la Iglesia a todo lo degradante y vil, a todos los métodos violentos y antinaturales de enfocar el origen, transmisión y custodia de la vida, la educación del hombre y el progreso humano. Porque el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (GSp 22), la Iglesia tiene encomendado el cuidado del hombre como tarea irrenunciable y esencial. Esta es la buena nueva que el cristianismo anuncia mediante la Iglesia y lo que el laicismo intransigente no acepta, ni parece interesarle entender. No lo hace porque la defensa de la dignidad humana y de su trascendencia no es lucrativa en lo económico ni eficaz en lo práctico ni correcta en lo político ni popular en lo social; estos valores deben, por tanto, ser eliminados de las políticas públicas en el campo de la salud, de la educación y en los medios de comunicación. Esta es la filosofía que campea en el ambiente desacralizado de la cultura pública y de la política nacional, y de la cual hace alarde el laicismo oficial. La guerra del dios Dionisos contra el Crucificado es frontal, como lo anunciaba el filósofo alemán al final de su obra Ecce Homo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;D. FRUTOS AMARGOS DEL LAICISMO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El laicismo intransigente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22. Las consecuencias prácticas que se desprenden de esta concepción laicista de la vida en su expresión intolerante, son múltiples. Señalaremos algunas de manera sucinta, a modo de ejemplo, aunque cada una requeriría un análisis mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a) Laicismo y moral. Como para el laicismo no hay ley moral estable que valga, sea la cristiana o la simplemente natural, cualquier precepto o límite a la conducta humana, sobre todo en el campo de las ciencias, se considera como injerencia indebida y enemiga del progreso; esto sucede particularmente en la esfera de la vida: anticoncepción, aborto, clonación de seres humanos, manipulación de embriones, fecundación in vitro, etcétera. Al separar la ética de la técnica y la moral de la ciencia, nada importa ya el derecho irrestricto a la vida humana o la dignidad de la persona, con tal de lograr un “progreso” que, al final, se volverá necesariamente contra el mismo hombre. No todo lo que es técnicamente posible es moralmente admisible. Quien defienda, en cambio, el aborto, la píldora del día siguiente, la experimentación con embriones humanos, etcétera, se le reconocerá como “progresista”, con un coro internacional de aplaudidores; a la Iglesia, en cambio, fiel protectora del derecho irrestricto a la vida y de la dignidad humana, se le tachará de conservadora, insensible y enemiga del progreso. Lo mismo sucederá con los gobiernos y sus gobernantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;b) Laicismo y democracia. En el campo de lo social, se presenta a la Iglesia como incompatible con la democracia, pues no está configurada en su estructura interna según este modelo sociológico y político al que pretende apoyar. Esto sucede simplemente porque no la pensó así su fundador Jesucristo; además, se le recuerda que el respeto debido al pluralismo democrático exige que se gobierne para todos, no nada más para los católicos; y esto es verdad, sólo que no se puede olvidar que se debe gobernar también para los católicos, es decir, respetando sus convicciones y sus derechos; de otro modo, se gobierna sólo para algunas minorías y se excluye a la mayoría, lo cual es antidemocrático. Esta es una objeción totalmente desenfocada, enredándose el laicismo en sus propias redes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;c) Laicismo y educación. Lo mismo pasa en el campo educativo. Es atributo y deber del Estado el ordenar la educación pública, pero esta atribución está siempre subordinada al derecho primario de los padres a elegir el tipo de educación que desean para sus hijos (Cf. ONU, Declaración Universal..., 1948, No. 26.3). La razón es muy sencilla: porque los hijos no son del Estado, sino de sus padres y éste es un derecho natural e intransferible. Por eso también lo defiende la Iglesia. El Estado no tiene por qué imponer su gusto al deseo de los progenitores. Lo normal y justo sería que, a nivel de primaria y secundaria al menos, la educación fuera según las convicciones morales y religiosas de los padres de los alumnos, todos con igualdad de servicios y prestaciones. Esto sería equidad educativa. A nivel superior, se esperaría una educación científica y de calidad, no beligerante contra las respectivas creencias y tradiciones religiosas de los alumnos. Entre la clase dirigente, a consecuencia de la mentalidad difundida por la ilustración y el positivismo, sólo lo que cae bajo la experiencia sensible o es comprobable en el laboratorio, tiene carácter científico. Este criterio, por sí mismo empobrecedor, excluye el problema de Dios y de la religión, presentándolo como acientífico o precientífico. Por esta razón, tanto la moral como la religión no tienen cabida a priori en la educación oficial; sólo el sujeto y de acuerdo con su experiencia y sensibilidad, puede decidir lo que considera religiosa o éticamente válido; por tanto, a la religión y a la ética no se les reconoce -contra la experiencia- capacidad social de crear comunidad. Ante esta manera de pensar bien valdría la pena preguntarnos, ¿pueden los gobernantes legislar contra el sentir de la mayoría, contra las tradiciones y el patrimonio común de un pueblo, contra la estructura social y moral que ha sostenido la vida de una nación? Es saludable que las tradiciones se enriquezcan con nuevos aportes, pero no es prerrogativa del gobierno imponer la ideología propia, generalmente la del grupo en el poder, usando todo el aparato jurídico, educativo y propagandístico del Estado. Esto es contrario a la democracia e inicio del totalitarismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;d) Laicismo y sexualidad. En el campo de la sexualidad se tocan muchas cuestiones morales de suma importancia. La sexualidad humana no es sólo biología, genitalidad, sino que implica comportamientos y relaciones que inciden de manera determinante en la vida íntima, afectiva y social de niños y jóvenes; el sexo, en cierta manera, define a la persona y su desarrollo futuro como hombre o mujer y afecta gravemente a toda la sociedad. Lleva siempre una connotación moral que corresponde en exclusiva a los padres de familia en su fase inicial. Separar la educación sexual de la ética es desnaturalizarla y, cuando lo hace el Estado, es injerencia indebida. Más aún, se dan intromisiones inaceptables cuando en los textos o en las cátedras se emiten juicios morales que afectan la conciencia sobre determinados actos o se desautoriza a los padres y a la Iglesia. La incitación prematura al uso de la sexualidad sin valores y sin responsabilidad, genera problemas sociales gravísimos como son los embarazos de adolescentes a los que se ofrecen “remedios” agresivos contra la vida y la dignidad (el aborto o la píldora del día siguiente, etcétera), en lugar de proporcionar valores en la formación. La subsidiariedad exige que el Estado apoye, no substituya y mucho menos suplante, a los padres de familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;e) Laicismo y política. En el terreno de lo político se suele asociar a la Iglesia con tendencias llamadas de derecha. Las nomenclatura “derecha” o “izquierda” no proceden de la Doctrina Social de la Iglesia ni del lenguaje eclesiástico, sino de los partidos políticos; ellos son los que se clasifican y califican a los demás, incluida la Iglesia, según sus apreciaciones y conveniencias. La Iglesia ni las acepta ni las utiliza. Cuando la Iglesia invita a respetar y a obedecer a la autoridad legítima, no lo hace porque sea de derecha o de izquierda, sino porque dicha autoridad fue elegida por el pueblo y así lo determinaron las leyes e instituciones que el pueblo mismo se ha dado mediante sus representantes. Lo demás es demagogia para sacar ventaja y lo mismo debe decirse de la utilización de las imágenes y del lenguaje religioso con fines partidistas. La Iglesia no acata a la autoridad por su color político, sino por la legitimidad que le da el pueblo al elegirla libremente; por otra parte, la historia demuestra que la comunidad católica ha sufrido vejaciones por regímenes de todos los colores. Quien rechaza obedecer a la autoridad que actúa según el orden moral « se rebela contra el orden divino » (Rm 13,2). Análogamente la autoridad pública, que tiene su fundamento en la naturaleza humana y pertenece al orden preestablecido por Dios, si no actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio y por ello mismo se hace ilegítima, enseña la Doctrina Social de la Iglesia. (Compendio, 398).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;f) Laicismo y Magisterio eclesiástico. Finalmente, la Iglesia siempre ha exigido su derecho a emitir juicios morales en las diversas circunstancias de la vida de los ciudadanos, incluido el campo de la política; esto lo hace para iluminar la conciencia de los católicos en asuntos tan importantes como es el bien moral de la sociedad. Es algo totalmente legítimo, pues es atribución de los Pastores recordar a quienes profesan la misma fe, el deber de ser coherentes con las creencias que libremente han aceptado. Seguirlas o no será siempre acto responsable y comprometedor de la libertad de cada uno en orden a su salvación. Como el laicismo no reconoce validez ni da importancia al campo de la moral, que es donde se mueve la Iglesia, estos juicios los reduce simplistamente a meterse en política, sin más. No acepta la distinción básica que hace la DSI entre la política en sentido amplio que mira al bien común y que interesa a la Iglesia y a sus Pastores (Cf. DP, 521) y la política partidista, campo propio de los fieles laicos. Insistimos: La Iglesia no se arroga ingerencia alguna en el ordenamiento de la sociedad civil, cosa que no le corresponde, sino que emite juicios morales para el comportamiento recto de sus hijos. Es su campo específico, ni más ni menos. Los católicos somos respetuosos de los ordenamientos sociales justos, estamos dispuestos a vivir en paz con todos y a colaborar activamente en el campo del bienestar general. No reclamamos privilegios pero tampoco aceptamos discriminaciones; es de justicia que se reconozca el aporte valioso que hace la comunidad católica a la sociedad. Amamos a Dios, a la Iglesia y a México y estamos empeñados, con cualquier ciudadano de buena voluntad que nos quiera acompañar, en la construcción de una patria mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. LA IGLESIA Y LA DEMOCRACIA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Una auténtica democracia es posible solamente&lt;br /&gt;en un Estado de derecho y sobre la base de la recta&lt;br /&gt;concepción de la persona humana” (Juan Pablo II).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. LA LAICIDAD DEL ESTADO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descripción de la Democracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;23. Llegados a este punto, es necesario detenernos a considerar más de cerca la relación que guarda la Iglesia con el sistema democrático que se busca instaurar entre nosotros. Buscaremos esclarecer, como advertíamos en la introducción, algunos de los términos de la DSI que suelen generar confusión y dificultan el común entendimiento. Como es bien sabido, la Iglesia católica ha convivido con los más diversos regímenes sociales y políticos en las más variadas circunstancias de su milenaria historia; ahora, en nuestra patria, convive con un incipiente régimen democrático, que se va consolidando con dolor. Por su etimología, democracia significa el señorío o dominio del pueblo. En la clásica denominación aristotélica se distinguen: monarquía, aristocracia y democracia. La democracia, en su acepción moderna, supone una teoría política basada en la división de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, constitutiva del “Estado de derecho”. Es un sistema de gobierno opuesto a los regímenes absolutistas y totalitarios y se distingue por la participación ciudadana, que elige y cambia a sus gobernantes y requiere de la existencia de partidos y del ejercicio libre del voto ciudadano; implica, por igual, la tutela de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones. El Papa Pío XII (Radiomensaje de Navidad, 1944) expresó, no sin ciertas cautelas, una valoración positiva de la democracia; siguieron muchas aclaraciones de los Papas Juan XXIII y Pablo VI en sus Encíclicas sociales, pero fue el Papa Juan Pablo II quien en la Centesimus annus (No.46) manifiesta abiertamente su complacencia con el régimen democrático en cuanto asegura a los ciudadanos la posibilidad de elegir, controlar y sustituir de modo pacífico, cuando así lo exija el bien común, a sus propios gobiernos. Sin embargo, aclara con insistencia que la democracia, para ser auténtica, necesita como condición indispensable la vigencia del Estado de derecho y de una correcta concepción de la persona humana. Así entendida, la democracia es aceptada y alabada por la Iglesia no como un fin en sí misma, sino como un medio e instrumento valioso para lograr el bienestar general o bien común.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La democracia moderna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;24. La democracia, tal y como la conocemos sobre todo en Occidente, hunde sus raíces en el sistema de valores propios del cristianismo; de hecho, se ha consolidado en los países de origen y cultura cristiana y católica. En nuestra patria es apenas conocida y practicada y, al haber nacido marcada por la ideología liberal inspirada en el positivismo jurídico y contraria al derecho natural, necesariamente condujo a la separación y enfrentamiento entre el orden jurídico y el orden ético, hasta desembocar en el relativismo moral. Así se explica que, en el ordenamiento de la nación, permanecieron en la Constitución leyes abiertamente hostiles a la libertad de expresión, de asociación y de religión. Así se originó la anticultura de la ´simulación forzada´ que no sólo devaluaba el sentido de las leyes, obligando a componendas o a vivir al margen de ellas o a ignorarlas, sino al deterioro mismo del sentido de la ley justa, del papel de la autoridad y de las formas en las que la sociedad debe vivir y organizarse dentro del orden jurídico, señalamos los Obispos de México en la Carta pastoral: “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” (No. 40). Esta descripción corresponde a un Estado no de derecho, sino antidemocrático y, por tanto, generador de marginación; por eso añadimos: Lo más lamentable de esta etapa no fue tanto que marginaran a la Iglesia quienes detentaban el poder político, sino la paulatina automarginación de muchos católicos del mundo de la política, de la economía y de la cultura en general (Ibid. No. 42). Esta situación a nadie beneficia, pues empequeñece al creyente y debilita al Estado; es necesario, por tanto, que los fieles católicos, para buscar el remedio oportuno a estos males sociales, tengan en cuenta lo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1°) La sana autonomía de las realidades temporales. El Concilio Vaticano II proclamó la sana autonomía de las realidades temporales respecto de la religión o de la fe, es decir, el reconocimiento que las ciencias humanas tienen sus propias leyes y normas, que proceden conforme a determinados principios que les son propios y necesarios para su particular desempeño. Estas leyes intrínsecas a cada ciencia o arte, el hombre las va descubriendo con la luz de su razón y ordenando con su esfuerzo hacia su propio fin, que no es otro que el bien del mismo hombre (Cf. GSp., 36); así tributa gloria al Creador porque, como enseña san Ireneo, la gloria de Dios es que el hombre viva. Esta sana autonomía en el campo de la organización social es lo que se llama “Estado laico” y es una condición indispensable para que el político creyente pueda expresarse conforme a su conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2°) Esta autonomía no es absoluta. Como estas leyes internas a cada ciencia o arte tienen su origen en el Creador y están ordenadas al bienestar general y trascendente del hombre, esta autonomía no es absoluta, sino que está sujeta, para su feliz realización, a la observancia del orden moral querido por Dios. No todo lo que es posible es de provecho ni está permitido hacerlo. Este orden moral y trascendente es el que el hombre debe siempre respetar, haciendo uso responsable de la libertad y de la recta razón. De la observancia del orden moral superior nadie se puede dispensar sin grave ofensa al Creador y sin daño personal y social en esta vida, pues la criatura, sin el Creador desaparece (GSp. 36). La fe católica enseña que la negación de Dios conduce al deterioro de la creatura y la DSI lo explica diciendo que el hombre es sólo administrador, no dueño, mucho menos señor despótico de los bienes de la creación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3°) La sana laicidad del Estado, legítima y provechosa. El fiel católico puede escoger el partido político y el ordenamiento social que juzgue mejor para conseguir el bien general, con tal que no contradiga el orden moral basado en la dignidad y respeto de la persona humana y, consecuentemente, en su propia fe. Lo decimos con palabras del Papa Benedicto XVI al presidente del Senado italiano, Marcello Pera: Parece legítima y provechosa una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según normas que les son propias, a las que pertenecen también esas instancias éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre (17 Oct., 2005). La laicidad del Estado es legítima y provechosa siempre y cuando sea sana, es decir, no contaminada con ideologías que la extralimitan y desvirtúan. Sin una autoridad moral superior a la esfera del Estado, éste se convierte en amo y señor y la libertad queda avasallada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4°) Una laicidad positiva. Una consecuencia importante consiste en que el fiel católico que participa en política o interviene de cualquier manera en la vida pública, no actúa ni como representante de la Iglesia, ni como mandatario de la misma, ni como apoderado de sus intereses espirituales o materiales, sino que interviene en el ordenamiento de la sociedad por propio derecho en vistas al bienestar general, es decir, de todos los ciudadanos sin distinción. Un auténtico hijo de la Iglesia no niega su fe, ni la oculta, pero tampoco la utiliza para fines políticos o de gobierno. El fiel católico, con su participación en el campo político y social, no pretende un gobierno o un estado confesional; al contrario, contribuye a la creación de un verdadero y auténtico Estado laico: respeta toda opción religiosa sin imponer la suya. Esto mismo se espera de cualquier gobernante de otra creencia o religión. Lo explica el Papa Benedicto XVI al senador Pera: Un Estado sanamente laico también tendrá que dejar lógicamente espacio en su legislación a esta dimensión fundamental del espíritu humano: ese ´sentido religioso´ con el que se expresa la apertura del ser humano a la Trascendencia. Se trata, en realidad, de una ‘laicidad positiva’, que garantice a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público. Un funcionario público, como cualquier ciudadano y cualquiera que sea su creencia religiosa, debe gozar de la plena libertad de practicarla tanto en público como en privado, solo o de manera asociada; negarle a un ciudadano o limitarle este ejercicio de su fe por ejercer algún puesto publico, es violar un derecho humano fundamental e incurrir en la intransigencia (Cfr. ONU, “Declaración universal...”, No 18).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5°) Laico, es decir, aconfesional. Otra consecuencia importante que se desprende de lo dicho, consiste en que el Estado sanamente laico es aquel que respeta toda creencia o confesión religiosa, pero no inmiscuye ni la suya ni ninguna otra en la vida pública. Cada ciudadano, incluido el gobernante, tiene el derecho de profesar su propia fe, tanto en público como en privado, sin que nadie se lo pueda impedir, pero tampoco debe imponerla a los demás ni utilizarla con fines partidistas. El Estado sanamente laico no tiene religión oficial, ni es confesional, pero tampoco es neutral porque, pretender ser neutral en el campo de los valores, es una ficción; mucho menos es antirreligioso, sino aconfesional. Dice la Carta pastoral de los obispos: El Estado laico no impone ninguna propuesta religiosa de modo institucional sino que trabaja activamente a favor del derecho a la libertad religiosa de las personas y de las iglesias (Del encuentro..., No. 274); y explica: Entendemos la laicidad del Estado como la aconfesionalidad basada en el respeto y promoción de la dignidad humana y por tanto en el reconocimiento explícito de los derechos humanos, particularmente del derecho a la libertad religiosa (Ibid. 279).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. LA LAICIDAD NEGATIVA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La autonomía no se extiende al campo moral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;25. Descrita así la sana laicidad o laicidad positiva del Estado, es necesario describir la laicidad negativa o enfermiza, y distinguir cuidadosamente entre laico y laicista (y entre laicidad y laicismo), pues de aquí provienen las confusiones y los malentendidos que no nos dejan avanzar en el común entendimiento y en el respeto integral a los derechos humanos. Dijimos que el fiel laico que interviene en la vida pública, goza de autonomía en el ámbito político y que su fe y su Iglesia no le imponen ninguna preferencia partidista ni un sistema de gobierno en especial. Él busca, promueve y participa en el partido político o en el gobierno que, según sus alcances y convicciones, mejor promueve el bien de la comunidad. No espera para asumir su compromiso político ninguna directiva inmediata de su Iglesia, ni actúa en su nombre; éste es su derecho y su responsabilidad inalienables. Pero también debe saber que esta autonomía no se extiende a la esfera moral, porque ésta se fundamenta en la inviolable e inmutable dignidad de la persona humana, y no olvida que su fe le proporciona otros valores superiores necesarios para la vida social como son el perdón, la gratuidad, la hospitalidad, la solidariedad, etcétera. No afirmamos que la moral pública se fundamente en los dogmas de la fe o, como suelen decir, en “valores confesionales”, sino en la dignidad de la persona humana, que se expresa en los preceptos de la ley natural, común a todos los hombres y a todas las grandes religiones, pero siempre debe quedar abierta la posibilidad de practicar los valores cristianos, salvaguardada la paz y el orden social. El gobernante laico debe gobernar para todos, pero también para los cristianos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La revelación perfecciona, no substituye a la razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;26. Los católicos sabemos que la revelación divina tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, confirma y esclarece pero no anula ni cambia la naturaleza de esta ley natural. Por tanto, el fiel laico auténticamente libre y responsable es el que respeta y observa el orden querido por Dios, es decir, la ley natural que tutela la dignidad de la persona humana y sus derechos inviolables. Lo dice el Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es Amor”: La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano (No. 28). Cuando se ignora la distinción entre ley natural y revelación divina, entre orden moral natural (expresado en el Decálogo) y contenidos de la fe (enumerados en el Credo), y se desconocen sus mutuas relaciones, se generan las confusiones en las que por décadas hemos vivido. Lo que retrae a un ciudadano católico de apoyar a un determinado partido o candidato no es en primer lugar su Iglesia o su fe, sino su conciencia, que le exige respetar el orden moral natural y, en concreto, la dignidad de la persona humana y sus derechos irrenunciables, anteriores a su propia fe y, por supuesto, anteriores al Estado. En la obediencia a la conciencia radica su responsabilidad y su dignidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exigencias éticas irrenunciables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;27, La Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda que “ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona”, y enumera las siguientes:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a) “Las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia..., que deben tutelar el derecho primario a la vida desde su concepción hasta su término natural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;b) El deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;c) La tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas del divorcio...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;d) La libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;e) La tutela social de los menores y las víctimas de las modernas formas de esclavitud: droga, prostitución...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;f) El derecho a la libertad religiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;g) El desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, y&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;h) El gran tema de paz que, ‘como obra de la justicia y efecto de la caridad´, exige un rechazo radical y absoluto de la violencia y del terrorismo” (“El compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”, No. 4). Estos son los cimientos que sostienen el edificio de la sana convivencia social y el futuro venturoso de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El laicismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;28. El laicista o el laicismo no admite, por lo general, estar sujeto a normas morales estables e inmutables, sino que profesa el positivismo jurídico y el relativismo moral, y sostiene que los valores sociales y las normas morales se establecen mediante un “pacto social”, es decir, por consenso ciudadano, por el voto de la mayoría o por la utilidad del momento. El laicista extiende así ilegítimamente las reglas de la democracia al campo de la moral, al ámbito de la conducta humana, propiciando un relativismo moral que ha permitido a los poderosos y a los dictadores de todo género cometer los mayores crímenes de la historia. Un laicista como el descrito, cuando asume el poder, se convierte fácilmente en dictador, aunque sea disfrazado, y en el ámbito de las ideas profesa un laicismo intransigente que lo lleva a negar a los demás las libertades que reclama para sí. En otras palabras, hace del laicismo una verdadera y auténtica “religión laica”, excluyente y antidemocrática. Fundamentalista, se dice ahora. Si al Estado sanamente laico bien podemos calificarlo de bendición (Bendito Jesús que separó al César de Dios), del laicismo intransigente lo menos que podemos decir es que es una aberración (Hacer del César un dios). Es una constatación histórica irrefutable que el tirano comienza siempre por saquear los templos, como advierte Platón (La República, Libro VIII), y prosigue combatiendo a la religión para reducirla a su mínima expresión. Nuevamente llamamos al Papa Benedicto XVI para que nos ilumine: El Estado -dice- no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca (“Dios es amor”, No. 28).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. LOS FIELES CATÓLICOS LAICOS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Decálogo, patrimonio de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;29. El laico católico respeta y se propone salvaguardar y cumplir la ley moral natural, común a todas las grandes religiones. Esta ley natural no se identifica con ninguna creencia religiosa en particular, ni siquiera con la religión católica aunque ésta la proclame en toda su integridad y la defienda con particular empeño. La expresión privilegiada de esta ley natural se encuentra en el Decálogo (Cf. Catecismo, No. 2070), que también fue objeto de revelación de parte de Dios en el Sinaí y fue perfeccionado por Cristo en el Sermón de la Montaña; pero, esta revelación sinaítica a Moisés y el perfeccionamiento evangélico de Jesús, no le cambian su naturaleza fundamental de expresión de la ley natural, común a toda la humanidad, grabada antes que en tablas de piedra en el corazón del hombre y que obliga en conciencia a todos y en todas partes, es decir siempre. La observancia de esta ley natural, aceptada por todas las grandes religiones del mundo, es de tal trascendencia que de ella depende, por caminos que sólo Dios conoce, la salvación eterna para todos los hombres sin distinción; esta es la razón por la que la doctrina católica admite la posibilidad de salvación para quien cumpla a cabalidad esta ley natural, aunque se encuentre, sin culpa de su parte, fuera del ámbito visible de la Iglesia (Cf. LG 16). El Decálogo constituye un patrimonio precioso de la humanidad, que le ha permitido sobrevivir a pesar de las barbaries perpetradas por dictadores de todo género. En resumen, el católico participa en la política guiado por el Decálogo, no por las Bienaventuranzas; pero, si vive conforme a éstas, añade a la vida social el perfume del Evangelio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es derecho, no intromisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;30. Es, por tanto, un derecho y un deber de los fieles católicos laicos, como de todo ciudadano razonable y responsable, defender los valores y las virtudes morales naturales como son la justicia, la verdad, la libertad, la honradez, la lealtad, la solidaridad, el respeto a la persona humana, la paz, etcétera; y esta participación no puede calificarse, por ningún motivo, de intromisión de la Iglesia en el ámbito de los gobiernos, de los partidos políticos o de la educación. Se trata de un profundo llamado de la conciencia cristiana a la coherencia entre lo que se cree y lo que se hace, entre la fe y la vida; es una exigencia intrínseca a la misma fe y no proviene de una imposición externa, si bien es deber del Magisterio eclesiástico el recordarlo con frecuencia. Negarle o limitarle, por tanto, a los Pastores de la Iglesia este deber de enseñar y recordar a los fieles sus obligaciones, es una intromisión indebida del Estado en el espacio moral y espiritual que no le corresponde. Igualmente, pretender apartar a los católicos de la vida política o del ámbito de la enseñanza por el hecho de manifestarse creyentes y de ser coherentes con la doctrina de la Iglesia en la enseñanza de la ley natural, es una forma de laicismo intransigente y discriminador. Sería negar relevancia política y cultural a la fe católica y al cristianismo en general, lo cual es inadmisible. Al querer impedir a los católicos participar plenamente en la construcción del bien común, el Estado se ha empobrecido y los creyentes han desmerecido en su condición de ciudadanos por verse limitados en sus derechos y en su dignidad . La separación entre la fe que profesamos y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo, recordaba a los Obispos de México el Papa Benedicto XVI durante la visita ad limina (15 Sept., 2005. Cf. GSp. 43).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;D. RELACIÓN ENTRE FE Y POLÍTICA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Iglesia no sustituye al Estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;31. El Estado tiene como fin propio el establecimiento de la justicia. El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, nos ha dicho el Papa; y añade: Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones, y cita a S. Agustín (“Dios es amor”, No. 28). No es, pues, tarea de la Iglesia como institución y mucho menos de sus Pastores, el establecer la justicia en los diversos ámbitos de la sociedad; éste es el cometido propio del Estado, y de la consecución de la justicia depende su legitimidad y el derecho a la supervivencia, porque, como explica el Papa Benedicto XVI, la justicia es el objeto y, por tanto también la medida de toda política. El fiel católico, como todo ciudadano responsable, tiene el deber de participar en esta tarea común de instaurar la justicia en el mundo. El velar por el derecho del pobre, del huérfano y de la viuda es su obligación en cualquier partido en que milite o en cualquier institución a la que pertenezca. Los hermanos pobres no son botín de nadie sino responsabilidad de todos y la Iglesia los acoge como en su casa, porque ve en ellos el rostro sufriente de Cristo, su Señor (Cf. Mt 25).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arte noble y difícil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;32. El Magisterio de la Iglesia se refiere a la actividad política como a un arte noble y difícil y como a una forma eminente de caridad, puesto que está ordenada al bien de todos. Por eso, el Papa Benedicto XVI enseña que la política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y meta está precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética. Así, pues, el Estado se encuentra inevitablemente de hecho ante la cuestión de cómo realizar la justicia aquí y ahora. Este es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar a cabo realmente su función, la razón debe purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente. (Ibid. No. 28). El ser humano, y más cuando está dotado de poder, se verá siempre acosado por la tentación de anteponer el interés propio al de los demás y su razón se verá obnubilada por sus pasiones. Este es un hecho de experiencia y constatación diaria en todo el mundo; se le suele llamar corrupción, porque roe y descompone a la sociedad desde sus entrañas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El punto de encuentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;33. Para poder superar eficazmente este deslumbramiento del poder y del propio interés, es necesario que la política oiga a la moral y la obedezca y supere así la ceguera ética, como le llama el Papa; por eso, añade: En este punto política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo... Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. A partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma (Dios es amor, No.28) . Esto es de máxima importancia. La fe no suplanta, sino que sirve a la razón y la ayuda a ser ella misma y a cumplir cabalmente su misión. La fe, cualquiera que sea el terreno en que opera, no es para desplazar o humillar al ser humano, sino para curarlo de sus miserias y ayudarlo a ser él mismo. Le restituye su dignidad. Entre fe y razón no puede haber rivalidad. Explica el Papa: La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco pretende imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto en práctica (Ibid.). Este es el inmenso servicio que la fe ofrece a la razón humana y a la humanidad entera. Si la comunidad católica encontrara el lenguaje apropiado para hacer comprender esto a los políticos y si éstos tuvieran la necesaria prudencia y humildad para aceptarlo, daríamos un paso enorme hacia el diálogo constructivo, el mejoramiento de la sociedad y la reconciliación nacional. Aquí la tarea de los fieles laicos ilustrados es indispensable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mesa del diálogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;34, En un régimen democrático quien no sabe dialogar no logra gobernar con sabiduría y con eficacia. El diálogo es cualidad y propiedad del ser humano, creado a imagen de la santísima Trinidad. Todo diálogo auténtico parte de la propia identidad, que no es cerrazón sino condición para escuchar con serenidad y aplomo a quien piensa distinto. El diálogo no es para convencer al adversario, sino para enriquecer las propias convicciones, escuchando con atención al interlocutor. En la intimidad profunda de todo ser humano está la imagen de Dios, idéntica para todos; por tanto, siempre es posible entre los hombres un punto de acuerdo y de comunión, a pesar de la legítima diversidad. La verdad, dondequiera que se encuentre, proviene del Espíritu Santo. Es necesario que primero los dialogantes escuchen su propia conciencia -sagrario del Espíritu- que los invita a preferir la paz al enfrentamiento, la verdad a la mentira, la sinceridad a la malicia pensando en la dignidad de la persona humana, que está sobre cualquier interés particular o ideología. Resistir a la verdad, venga de donde venga, es resistir al Espíritu Santo. El diálogo verdadero mira más al futuro por construir que al pasado que rememorar. Los hechos del pasado son irreversibles; además, son susceptibles de múltiples interpretaciones; por eso, con respecto al pasado la única actitud racional y razonable es asumirlo, ofrecer el perdón si es el caso y buscar la reconciliación. Con respecto al futuro, es indispensable tener la mente abierta para la propuesta y la mano tendida para la colaboración. El hombre verdadero no es el que guarda rencor perpetuo o está siempre acusando como amonesta el salmo (Ps 103), sino el hombre reconciliado, que ofrece y acepta el perdón. Este es el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, el nuevo Adán, en cuyo rostro brilla la luz esplendorosa de Cristo resucitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. SER COMO DIOS O SER IMAGEN DE DIOS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Serán como dioses, conocedores&lt;br /&gt;del bien y del mal (Gn 2,5)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Religiosidad probada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;35. El pueblo mexicano es un pueblo eminentemente religioso aún a costa de grandes sacrificios, forjado en la matriz cristiana de la Iglesia católica a lo largo de casi quinientos años de evangelización y del acompañamiento generoso de sus pastores y misioneros. En su inmensa mayoría ha dado su aceptación gozosa y generosa a la Iglesia Católica, a Cristo Rey presente en la santa Eucaristía y a la Virgen María. Celebra con júbilo las fiestas patrias y las fiestas religiosas, busca la palabra de Dios y los signos de la fe, recibe con fervor los Sacramentos y ha permanecido fiel a la Iglesia hasta el martirio. La fe católica del pueblo mexicano ha superado gloriosamente la prueba suprema de la sangre derramada en muchos de sus hijos por gracia singular de Dios e intercesión de Santa María de Guadalupe y de su fiel servidor San Juan Diego. La presencia de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac nos ha marcado profundamente y sentimos a la vez el honor y la responsabilidad de compartir esta dicha con otros pueblos. Somos, sin lugar a dudas, un pueblo singular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ser como Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;36. En el último siglo, el pueblo creyente se ha visto distanciado de la clase gobernante a causa de la corriente de pensamiento antirreligioso y persecutorio conocido como laicismo en su expresión más radical e intransigente, que ha propiciado en la práctica un retorno al paganismo bajo la bandera de la dictadura del relativismo moral y religioso. ¿Qué es lo que está en la raíz de este fenómeno pseudorreligioso englobante desde el punto de vista de nuestra fe católica? La Historia de la Salvación nos dice que aquí subyace la vieja historia del paraíso terrenal, la de siempre: El hombre moderno piensa que Dios es competidor del hombre, que es enemigo de su felicidad y que, sin Él, podría irle mejor. Nietzsche, blasfemo como siempre, llega a opinar que bajo el árbol del paraíso quien se escondía era el mismo Dios en la figura de la serpiente (Más allá del bien y del mal, 2). Eso mismo piensa el laicismo, aunque no lo diga de manera tan burda; sospecha que en Dios hay algo oculto que le impide al hombre ser plenamente hombre y ser feliz. Si Dios no es alguien digno de fiar, mucho menos lo será la Iglesia. Para ser feliz el hombre no necesita del amor de Dios, mucho menos de su misericordia; le basta su propio poder y su razón para conocer el bien y el mal, para saber lo que le conviene y labrarse su propio destino. Es fácil constar como en la vida pública la lucha por el poder es el alma que sostiene la economía, mueve la política, rige la vida social y, en particular, sustenta a los medios de comunicación. En el contexto político nacional, la Iglesia católica, aceptada mayoritariamente por el pueblo y depositaria de su confianza, se percibe como una entidad en competencia con del poder en cualquiera de sus expresiones, y como un obstáculo que hay que eliminar o, al menos, silenciar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imagen y semejanza de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;37. A la Iglesia, en cambio, no le interesa el poder, sino el hombre. Es absurdo presentarla o presentarse como alternativa al Estado o casada con algún partido o color político. La Iglesia quiere ser servidora de todos y no competidora de nadie; busca colaborar en todo lo que es justo, noble y bueno, respetando las esferas de la propia competencia. El amor que predica no genera dependencia ni poder sino vida y propicia espacios de libertad. La Iglesia quiere hombres y ciudadanos libres que, como criaturas, reconozcan los límites de su libertad y puedan así generar relaciones de respeto y crear comunidad. La libertad que pide para los demás y para cada uno de sus hijos, la reclama como derecho propio para cumplir su misión. ¿ Qué os pide hoy, dice el Concilio Vaticano II a los poderosos, la Iglesia? No os pide más que libertad; la libertad de creer y de predicar su fe; la libertad de amar a su Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida (Mensaje a los gobernantes, 4). La libertad humana sólo es verdadera si se comparte con los demás, si se aceptan sus límites y se convive con otros. Esta es la libertad que está en la base de nuestro ser creatural y la que sustenta a la democracia; por eso decimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, en quien conviven las tres Personas divinas en armonía, sin perder su identidad ni romper su unidad ¡La fe en la Santísima Trinidad nos ayuda comprender la verdadera democracia!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El esplendor de la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;38. La democracia necesita de la verdad para subsistir, si no, ambas perecen miserablemente. El cumplimiento de los Mandamientos de la ley de Dios, la ley natural, no es exigencia extrínseca al hombre, no le viene de una imposición externa, sino de su propia naturaleza, de su “verdad” como hombre para poder subsistir. La observancia de la ley natural es el único camino hacia la libertad y hacia la democracia; sus contrarios, llámense laicismo, liberalismo intransigente, relativismo o todo lo que se le parezca, destruyen a la persona humana y a la sociedad. Si vivimos contra el amor de Dios manifestado en su ley, vivimos contra la verdad, contra nosotros mismos y contra la sociedad. Creer en Dios y aceptarlo en nuestra vida no es una cuestión meramente “privada” o sólo “devocional”, sino un asunto que trae gravísimas consecuencias políticas y sociales. Desechar a Dios de la vida pública y social y minimizar o ridiculizar la práctica religiosa de los ciudadanos de cualquier condición, es atentar contra las fuentes mismas de la dignidad humana y de la convivencia fraterna. La paz social sólo se sustenta en la verdad y la última verdad del hombre es Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Virgen María, icono del pueblo mexicano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;39. La cercanía con Dios no disminuye al hombre sino que lo engrandece, no lo empobrece sino que lo enriquece y ensancha su corazón para que acoja y sirva a los demás. María Santísima es ejemplo y modelo de esta entrega a Dios y de servicio incondicional a los hombres. La cercanía con Dios la elevó a alturas insospechadas y la situó en las encrucijadas más dolorosas de la vida humana. En la cruz nos fue entregada por su propio Hijo como Madre nuestra; por eso, el pueblo católico la siente suya y la invoca como auxilio, refugio, consuelo y esperanza que no defrauda. Ella es Salud de los enfermos porque ha curado y cura infinitas llagas y dolencias que ni la medicina ni la economía ni la política pueden sanar. El pueblo creyente lo sabe muy bien, lo entiende y lo agradece y con confianza filial la llama Madre de la Esperanza. Ella, dice el Papa Pablo VI, es la mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huída y el exilio (Cf Mt 2, 13-22): situaciones estas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad (MC, 37). La Virgen María es el icono anticipado del pueblo mexicano, creyente y sufrido, pero que esconde en su alma la fuerza liberadora de Jesucristo; por eso, la Virgen María ha estado siempre presente, y lo seguirá estando, en los momentos decisivos de la historia de nuestra patria, que es para nosotros Historia de Salvación. En Ella podemos y debemos encontrar las energías liberadoras que sostengan la esperanza de lograr una vida digna y justa para todos los habitantes de esta gran nación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CONCLUSIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Testigos de la esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;40. En la exhortación postsinodal “Pastores gregis” se recuerda al Obispo que, siendo un ser humano tomado de entre los hombres, actúa en nombre de Jesucristo y que es el mismo Jesucristo quien, por su medio, apacienta a sus fieles. Por eso, entre otras cosas, se le pide defender a sus ovejas de los múltiples males que las acechan por doquier. Se le recuerda que, afianzado en el radicalismo evangélico, tiene el deber de desenmascarar las falsas antropologías, rescatar los valores despreciados por los procesos ideológicos y discernir la verdad (No. 66); que debe ser testigo y servidor de la esperanza, sobre todo donde más fuerte es la presión de una cultura inmanentista, que margina toda apertura a la trascendencia, es decir, a Dios y que debilita la fe y apaga la caridad (No. 3). Esto es lo que, según mis posibilidades y las circunstancias actuales lo requieren, he tratado de hacer en esta Carta Pastoral. Quizá a algunos estas consideraciones parezcan algo extraño por inusuales; pero si bien lo miramos, como lo hace el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, en las falsas antropologías y en los procesos ideológicos viciados, radican los numerosos males que nos afligen y que parecen no tener remedio. Por eso la “Pastores gregis” prosigue, diciendo: Ante las situaciones de injusticia, y muchas veces sumidos en ellas, que abren inevitablemente la puerta a conflictos y a la muerte, el Obispo es defensor de los derechos del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Predica la doctrina moral de la Iglesia, defiende el derecho a la vida desde la concepción hasta su término natural; predica la Doctrina Social de la Iglesia, fundada en el Evangelio, y asume la defensa de los débiles, haciéndose voz de quien no tiene voz para hacer valer sus derechos. Y concluye: No cabe duda de que la Doctrina Social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza incluso en las situaciones más difíciles, porque, si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos (No. 67). Los hijos de la Iglesia —pastores y fieles— estamos llamados a ser Testigos de la Esperanza en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;† Mario De Gasperín Gasperín&lt;br /&gt;Obispo de Querétaro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hna. Lic. Ana Isabel Romero Ugalde, mjh&lt;br /&gt;Secretario Canciller&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;© 2007 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16112820-2662645322514250708?l=doctrinasocialiglesia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/feeds/2662645322514250708/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=16112820&amp;postID=2662645322514250708&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/2662645322514250708'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/2662645322514250708'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/2007/02/carta-pastoral-del-obispo-de-queretaro_22.html' title='Carta Pastoral del Obispo de Queretaro.'/><author><name>Leopoldo Quezada Ruz</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10133471371900014417</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/_qY4Yc2xPHNk/SY4wnBgoWFI/AAAAAAAAFK4/9f8GNWgCGew/S220/Lqr1.JPG'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-16112820.post-7699607412341132701</id><published>2007-02-22T12:48:00.000-03:00</published><updated>2007-02-22T12:51:05.904-03:00</updated><title type='text'>Carta Pastoral del Obispo de Queretaro.</title><content type='html'>Santiago de Querétaro, Qro., 1° de Noviembre de 2006&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CARTA PASTORAL N° 9/ 2006/&lt;br /&gt;DEL SR. OBISPO DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO&lt;br /&gt;TESTIGOS DE LA ESPERANZA&lt;br /&gt;EL HOMBRE, CAMINO DE LA IGLESIA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--------------------------------------------------------------------------------&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hermanos presbíteros&lt;br /&gt;Hermanos y hermanas consagrados&lt;br /&gt;Hermanos y hermanas en la santa fe católica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;INTRODUCCIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Coordenadas pastorales&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Después de haber celebrado el Año de la Pastoral Social según marca nuestro Plan Diocesano, y de haber tenido diversos encuentros y sesiones de estudio relativas a la Doctrina Social de la Iglesia, y habiendo escuchado las aportaciones y propuestas de numerosos fieles laicos durante mi Visita Pastoral a las parroquias, y posteriormente retomadas en el documento titulado “El Compromiso Social de los Fieles Laicos”, que sirvió para la reflexión común en la XVII Asamblea Diocesana, me ha parecido necesario escribir esta Carta Pastoral para reafirmar y aclarar algunos conceptos que utiliza el Magisterio eclesiástico en el campo de lo social y estimular a los fieles laicos a asumir más plenamente sus responsabilidades en la vida pública. En efecto, este ramo de la pastoral suele ser el más descuidado no sólo por las exigencias que lleva consigo, sino por la atmósfera enrarecida en que ha vivido la comunidad católica en el último siglo y por la falta de claridad en los conceptos y en los contenidos de la doctrina social cristiana. Vivimos, tanto al interior como sobre todo al exterior de la Iglesia, una especie de “comedia de equivocaciones”, en razón del significado distinto y hasta contrario que se suele dar a términos y expresiones como bien común, laico, laicidad, laicismo, política, política partidista, a la noción misma de Estado laico y de democracia. Una situación así no facilita el diálogo ni el mutuo entendimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Raíz de la crisis actual&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Esta confusión se ha generado durante más de un siglo de indoctrinamiento de corte liberal, alimentado por diversas corrientes filosóficas que han imperado entre nosotros y que tienen como base el positivismo científico que invadió también el campo del derecho y de la moral y cuyo fruto obligado es la dictadura del relativismo y la vuelta al paganismo. La Iglesia, por su parte, ha clarificado su doctrina y, sobre todo, ha ofrecido respuestas actualizadas a los retos que presentan las nuevas realidades en el campo de las ciencias humanas y de lo social. Por esta razón, y estimulado por el planteamiento del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Dios es Amor”, he procurado descubrir en la primera parte de esta Carta Pastoral las mismas raíces del sistema positivista y liberal que nos rige en lo político, en lo económico y en lo social, sobre todo en su expresión más radical del liberalismo intransigente, como le llama la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública (No. 6), de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 22 de Noviembre de 2002. En efecto, el planteamiento originalísimo del Santo Padre en su primera encíclica, nos viene a desvelar las causas de la actual crisis religiosa y cultural, donde lo cristiano es visto por el hombre contemporáneo no sólo con recelo sino como su enemigo, con la trágica consecuencia de la vuelta al más puro paganismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La enseñanza social de la Iglesia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. En la segunda parte de la Carta presento una reflexión sobre la relación que guarda la Doctrina Social de la Iglesia católica con el sistema democrático que nos rige, y con el que convive necesariamente el católico en sus actividades cotidianas, sobre todo quien tiene cargos públicos que desempeñar. En este campo perduran ideas y expresiones que han sido ya superadas por la experiencia democrática de muchas naciones modernas, más concordes con el Magisterio de la Iglesia tal y como lo expone, por ejemplo, el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” al cual remito e invito a conocer y a estudiar. En esta Carta menciono únicamente las ideas y los temas que más afectan a nuestra vida común en México y, necesariamente, lo hago con brevedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lucha entre el bien y el mal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. Ofrezco también, al final, una reflexión breve sobre la raíz teológica de esta lamentable situación, tal y como se nos revela en la Historia de la Salvación desde sus inicios, de modo que percibamos que lo que ahora vivimos debe enmarcarse como un episodio más de la vieja batalla entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la bendición y la maldición; entre la Babel terrea y la Jerusalén celestial, donde el Cordero inmolado y victorioso nos espera y alienta nuestra esperanza. Somos los católicos Testigos de esta Esperanza en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Constructores de la ciudad terrena&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. El fiel católico sabe que la fe no es una mera abstracción, sino un itinerario que inicia con el Bautismo y desemboca en la eternidad; es consciente de que su paso por este mundo implica un compromiso real y concreto con todas las realidades que va encontrando en su camino y que lo orientan hacia su destino final, feliz o desventurado. Sabemos los católicos con toda claridad que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que debemos fijar nuestra mirada en la futura, en la Jerusalén de arriba, en la que habitará por siempre la justicia que en esta tierra no encontramos en plenitud, pero que debemos esforzarnos por construir con tesón y con esperanza. Esta mirada a lo alto no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente (Vat. II. GSp, 39) para implantar, ya desde ahora y en el lugar en que nos ha tocado vivir, el Reino de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. LAS RAÍCES DEL LAICISMO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Dos amores edificaron dos ciudades: El amor de Dios&lt;br /&gt;hasta el desprecio de sí mismo y el amor de sí mismo&lt;br /&gt;hasta el desprecio de Dios” (S. Agustín).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ubicación histórica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. El siglo que acaba de concluir ha sido de grandes transformaciones sociales en nuestra patria y de dolorosas pruebas para la fe de los católicos mexicanos. El bienestar social prometido a los ciudadanos sólo es objeto de disfrute por parte de unos cuantos audaces y afortunados, mientras que las mayorías siguen aguardando la hora de su cumplimiento; en cambio, las semillas de animadversión sembradas por doquier contra los miembros de la Iglesia de Cristo, han generado un laicismo intransigente y discriminador, que todos los católicos -pastores y fieles- hemos sufrido con ancestral paciencia. Los grandes Pastores que han regido a la Iglesia de Dios en México -ejemplo eximio es San Rafael Guízar Valencia, recientemente canonizado- nos han enseñado a interpretar estas penalidades como participación en la Cruz de Cristo, que ha florecido en numerosos mártires y santos elevados a los altares en los años recientes. En la Basílica de San Pedro en Roma han ondeado, ante el mundo entero, los pendones con las imágenes de numerosos hijos de la Iglesia aclimatada en nuestras tierras. La fe de la Iglesia en México es una fe probada y autentificada por el martirio y esto es don y gracia de Dios que agradecemos. Pero las amenazas persisten, ya no en forma de persecución violenta y cruenta, sino de manera más sutil en la ideología vigente, llámese ésta laicismo, relativismo o desacralización, fenómenos que ahora se engloban con el nombre genérico de postmodernidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. LA VUELTA AL PAGANISMO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La postmodernidad&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7. El Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es amor” plantea con suma claridad y crudeza el núcleo focal de donde se originan el día de hoy las acusaciones de mayor envergadura contra la fe cristiana y, en particular, contra la Iglesia católica. Dice el Papa: En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad (el eros-ágape como novedad del cristianismo) ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según Fiedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio (Más allá del bien y del mal, IV, 168). El filósofo alemán expresó de este modo una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizá carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino? (No. 3). Aquí tenemos descrito, de manera realista y clara, el punto doliente que afecta la vida del cristiano y que lo hace al menos dudar que su pertenencia a la Iglesia sea para él un bien y que la observancia de los mandamientos le pueda proporcionar felicidad. Esto se refleja en la vida apática de numerosos bautizados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Objeciones en contra de la Iglesia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8. Las objeciones contra el cristianismo en general y contra la Iglesia católica en particular hoy en día, no suelen ser de tipo intelectual o doctrinal; nadie acusa ahora a la Iglesia de propagar una doctrina absurda o increíble, como lo hacían los paganos y los herejes de los primeros siglos; ni la tacha de irracional o perversa por creer en el dogma de la Santísima Trinidad, en la Encarnación del Verbo o en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En México persisten algunas acusaciones de tipo histórico (puesto que la historia oficial la escribieron los contradictores de la Iglesia), que se originan muchas veces en la carencia de objetividad y de perspectiva histórica, y otras en faltas reales de los hijos de la Iglesia, por las que el Papa Juan Pablo II nos invitó a pedir perdón y a purificar la memoria durante el Gran Jubileo. Las objeciones de tipo histórico se curan con la investigación objetiva de los hechos para quien quiere ver la verdad, y con el perdón ofrecido y recibido por los posibles agravios cometidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El laicismo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. Pero, en la actualidad, como lo señala el Papa Benedicto XVI, se acusa al cristianismo en general y a la Iglesia católica en particular, por motivos psicológicos o sociológicos: por causar daño y hasta enfermar a la sociedad y al individuo, de impedirle ser feliz y disfrutar de los bienes de la creación, comenzando por su propio cuerpo y su sexualidad. El cristianismo sería una especie de enfermedad que debilita lo que está vigoroso y sano, una patología peligrosa que habría que erradicar y cuyo remedio habría que buscar, no corrigiéndolo, porque se tiene por incorregible, sino suprimiéndolo o, al menos, excluyéndolo de la vida pública y social. Este pretendido remedio recibe ahora un nombre muy conocido: laicismo. Todo lo religioso-cristiano debe ser eliminado de la vida pública y social, comenzando por la educación de la niñez y de la juventud, llegando hasta la destrucción del matrimonio y del núcleo familiar; por eso, la educación laica en su interpretación laicista, se ha convertido en un dogma de fe nacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ídolo nuevo con malicia vieja: el paganismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10. El lector medianamente informado sobre el origen de la cultura moderna y de esta crítica al cristianismo, sabe que aquí, como bien señala el Papa, está la mano del filósofo Friedrich Nietzsche, para quien la esencia del cristianismo consiste, parafraseando groseramente el cántico del Magnificat, en exaltar a los humildes y humillar a los poderosos, es decir, exaltar lo inútil y rechazar todo lo que realmente vale y cuenta, es decir, el poder. Lo decimos con las mismas palabras del filósofo nihilista: El cristianismo necesita de la enfermedad, del mismo modo que los griegos necesitaban de la salud... El cristianismo se contrapone además a cualquier planteamiento intelectual logrado: tan sólo puede utilizar la razón enferma en cuanto razón cristiana; toma partido por todo cuanto es idiota..., va en contra de la soberbia del espíritu sano (El Anticristo, 51 y 52). Según esta falseada interpretación de la fe cristiana, la actividad de la Iglesia consistiría en exaltar y difundir la enfermedad; lo demostraría el hecho de ir a contrapelo de los valores propios que exaltó el paganismo: el poder, la salud, la fuerza, la belleza, el cuerpo, el placer... y que el hombre requiere para ser feliz. En consecuencia, la verdadera salvación del hombre sería la eliminación del cristianismo y la vuelta al paganismo, que ahora coincide con el laicismo y sus secuelas el relativismo y el secularismo. Hay, pues, que superar al hombre con el super-hombre, lo débil del cristianismo con el poder de lo terrenal: El superhombre es el sentido de la tierra... ¡Permanezcan fieles a la tierra y no crean a los que hablan de esperanzas supraterrenales! Son envenenadores, conscientes o inconscientes... La tierra está cansada de ellos; ¡muéranse de una vez! (Así hablaba Zaratustra, I, 3).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Propuesta satánica&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11. En el campo de concentración de Auschwitz (28 de mayo, 2006), el Papa Benedicto XVI explicó las consecuencias de esta propuesta satánica del filósofo alemán, haciendo ver cómo el nazismo pretendió exterminar al pueblo hebreo y así quiso asesinar al Dios que llamó a Abraham y que entregó a Moisés el Decálogo, que contiene la voluntad de Dios para que el hombre viva en paz sobre la tierra; al querer eliminar a Dios y a su pueblo, explicaba el Romano Pontífice, eliminaba también a su Ley y así pretendía erigirse como amo soberano del hombre y dominador del mundo. Una vez arrancada la raíz de la fe hebrea, debía de ser eliminado también el cristianismo, substituyéndolo por la fe en el hombre autosuficiente y soberbio que dicta e impone a placer sus propias leyes. El nacionalsocialismo fue el fruto amargo de esta siembra perversa del filósofo nihilista alemán. Entre nosotros, la hostilidad contra la Iglesia y la subsiguiente persecución religiosa se inspiró más bien en el positivismo y en el liberalismo anticlerical salpicado de socialismo, pero con idéntica intención de erradicar el catolicismo del país; ideología que se sigue difundiendo a granel entre los estudiantes en numerosas cátedras y entre los lectores de las obras del malogrado filósofo alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más allá de toda ley&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12. Por tanto, el laicismo arremete contra el cristianismo y en particular contra la Iglesia católica, no porque tenga argumentos racionales válidos sino porque está persuadido de que la fe cristiana se opone y contradice a todo lo humano y hace infeliz al hombre; por eso describe a la Iglesia y a la moral cristiana como antinatural, restrictiva y opresora. El cristianismo ofrecería, en el mejor de los casos, un ser humano disminuido; debe, por tanto, ser excluido de la vida pública y social. ¡El cristianismo, esa negación de vida convertida en religión!, exclama Nietzsche (El caso Wagner, 2) y llega al extremo de repudiar todo lo que huela a moral y a autodefinirse como el primer inmoralista del mundo (Por qué soy un destino, 2). Rechaza no sólo la moral cristiana, sino también la ética natural, cimentada en principios comunes y universales como es el Decálogo, dando pie a la degradación del ser humano y a la desintegración social.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. DESTRUCCIÓN DEL ORDEN MORAL&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Palabras prohibidas.&lt;br /&gt;13. Para el “intelectual” laicista y desacralizado, términos como Dios, mandamientos, ética, moral, amor, valor, alma, conciencia, virtud, deber, fidelidad, etcétera, deben ser excluidos del vocabulario oficial; son palabras prohibidas en el diccionario laicista. Se ha introducido además en la vida pública la moda de inventar vocablos o giros lingüísticos para desvirtuar el peso moral de los contenidos de las acciones implicadas, por ejemplo, a la anticoncepción se le llama “salud reproductiva”, al aborto “interrupción del embarazo”, al embrión humano simple “producto” o se habla erróneamente de “pre-embrión”; con el pretexto de luchar contra el machismo y la discriminación de la mujer (que buena falta nos hace), negando el hecho biológico y privilegiando el cultural, se reinventa la noción de género (ideología de género, equidad de género, etcétera) los cuales no serían sólo dos como los sexos (o tres con el neutro gramatical), sino toda una constelación: masculino, femenino, homosexual-lesbiano, bisexual, transexual, etcétera, dando carta de ciudadanía a la promiscuidad y a la degradación sexual, como en el más puro paganismo que describe San Pablo en su carta a los Romanos (Cf. Rm 1, 24-32). La equivocidad y la confusión en el lenguaje acompaña siempre a la demagogia y a la manipulación social.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ataque a las instituciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14. Con particular encono se atacan las instituciones básicas y fundantes de la sociedad como son el matrimonio y la familia, las cuales, siendo patrimonio común de la humanidad, la Iglesia protege y enriquece con los valores propios del Evangelio, sin quitarles su bien propio y natural. Pero el laicismo aborrece no sólo la moral cristiana sino la misma ley natural y, en nombre del pluralismo y de la tolerancia, aplaude todo género de uniones y formas aberrantes de convivencia, a las que pretende dar en las leyes el mismo rango jurídico y social que al matrimonio natural y a la familia. En esta vuelta al paganismo, habría que incluir toda una galaxia de doctrinas y prácticas de moda como son el exagerado cuidado del cuerpo y la exaltación de la sexualidad y del placer sin compromiso ni responsabilidad; el endiosamiento de los cultos y rituales paganos, autóctonos o extranjeros; el sometimiento a las fuerzas de la naturaleza con el nombre de vibraciones, astrología, nueva era, curanderismo y prácticas supersticiosas y pseudomísticas; en una palabra, el renacimiento de la superstición con la ayuda de la mercadotecnia. Todas estas prácticas primarias y rupestres son una especie de erupción del alma primitiva que ofrece un variadísimo tianguis religioso que el laicismo acepta y propaga, consciente o inconscientemente, confundiendo la libertad de creencias con la banalidad y el engaño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los laicos y el laicismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15. Pero, si miramos al interior de la comunidad creyente, podemos observar que no está exenta de este prejuicio y de este error, sino que el laicismo, en buena parte al menos, está incrustado en la entraña misma del catolicismo nacional. La separación entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se practica, es una de las llagas más dolorosas que tiene que soportar la santa Madre Iglesia. El llamado catolicismo sociológico -el aceptado por tradición y poco ilustrado- supera en número al convencido y genera unos adeptos indecisos y apáticos, fácilmente manipulables, en muchas ocasiones temerosos de aparecer en público como creyentes. Las leyes antirreligiosas obligaron a los católicos a disimular su fe y a esconder su práctica. Pero, ¿no fue el Concilio Vaticano II quien, con toda su autoridad, resaltó el protagonismo de los fieles laicos y les encargó gestionar y ordenar los asuntos temporales según Dios, defendiendo su índole secular, para que cooperen a dilatar en el mundo el Señorío de Cristo y así cumplan su vocación y se salven? (Cf LG 31, 35, GS 43). Diez años después, el Papa Pablo VI les recuerda que su campo de acción está en el corazón del mundo y de las más variadas realidades temporales (EN, 70) y Juan Pablo II les señala que el mundo es el ámbito y el medio de su vocación, de su santificación y de su salvación (Cf CFL, 17). Los Obispos de México lo subrayamos también de manera apremiante en nuestra carta pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos (Cf. Nos. 270-305), porque, si la luz no alumbra y la sal no da buen sabor debe ser desechada y pisoteada por la gente, decía Jesús.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. EL CRISTIANISMO: UN GRAN SÍ AL AMOR Y A LA VIDA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jesucristo, el “amén” del Padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;16. El Papa Benedicto XVI corrige esta apreciación tan lastimosa y va a la raíz misma del laicismo contemporáneo. En su carta encíclica no menciona la palabra pecado; y no es porque no le interese la ley moral, o no deban enderezarse los comportamientos humanos equivocados, sino porque el Papa quiere subrayar que el cristianismo no arranca de una doctrina o de un sistema intelectual o moral, por más sublime que sea, sino del encuentro gozoso con una Persona viviente y real, Jesucristo. No se comienza a ser cristiano –dice en su encíclica- por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (No. 1); y les aclaraba recientemente a los fieles de Roma: La fe y la ética cristiana no quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte y libre el amor. Este es el sentido de los diez mandamientos, que no son una serie de “noes” sino un gran “sí” al amor y a la vida. La razón le asiste toda al Papa y le agradecemos el recordárnoslo con tan claras palabras. En efecto, en la sagrada Escritura, Jesucristo es llamado el Amén del Padre, el que dijo sí a su voluntad y la cumplió con amor, a tal grado que la consideró su alimento cotidiano. Si buscamos de donde le viene al hombre el poder amar a Dios, la única razón que encontramos es porque Dios lo amó primero, decía san Agustín (Serm. 34, 1). Porque el hombre experimentó primero el amor de Dios, que le salió al encuentro en una persona concreta y real que se llamó Jesucristo, por eso sus mandamientos no son pesados y su carga es ligera; o, como diría también san Agustín, quien cumple la ley, no está bajo la ley, sino con ella (In Jo. 3,2), la hace su compañera y guía de camino, su alimento y su gozo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que queremos anunciar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17. Vemos, pues, que el amor cristiano no nace de una obligación, de un deber, sino de un encuentro gracioso, de una gratitud. El no que llevan consigo los mandamientos se desprende de un sí gozoso a la voluntad de Dios y del encuentro amoroso con su Hijo Jesucristo. Al aceptar el hombre a Jesucristo necesariamente se sigue el rechazo de otros maestros y doctrinas, como el hallazgo de la perla preciosa conlleva la venta de los cachivaches. Lo acaba de reiterar el Papa Benedicto XVI: Despertar el valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que permiten crecer, caminar hacia delante y alcanzar cualquier objetivo importante en la vida; las únicas que no destruyen la libertad, sino que ofrecen la justa dirección en el espacio. Arriesgar esto, este salto -por así decir- en definitivo, y con ello acoger plenamente la vida, esto es algo que quisiera poder comunicar (Radio Vaticana, entrevista el día 5 y 13 de agosto, 2006). Esto es lo que nosotros quisiéramos también poder trasmitir y comunicar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El corazón de la fe cristiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;18. La frase de San Juan Dios es amor (1 Jo 4, 16) expresa, según el Romano Pontífice, con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana; por eso -añade- deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma y que nosotros debemos comunicar a los demás (No. 1). Se trata, pues, del ser o del no ser cristiano, según se acepte esta enseñanza y se viva esta experiencia, o no. Para evitar cualquier confusión, el Papa comienza esclareciendo la tan sublime y a la vez tan tristemente manoseada palabra amor. Los griegos lo llamaban eros y lo entendían como la atracción motivada por la pasión de los sentidos hasta la embriaguez pseudomística; sus manifestaciones eran desde las orgías públicas en los cultos al dios Dioniso, hasta la prostitución sagrada en los templos y los rituales esotéricos de los círculos de iniciados. Así se experimentaba y vivía el amor-eros antes de Cristo, en el paganismo. Según Nietzsche, el cristianismo vino a envenenar este amor y a destruir la felicidad del hombre (Cf. Más allá de bien y del mal, IV, 168). El Papa responde que no es así. El cristianismo no vino a suprimir el eros, ni a envenenarlo, sino a elevarlo y orientarlo hacia su plenitud; lo convirtió en ágape, en amor oblativo y donación plena que comienza por los sentidos –eros-, pero que se purifica y transforma en ágape por la gracia de Cristo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro humano de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;19. Cristo no quita nada, sino que lo da todo, dijo el Papa Benedicto XVI a los jóvenes durante su visita a Colonia. ¿Cómo es esto posible? Responde el Romano Pontífice: Por el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Cuando el Hijo eterno de Dios asume la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, Dios, que es amor, toma carne y figura humana y asume, purifica y eleva todo lo humano, comenzando por el eros, el amor pasional humano, y lo trasforma en amor divino y sobrenatural. Así Dios se desposa con la humanidad con vínculo indisoluble y todo lo humano queda impregnado con la luz de la divinidad. Cristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre, decía el Papa Juan Pablo II. La imagen humana más perfecta del amor divino se da en la unión conyugal; por eso se habla del desposorio del Hijo de Dios con la humanidad en el misterio de la Encarnación y, en Cristo, el amor humano se transforma en divino. El encuentro definitivo de los redimidos con Cristo se describe en el libro del Apocalipsis como la fiesta de bodas del Cordero (Cf. Ap 21, 9s). Como los esposos son una sola carne sin perder su propia identidad, así, en Cristo y por Cristo, se unen los opuestos sin desaparecer: lo humano con lo divino, el cielo con la tierra, el espíritu con la materia, el hombre con la mujer, el eros en el ágape. En Él (Cristo) tienen su consistencia todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, enseña San Pablo (Col. 1, 17), y en esta acción re-creadora de Dios en Cristo consiste la redención y la salvación. En Cristo el hombre y la creación entera han llegado a su plenitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro divino del hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;20. En esta unión no desaparece el cuerpo ni la atracción sexual, sino que ésta asume formas superiores de expresión y es trasformada por la presencia del ágape en amor que se entrega de manera total y definitiva. Todo y para siempre. Sólo el ágape proporciona felicidad porque apunta hacia la eternidad. El amor humano queda divinizado en Cristo y se convierte en fuente de santificación para quienes están y permanecen unidos en Él. El amor conyugal y el amor al prójimo son las dos grandes fuentes de santificación para el hombre y la mujer, para todo cristiano. El cristianismo no envenena el eros sino que lo asume, lo purifica y lo eleva hasta dimensiones inimaginables de grandeza y dignidad, hasta Dios. Para que el eros consiga este noble fin hace falta una purificación, una maduración, que incluye también una renuncia. Esto no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que adquiera su verdadera grandeza, porque el eros, degradado a puro “sexo” se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía (No. 5). Esta elevación y transformación del amor es la aportación específica del cristianismo y el servicio inmenso que ofrece la Iglesia católica a la dignidad de la persona humana y a la misma humanidad. El laicismo, en cambio, como toda ideología, termina convirtiendo al hombre en mercancía. Lo comprobamos fácilmente al ver la manera cómo se enfoca hoy en día el problema de la prostitución, cuya maldad intrínseca se minimiza y volatiliza dándole al oficio el nombre de sexo-servicio, pretendiendo cubrir la explotación de la mujer y la afrenta a su dignidad con la máscara de un servicio social remunerado. Se pervierte la dignidad de la mujer y la del trabajo humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El evangelio del eros transformado en ágape.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;21. Esto, decía el Papa, es lo que quisiera comunicar, lo que los católicos debemos anunciar y pregonar; esta es la buena nueva, el evangelio del eros elevado y transformado en ágape, que nos trajo Jesucristo con el misterio de su Encarnación y redención. De esta valoración de la dignidad de la persona y del aprecio por el amor humano purificado, viene el rechazo de la Iglesia a todo lo degradante y vil, a todos los métodos violentos y antinaturales de enfocar el origen, transmisión y custodia de la vida, la educación del hombre y el progreso humano. Porque el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (GSp 22), la Iglesia tiene encomendado el cuidado del hombre como tarea irrenunciable y esencial. Esta es la buena nueva que el cristianismo anuncia mediante la Iglesia y lo que el laicismo intransigente no acepta, ni parece interesarle entender. No lo hace porque la defensa de la dignidad humana y de su trascendencia no es lucrativa en lo económico ni eficaz en lo práctico ni correcta en lo político ni popular en lo social; estos valores deben, por tanto, ser eliminados de las políticas públicas en el campo de la salud, de la educación y en los medios de comunicación. Esta es la filosofía que campea en el ambiente desacralizado de la cultura pública y de la política nacional, y de la cual hace alarde el laicismo oficial. La guerra del dios Dionisos contra el Crucificado es frontal, como lo anunciaba el filósofo alemán al final de su obra Ecce Homo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;D. FRUTOS AMARGOS DEL LAICISMO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El laicismo intransigente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22. Las consecuencias prácticas que se desprenden de esta concepción laicista de la vida en su expresión intolerante, son múltiples. Señalaremos algunas de manera sucinta, a modo de ejemplo, aunque cada una requeriría un análisis mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a) Laicismo y moral. Como para el laicismo no hay ley moral estable que valga, sea la cristiana o la simplemente natural, cualquier precepto o límite a la conducta humana, sobre todo en el campo de las ciencias, se considera como injerencia indebida y enemiga del progreso; esto sucede particularmente en la esfera de la vida: anticoncepción, aborto, clonación de seres humanos, manipulación de embriones, fecundación in vitro, etcétera. Al separar la ética de la técnica y la moral de la ciencia, nada importa ya el derecho irrestricto a la vida humana o la dignidad de la persona, con tal de lograr un “progreso” que, al final, se volverá necesariamente contra el mismo hombre. No todo lo que es técnicamente posible es moralmente admisible. Quien defienda, en cambio, el aborto, la píldora del día siguiente, la experimentación con embriones humanos, etcétera, se le reconocerá como “progresista”, con un coro internacional de aplaudidores; a la Iglesia, en cambio, fiel protectora del derecho irrestricto a la vida y de la dignidad humana, se le tachará de conservadora, insensible y enemiga del progreso. Lo mismo sucederá con los gobiernos y sus gobernantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;b) Laicismo y democracia. En el campo de lo social, se presenta a la Iglesia como incompatible con la democracia, pues no está configurada en su estructura interna según este modelo sociológico y político al que pretende apoyar. Esto sucede simplemente porque no la pensó así su fundador Jesucristo; además, se le recuerda que el respeto debido al pluralismo democrático exige que se gobierne para todos, no nada más para los católicos; y esto es verdad, sólo que no se puede olvidar que se debe gobernar también para los católicos, es decir, respetando sus convicciones y sus derechos; de otro modo, se gobierna sólo para algunas minorías y se excluye a la mayoría, lo cual es antidemocrático. Esta es una objeción totalmente desenfocada, enredándose el laicismo en sus propias redes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;c) Laicismo y educación. Lo mismo pasa en el campo educativo. Es atributo y deber del Estado el ordenar la educación pública, pero esta atribución está siempre subordinada al derecho primario de los padres a elegir el tipo de educación que desean para sus hijos (Cf. ONU, Declaración Universal..., 1948, No. 26.3). La razón es muy sencilla: porque los hijos no son del Estado, sino de sus padres y éste es un derecho natural e intransferible. Por eso también lo defiende la Iglesia. El Estado no tiene por qué imponer su gusto al deseo de los progenitores. Lo normal y justo sería que, a nivel de primaria y secundaria al menos, la educación fuera según las convicciones morales y religiosas de los padres de los alumnos, todos con igualdad de servicios y prestaciones. Esto sería equidad educativa. A nivel superior, se esperaría una educación científica y de calidad, no beligerante contra las respectivas creencias y tradiciones religiosas de los alumnos. Entre la clase dirigente, a consecuencia de la mentalidad difundida por la ilustración y el positivismo, sólo lo que cae bajo la experiencia sensible o es comprobable en el laboratorio, tiene carácter científico. Este criterio, por sí mismo empobrecedor, excluye el problema de Dios y de la religión, presentándolo como acientífico o precientífico. Por esta razón, tanto la moral como la religión no tienen cabida a priori en la educación oficial; sólo el sujeto y de acuerdo con su experiencia y sensibilidad, puede decidir lo que considera religiosa o éticamente válido; por tanto, a la religión y a la ética no se les reconoce -contra la experiencia- capacidad social de crear comunidad. Ante esta manera de pensar bien valdría la pena preguntarnos, ¿pueden los gobernantes legislar contra el sentir de la mayoría, contra las tradiciones y el patrimonio común de un pueblo, contra la estructura social y moral que ha sostenido la vida de una nación? Es saludable que las tradiciones se enriquezcan con nuevos aportes, pero no es prerrogativa del gobierno imponer la ideología propia, generalmente la del grupo en el poder, usando todo el aparato jurídico, educativo y propagandístico del Estado. Esto es contrario a la democracia e inicio del totalitarismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;d) Laicismo y sexualidad. En el campo de la sexualidad se tocan muchas cuestiones morales de suma importancia. La sexualidad humana no es sólo biología, genitalidad, sino que implica comportamientos y relaciones que inciden de manera determinante en la vida íntima, afectiva y social de niños y jóvenes; el sexo, en cierta manera, define a la persona y su desarrollo futuro como hombre o mujer y afecta gravemente a toda la sociedad. Lleva siempre una connotación moral que corresponde en exclusiva a los padres de familia en su fase inicial. Separar la educación sexual de la ética es desnaturalizarla y, cuando lo hace el Estado, es injerencia indebida. Más aún, se dan intromisiones inaceptables cuando en los textos o en las cátedras se emiten juicios morales que afectan la conciencia sobre determinados actos o se desautoriza a los padres y a la Iglesia. La incitación prematura al uso de la sexualidad sin valores y sin responsabilidad, genera problemas sociales gravísimos como son los embarazos de adolescentes a los que se ofrecen “remedios” agresivos contra la vida y la dignidad (el aborto o la píldora del día siguiente, etcétera), en lugar de proporcionar valores en la formación. La subsidiariedad exige que el Estado apoye, no substituya y mucho menos suplante, a los padres de familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;e) Laicismo y política. En el terreno de lo político se suele asociar a la Iglesia con tendencias llamadas de derecha. Las nomenclatura “derecha” o “izquierda” no proceden de la Doctrina Social de la Iglesia ni del lenguaje eclesiástico, sino de los partidos políticos; ellos son los que se clasifican y califican a los demás, incluida la Iglesia, según sus apreciaciones y conveniencias. La Iglesia ni las acepta ni las utiliza. Cuando la Iglesia invita a respetar y a obedecer a la autoridad legítima, no lo hace porque sea de derecha o de izquierda, sino porque dicha autoridad fue elegida por el pueblo y así lo determinaron las leyes e instituciones que el pueblo mismo se ha dado mediante sus representantes. Lo demás es demagogia para sacar ventaja y lo mismo debe decirse de la utilización de las imágenes y del lenguaje religioso con fines partidistas. La Iglesia no acata a la autoridad por su color político, sino por la legitimidad que le da el pueblo al elegirla libremente; por otra parte, la historia demuestra que la comunidad católica ha sufrido vejaciones por regímenes de todos los colores. Quien rechaza obedecer a la autoridad que actúa según el orden moral « se rebela contra el orden divino » (Rm 13,2). Análogamente la autoridad pública, que tiene su fundamento en la naturaleza humana y pertenece al orden preestablecido por Dios, si no actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio y por ello mismo se hace ilegítima, enseña la Doctrina Social de la Iglesia. (Compendio, 398).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;f) Laicismo y Magisterio eclesiástico. Finalmente, la Iglesia siempre ha exigido su derecho a emitir juicios morales en las diversas circunstancias de la vida de los ciudadanos, incluido el campo de la política; esto lo hace para iluminar la conciencia de los católicos en asuntos tan importantes como es el bien moral de la sociedad. Es algo totalmente legítimo, pues es atribución de los Pastores recordar a quienes profesan la misma fe, el deber de ser coherentes con las creencias que libremente han aceptado. Seguirlas o no será siempre acto responsable y comprometedor de la libertad de cada uno en orden a su salvación. Como el laicismo no reconoce validez ni da importancia al campo de la moral, que es donde se mueve la Iglesia, estos juicios los reduce simplistamente a meterse en política, sin más. No acepta la distinción básica que hace la DSI entre la política en sentido amplio que mira al bien común y que interesa a la Iglesia y a sus Pastores (Cf. DP, 521) y la política partidista, campo propio de los fieles laicos. Insistimos: La Iglesia no se arroga ingerencia alguna en el ordenamiento de la sociedad civil, cosa que no le corresponde, sino que emite juicios morales para el comportamiento recto de sus hijos. Es su campo específico, ni más ni menos. Los católicos somos respetuosos de los ordenamientos sociales justos, estamos dispuestos a vivir en paz con todos y a colaborar activamente en el campo del bienestar general. No reclamamos privilegios pero tampoco aceptamos discriminaciones; es de justicia que se reconozca el aporte valioso que hace la comunidad católica a la sociedad. Amamos a Dios, a la Iglesia y a México y estamos empeñados, con cualquier ciudadano de buena voluntad que nos quiera acompañar, en la construcción de una patria mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. LA IGLESIA Y LA DEMOCRACIA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Una auténtica democracia es posible solamente&lt;br /&gt;en un Estado de derecho y sobre la base de la recta&lt;br /&gt;concepción de la persona humana” (Juan Pablo II).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. LA LAICIDAD DEL ESTADO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descripción de la Democracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;23. Llegados a este punto, es necesario detenernos a considerar más de cerca la relación que guarda la Iglesia con el sistema democrático que se busca instaurar entre nosotros. Buscaremos esclarecer, como advertíamos en la introducción, algunos de los términos de la DSI que suelen generar confusión y dificultan el común entendimiento. Como es bien sabido, la Iglesia católica ha convivido con los más diversos regímenes sociales y políticos en las más variadas circunstancias de su milenaria historia; ahora, en nuestra patria, convive con un incipiente régimen democrático, que se va consolidando con dolor. Por su etimología, democracia significa el señorío o dominio del pueblo. En la clásica denominación aristotélica se distinguen: monarquía, aristocracia y democracia. La democracia, en su acepción moderna, supone una teoría política basada en la división de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, constitutiva del “Estado de derecho”. Es un sistema de gobierno opuesto a los regímenes absolutistas y totalitarios y se distingue por la participación ciudadana, que elige y cambia a sus gobernantes y requiere de la existencia de partidos y del ejercicio libre del voto ciudadano; implica, por igual, la tutela de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones. El Papa Pío XII (Radiomensaje de Navidad, 1944) expresó, no sin ciertas cautelas, una valoración positiva de la democracia; siguieron muchas aclaraciones de los Papas Juan XXIII y Pablo VI en sus Encíclicas sociales, pero fue el Papa Juan Pablo II quien en la Centesimus annus (No.46) manifiesta abiertamente su complacencia con el régimen democrático en cuanto asegura a los ciudadanos la posibilidad de elegir, controlar y sustituir de modo pacífico, cuando así lo exija el bien común, a sus propios gobiernos. Sin embargo, aclara con insistencia que la democracia, para ser auténtica, necesita como condición indispensable la vigencia del Estado de derecho y de una correcta concepción de la persona humana. Así entendida, la democracia es aceptada y alabada por la Iglesia no como un fin en sí misma, sino como un medio e instrumento valioso para lograr el bienestar general o bien común.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La democracia moderna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;24. La democracia, tal y como la conocemos sobre todo en Occidente, hunde sus raíces en el sistema de valores propios del cristianismo; de hecho, se ha consolidado en los países de origen y cultura cristiana y católica. En nuestra patria es apenas conocida y practicada y, al haber nacido marcada por la ideología liberal inspirada en el positivismo jurídico y contraria al derecho natural, necesariamente condujo a la separación y enfrentamiento entre el orden jurídico y el orden ético, hasta desembocar en el relativismo moral. Así se explica que, en el ordenamiento de la nación, permanecieron en la Constitución leyes abiertamente hostiles a la libertad de expresión, de asociación y de religión. Así se originó la anticultura de la ´simulación forzada´ que no sólo devaluaba el sentido de las leyes, obligando a componendas o a vivir al margen de ellas o a ignorarlas, sino al deterioro mismo del sentido de la ley justa, del papel de la autoridad y de las formas en las que la sociedad debe vivir y organizarse dentro del orden jurídico, señalamos los Obispos de México en la Carta pastoral: “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” (No. 40). Esta descripción corresponde a un Estado no de derecho, sino antidemocrático y, por tanto, generador de marginación; por eso añadimos: Lo más lamentable de esta etapa no fue tanto que marginaran a la Iglesia quienes detentaban el poder político, sino la paulatina automarginación de muchos católicos del mundo de la política, de la economía y de la cultura en general (Ibid. No. 42). Esta situación a nadie beneficia, pues empequeñece al creyente y debilita al Estado; es necesario, por tanto, que los fieles católicos, para buscar el remedio oportuno a estos males sociales, tengan en cuenta lo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1°) La sana autonomía de las realidades temporales. El Concilio Vaticano II proclamó la sana autonomía de las realidades temporales respecto de la religión o de la fe, es decir, el reconocimiento que las ciencias humanas tienen sus propias leyes y normas, que proceden conforme a determinados principios que les son propios y necesarios para su particular desempeño. Estas leyes intrínsecas a cada ciencia o arte, el hombre las va descubriendo con la luz de su razón y ordenando con su esfuerzo hacia su propio fin, que no es otro que el bien del mismo hombre (Cf. GSp., 36); así tributa gloria al Creador porque, como enseña san Ireneo, la gloria de Dios es que el hombre viva. Esta sana autonomía en el campo de la organización social es lo que se llama “Estado laico” y es una condición indispensable para que el político creyente pueda expresarse conforme a su conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2°) Esta autonomía no es absoluta. Como estas leyes internas a cada ciencia o arte tienen su origen en el Creador y están ordenadas al bienestar general y trascendente del hombre, esta autonomía no es absoluta, sino que está sujeta, para su feliz realización, a la observancia del orden moral querido por Dios. No todo lo que es posible es de provecho ni está permitido hacerlo. Este orden moral y trascendente es el que el hombre debe siempre respetar, haciendo uso responsable de la libertad y de la recta razón. De la observancia del orden moral superior nadie se puede dispensar sin grave ofensa al Creador y sin daño personal y social en esta vida, pues la criatura, sin el Creador desaparece (GSp. 36). La fe católica enseña que la negación de Dios conduce al deterioro de la creatura y la DSI lo explica diciendo que el hombre es sólo administrador, no dueño, mucho menos señor despótico de los bienes de la creación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3°) La sana laicidad del Estado, legítima y provechosa. El fiel católico puede escoger el partido político y el ordenamiento social que juzgue mejor para conseguir el bien general, con tal que no contradiga el orden moral basado en la dignidad y respeto de la persona humana y, consecuentemente, en su propia fe. Lo decimos con palabras del Papa Benedicto XVI al presidente del Senado italiano, Marcello Pera: Parece legítima y provechosa una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según normas que les son propias, a las que pertenecen también esas instancias éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre (17 Oct., 2005). La laicidad del Estado es legítima y provechosa siempre y cuando sea sana, es decir, no contaminada con ideologías que la extralimitan y desvirtúan. Sin una autoridad moral superior a la esfera del Estado, éste se convierte en amo y señor y la libertad queda avasallada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4°) Una laicidad positiva. Una consecuencia importante consiste en que el fiel católico que participa en política o interviene de cualquier manera en la vida pública, no actúa ni como representante de la Iglesia, ni como mandatario de la misma, ni como apoderado de sus intereses espirituales o materiales, sino que interviene en el ordenamiento de la sociedad por propio derecho en vistas al bienestar general, es decir, de todos los ciudadanos sin distinción. Un auténtico hijo de la Iglesia no niega su fe, ni la oculta, pero tampoco la utiliza para fines políticos o de gobierno. El fiel católico, con su participación en el campo político y social, no pretende un gobierno o un estado confesional; al contrario, contribuye a la creación de un verdadero y auténtico Estado laico: respeta toda opción religiosa sin imponer la suya. Esto mismo se espera de cualquier gobernante de otra creencia o religión. Lo explica el Papa Benedicto XVI al senador Pera: Un Estado sanamente laico también tendrá que dejar lógicamente espacio en su legislación a esta dimensión fundamental del espíritu humano: ese ´sentido religioso´ con el que se expresa la apertura del ser humano a la Trascendencia. Se trata, en realidad, de una ‘laicidad positiva’, que garantice a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público. Un funcionario público, como cualquier ciudadano y cualquiera que sea su creencia religiosa, debe gozar de la plena libertad de practicarla tanto en público como en privado, solo o de manera asociada; negarle a un ciudadano o limitarle este ejercicio de su fe por ejercer algún puesto publico, es violar un derecho humano fundamental e incurrir en la intransigencia (Cfr. ONU, “Declaración universal...”, No 18).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5°) Laico, es decir, aconfesional. Otra consecuencia importante que se desprende de lo dicho, consiste en que el Estado sanamente laico es aquel que respeta toda creencia o confesión religiosa, pero no inmiscuye ni la suya ni ninguna otra en la vida pública. Cada ciudadano, incluido el gobernante, tiene el derecho de profesar su propia fe, tanto en público como en privado, sin que nadie se lo pueda impedir, pero tampoco debe imponerla a los demás ni utilizarla con fines partidistas. El Estado sanamente laico no tiene religión oficial, ni es confesional, pero tampoco es neutral porque, pretender ser neutral en el campo de los valores, es una ficción; mucho menos es antirreligioso, sino aconfesional. Dice la Carta pastoral de los obispos: El Estado laico no impone ninguna propuesta religiosa de modo institucional sino que trabaja activamente a favor del derecho a la libertad religiosa de las personas y de las iglesias (Del encuentro..., No. 274); y explica: Entendemos la laicidad del Estado como la aconfesionalidad basada en el respeto y promoción de la dignidad humana y por tanto en el reconocimiento explícito de los derechos humanos, particularmente del derecho a la libertad religiosa (Ibid. 279).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. LA LAICIDAD NEGATIVA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La autonomía no se extiende al campo moral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;25. Descrita así la sana laicidad o laicidad positiva del Estado, es necesario describir la laicidad negativa o enfermiza, y distinguir cuidadosamente entre laico y laicista (y entre laicidad y laicismo), pues de aquí provienen las confusiones y los malentendidos que no nos dejan avanzar en el común entendimiento y en el respeto integral a los derechos humanos. Dijimos que el fiel laico que interviene en la vida pública, goza de autonomía en el ámbito político y que su fe y su Iglesia no le imponen ninguna preferencia partidista ni un sistema de gobierno en especial. Él busca, promueve y participa en el partido político o en el gobierno que, según sus alcances y convicciones, mejor promueve el bien de la comunidad. No espera para asumir su compromiso político ninguna directiva inmediata de su Iglesia, ni actúa en su nombre; éste es su derecho y su responsabilidad inalienables. Pero también debe saber que esta autonomía no se extiende a la esfera moral, porque ésta se fundamenta en la inviolable e inmutable dignidad de la persona humana, y no olvida que su fe le proporciona otros valores superiores necesarios para la vida social como son el perdón, la gratuidad, la hospitalidad, la solidariedad, etcétera. No afirmamos que la moral pública se fundamente en los dogmas de la fe o, como suelen decir, en “valores confesionales”, sino en la dignidad de la persona humana, que se expresa en los preceptos de la ley natural, común a todos los hombres y a todas las grandes religiones, pero siempre debe quedar abierta la posibilidad de practicar los valores cristianos, salvaguardada la paz y el orden social. El gobernante laico debe gobernar para todos, pero también para los cristianos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La revelación perfecciona, no substituye a la razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;26. Los católicos sabemos que la revelación divina tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, confirma y esclarece pero no anula ni cambia la naturaleza de esta ley natural. Por tanto, el fiel laico auténticamente libre y responsable es el que respeta y observa el orden querido por Dios, es decir, la ley natural que tutela la dignidad de la persona humana y sus derechos inviolables. Lo dice el Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es Amor”: La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano (No. 28). Cuando se ignora la distinción entre ley natural y revelación divina, entre orden moral natural (expresado en el Decálogo) y contenidos de la fe (enumerados en el Credo), y se desconocen sus mutuas relaciones, se generan las confusiones en las que por décadas hemos vivido. Lo que retrae a un ciudadano católico de apoyar a un determinado partido o candidato no es en primer lugar su Iglesia o su fe, sino su conciencia, que le exige respetar el orden moral natural y, en concreto, la dignidad de la persona humana y sus derechos irrenunciables, anteriores a su propia fe y, por supuesto, anteriores al Estado. En la obediencia a la conciencia radica su responsabilidad y su dignidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exigencias éticas irrenunciables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;27, La Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda que “ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona”, y enumera las siguientes:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a) “Las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia..., que deben tutelar el derecho primario a la vida desde su concepción hasta su término natural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;b) El deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;c) La tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas del divorcio...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;d) La libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;e) La tutela social de los menores y las víctimas de las modernas formas de esclavitud: droga, prostitución...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;f) El derecho a la libertad religiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;g) El desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, y&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;h) El gran tema de paz que, ‘como obra de la justicia y efecto de la caridad´, exige un rechazo radical y absoluto de la violencia y del terrorismo” (“El compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”, No. 4). Estos son los cimientos que sostienen el edificio de la sana convivencia social y el futuro venturoso de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El laicismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;28. El laicista o el laicismo no admite, por lo general, estar sujeto a normas morales estables e inmutables, sino que profesa el positivismo jurídico y el relativismo moral, y sostiene que los valores sociales y las normas morales se establecen mediante un “pacto social”, es decir, por consenso ciudadano, por el voto de la mayoría o por la utilidad del momento. El laicista extiende así ilegítimamente las reglas de la democracia al campo de la moral, al ámbito de la conducta humana, propiciando un relativismo moral que ha permitido a los poderosos y a los dictadores de todo género cometer los mayores crímenes de la historia. Un laicista como el descrito, cuando asume el poder, se convierte fácilmente en dictador, aunque sea disfrazado, y en el ámbito de las ideas profesa un laicismo intransigente que lo lleva a negar a los demás las libertades que reclama para sí. En otras palabras, hace del laicismo una verdadera y auténtica “religión laica”, excluyente y antidemocrática. Fundamentalista, se dice ahora. Si al Estado sanamente laico bien podemos calificarlo de bendición (Bendito Jesús que separó al César de Dios), del laicismo intransigente lo menos que podemos decir es que es una aberración (Hacer del César un dios). Es una constatación histórica irrefutable que el tirano comienza siempre por saquear los templos, como advierte Platón (La República, Libro VIII), y prosigue combatiendo a la religión para reducirla a su mínima expresión. Nuevamente llamamos al Papa Benedicto XVI para que nos ilumine: El Estado -dice- no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca (“Dios es amor”, No. 28).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. LOS FIELES CATÓLICOS LAICOS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Decálogo, patrimonio de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;29. El laico católico respeta y se propone salvaguardar y cumplir la ley moral natural, común a todas las grandes religiones. Esta ley natural no se identifica con ninguna creencia religiosa en particular, ni siquiera con la religión católica aunque ésta la proclame en toda su integridad y la defienda con particular empeño. La expresión privilegiada de esta ley natural se encuentra en el Decálogo (Cf. Catecismo, No. 2070), que también fue objeto de revelación de parte de Dios en el Sinaí y fue perfeccionado por Cristo en el Sermón de la Montaña; pero, esta revelación sinaítica a Moisés y el perfeccionamiento evangélico de Jesús, no le cambian su naturaleza fundamental de expresión de la ley natural, común a toda la humanidad, grabada antes que en tablas de piedra en el corazón del hombre y que obliga en conciencia a todos y en todas partes, es decir siempre. La observancia de esta ley natural, aceptada por todas las grandes religiones del mundo, es de tal trascendencia que de ella depende, por caminos que sólo Dios conoce, la salvación eterna para todos los hombres sin distinción; esta es la razón por la que la doctrina católica admite la posibilidad de salvación para quien cumpla a cabalidad esta ley natural, aunque se encuentre, sin culpa de su parte, fuera del ámbito visible de la Iglesia (Cf. LG 16). El Decálogo constituye un patrimonio precioso de la humanidad, que le ha permitido sobrevivir a pesar de las barbaries perpetradas por dictadores de todo género. En resumen, el católico participa en la política guiado por el Decálogo, no por las Bienaventuranzas; pero, si vive conforme a éstas, añade a la vida social el perfume del Evangelio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es derecho, no intromisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;30. Es, por tanto, un derecho y un deber de los fieles católicos laicos, como de todo ciudadano razonable y responsable, defender los valores y las virtudes morales naturales como son la justicia, la verdad, la libertad, la honradez, la lealtad, la solidaridad, el respeto a la persona humana, la paz, etcétera; y esta participación no puede calificarse, por ningún motivo, de intromisión de la Iglesia en el ámbito de los gobiernos, de los partidos políticos o de la educación. Se trata de un profundo llamado de la conciencia cristiana a la coherencia entre lo que se cree y lo que se hace, entre la fe y la vida; es una exigencia intrínseca a la misma fe y no proviene de una imposición externa, si bien es deber del Magisterio eclesiástico el recordarlo con frecuencia. Negarle o limitarle, por tanto, a los Pastores de la Iglesia este deber de enseñar y recordar a los fieles sus obligaciones, es una intromisión indebida del Estado en el espacio moral y espiritual que no le corresponde. Igualmente, pretender apartar a los católicos de la vida política o del ámbito de la enseñanza por el hecho de manifestarse creyentes y de ser coherentes con la doctrina de la Iglesia en la enseñanza de la ley natural, es una forma de laicismo intransigente y discriminador. Sería negar relevancia política y cultural a la fe católica y al cristianismo en general, lo cual es inadmisible. Al querer impedir a los católicos participar plenamente en la construcción del bien común, el Estado se ha empobrecido y los creyentes han desmerecido en su condición de ciudadanos por verse limitados en sus derechos y en su dignidad . La separación entre la fe que profesamos y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo, recordaba a los Obispos de México el Papa Benedicto XVI durante la visita ad limina (15 Sept., 2005. Cf. GSp. 43).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;D. RELACIÓN ENTRE FE Y POLÍTICA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Iglesia no sustituye al Estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;31. El Estado tiene como fin propio el establecimiento de la justicia. El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, nos ha dicho el Papa; y añade: Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones, y cita a S. Agustín (“Dios es amor”, No. 28). No es, pues, tarea de la Iglesia como institución y mucho menos de sus Pastores, el establecer la justicia en los diversos ámbitos de la sociedad; éste es el cometido propio del Estado, y de la consecución de la justicia depende su legitimidad y el derecho a la supervivencia, porque, como explica el Papa Benedicto XVI, la justicia es el objeto y, por tanto también la medida de toda política. El fiel católico, como todo ciudadano responsable, tiene el deber de participar en esta tarea común de instaurar la justicia en el mundo. El velar por el derecho del pobre, del huérfano y de la viuda es su obligación en cualquier partido en que milite o en cualquier institución a la que pertenezca. Los hermanos pobres no son botín de nadie sino responsabilidad de todos y la Iglesia los acoge como en su casa, porque ve en ellos el rostro sufriente de Cristo, su Señor (Cf. Mt 25).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arte noble y difícil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;32. El Magisterio de la Iglesia se refiere a la actividad política como a un arte noble y difícil y como a una forma eminente de caridad, puesto que está ordenada al bien de todos. Por eso, el Papa Benedicto XVI enseña que la política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y meta está precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética. Así, pues, el Estado se encuentra inevitablemente de hecho ante la cuestión de cómo realizar la justicia aquí y ahora. Este es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar a cabo realmente su función, la razón debe purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente. (Ibid. No. 28). El ser humano, y más cuando está dotado de poder, se verá siempre acosado por la tentación de anteponer el interés propio al de los demás y su razón se verá obnubilada por sus pasiones. Este es un hecho de experiencia y constatación diaria en todo el mundo; se le suele llamar corrupción, porque roe y descompone a la sociedad desde sus entrañas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El punto de encuentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;33. Para poder superar eficazmente este deslumbramiento del poder y del propio interés, es necesario que la política oiga a la moral y la obedezca y supere así la ceguera ética, como le llama el Papa; por eso, añade: En este punto política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo... Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. A partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma (Dios es amor, No.28) . Esto es de máxima importancia. La fe no suplanta, sino que sirve a la razón y la ayuda a ser ella misma y a cumplir cabalmente su misión. La fe, cualquiera que sea el terreno en que opera, no es para desplazar o humillar al ser humano, sino para curarlo de sus miserias y ayudarlo a ser él mismo. Le restituye su dignidad. Entre fe y razón no puede haber rivalidad. Explica el Papa: La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco pretende imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto en práctica (Ibid.). Este es el inmenso servicio que la fe ofrece a la razón humana y a la humanidad entera. Si la comunidad católica encontrara el lenguaje apropiado para hacer comprender esto a los políticos y si éstos tuvieran la necesaria prudencia y humildad para aceptarlo, daríamos un paso enorme hacia el diálogo constructivo, el mejoramiento de la sociedad y la reconciliación nacional. Aquí la tarea de los fieles laicos ilustrados es indispensable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mesa del diálogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;34, En un régimen democrático quien no sabe dialogar no logra gobernar con sabiduría y con eficacia. El diálogo es cualidad y propiedad del ser humano, creado a imagen de la santísima Trinidad. Todo diálogo auténtico parte de la propia identidad, que no es cerrazón sino condición para escuchar con serenidad y aplomo a quien piensa distinto. El diálogo no es para convencer al adversario, sino para enriquecer las propias convicciones, escuchando con atención al interlocutor. En la intimidad profunda de todo ser humano está la imagen de Dios, idéntica para todos; por tanto, siempre es posible entre los hombres un punto de acuerdo y de comunión, a pesar de la legítima diversidad. La verdad, dondequiera que se encuentre, proviene del Espíritu Santo. Es necesario que primero los dialogantes escuchen su propia conciencia -sagrario del Espíritu- que los invita a preferir la paz al enfrentamiento, la verdad a la mentira, la sinceridad a la malicia pensando en la dignidad de la persona humana, que está sobre cualquier interés particular o ideología. Resistir a la verdad, venga de donde venga, es resistir al Espíritu Santo. El diálogo verdadero mira más al futuro por construir que al pasado que rememorar. Los hechos del pasado son irreversibles; además, son susceptibles de múltiples interpretaciones; por eso, con respecto al pasado la única actitud racional y razonable es asumirlo, ofrecer el perdón si es el caso y buscar la reconciliación. Con respecto al futuro, es indispensable tener la mente abierta para la propuesta y la mano tendida para la colaboración. El hombre verdadero no es el que guarda rencor perpetuo o está siempre acusando como amonesta el salmo (Ps 103), sino el hombre reconciliado, que ofrece y acepta el perdón. Este es el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, el nuevo Adán, en cuyo rostro brilla la luz esplendorosa de Cristo resucitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. SER COMO DIOS O SER IMAGEN DE DIOS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Serán como dioses, conocedores&lt;br /&gt;del bien y del mal (Gn 2,5)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Religiosidad probada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;35. El pueblo mexicano es un pueblo eminentemente religioso aún a costa de grandes sacrificios, forjado en la matriz cristiana de la Iglesia católica a lo largo de casi quinientos años de evangelización y del acompañamiento generoso de sus pastores y misioneros. En su inmensa mayoría ha dado su aceptación gozosa y generosa a la Iglesia Católica, a Cristo Rey presente en la santa Eucaristía y a la Virgen María. Celebra con júbilo las fiestas patrias y las fiestas religiosas, busca la palabra de Dios y los signos de la fe, recibe con fervor los Sacramentos y ha permanecido fiel a la Iglesia hasta el martirio. La fe católica del pueblo mexicano ha superado gloriosamente la prueba suprema de la sangre derramada en muchos de sus hijos por gracia singular de Dios e intercesión de Santa María de Guadalupe y de su fiel servidor San Juan Diego. La presencia de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac nos ha marcado profundamente y sentimos a la vez el honor y la responsabilidad de compartir esta dicha con otros pueblos. Somos, sin lugar a dudas, un pueblo singular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ser como Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;36. En el último siglo, el pueblo creyente se ha visto distanciado de la clase gobernante a causa de la corriente de pensamiento antirreligioso y persecutorio conocido como laicismo en su expresión más radical e intransigente, que ha propiciado en la práctica un retorno al paganismo bajo la bandera de la dictadura del relativismo moral y religioso. ¿Qué es lo que está en la raíz de este fenómeno pseudorreligioso englobante desde el punto de vista de nuestra fe católica? La Historia de la Salvación nos dice que aquí subyace la vieja historia del paraíso terrenal, la de siempre: El hombre moderno piensa que Dios es competidor del hombre, que es enemigo de su felicidad y que, sin Él, podría irle mejor. Nietzsche, blasfemo como siempre, llega a opinar que bajo el árbol del paraíso quien se escondía era el mismo Dios en la figura de la serpiente (Más allá del bien y del mal, 2). Eso mismo piensa el laicismo, aunque no lo diga de manera tan burda; sospecha que en Dios hay algo oculto que le impide al hombre ser plenamente hombre y ser feliz. Si Dios no es alguien digno de fiar, mucho menos lo será la Iglesia. Para ser feliz el hombre no necesita del amor de Dios, mucho menos de su misericordia; le basta su propio poder y su razón para conocer el bien y el mal, para saber lo que le conviene y labrarse su propio destino. Es fácil constar como en la vida pública la lucha por el poder es el alma que sostiene la economía, mueve la política, rige la vida social y, en particular, sustenta a los medios de comunicación. En el contexto político nacional, la Iglesia católica, aceptada mayoritariamente por el pueblo y depositaria de su confianza, se percibe como una entidad en competencia con del poder en cualquiera de sus expresiones, y como un obstáculo que hay que eliminar o, al menos, silenciar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imagen y semejanza de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;37. A la Iglesia, en cambio, no le interesa el poder, sino el hombre. Es absurdo presentarla o presentarse como alternativa al Estado o casada con algún partido o color político. La Iglesia quiere ser servidora de todos y no competidora de nadie; busca colaborar en todo lo que es justo, noble y bueno, respetando las esferas de la propia competencia. El amor que predica no genera dependencia ni poder sino vida y propicia espacios de libertad. La Iglesia quiere hombres y ciudadanos libres que, como criaturas, reconozcan los límites de su libertad y puedan así generar relaciones de respeto y crear comunidad. La libertad que pide para los demás y para cada uno de sus hijos, la reclama como derecho propio para cumplir su misión. ¿ Qué os pide hoy, dice el Concilio Vaticano II a los poderosos, la Iglesia? No os pide más que libertad; la libertad de creer y de predicar su fe; la libertad de amar a su Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida (Mensaje a los gobernantes, 4). La libertad humana sólo es verdadera si se comparte con los demás, si se aceptan sus límites y se convive con otros. Esta es la libertad que está en la base de nuestro ser creatural y la que sustenta a la democracia; por eso decimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, en quien conviven las tres Personas divinas en armonía, sin perder su identidad ni romper su unidad ¡La fe en la Santísima Trinidad nos ayuda comprender la verdadera democracia!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El esplendor de la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;38. La democracia necesita de la verdad para subsistir, si no, ambas perecen miserablemente. El cumplimiento de los Mandamientos de la ley de Dios, la ley natural, no es exigencia extrínseca al hombre, no le viene de una imposición externa, sino de su propia naturaleza, de su “verdad” como hombre para poder subsistir. La observancia de la ley natural es el único camino hacia la libertad y hacia la democracia; sus contrarios, llámense laicismo, liberalismo intransigente, relativismo o todo lo que se le parezca, destruyen a la persona humana y a la sociedad. Si vivimos contra el amor de Dios manifestado en su ley, vivimos contra la verdad, contra nosotros mismos y contra la sociedad. Creer en Dios y aceptarlo en nuestra vida no es una cuestión meramente “privada” o sólo “devocional”, sino un asunto que trae gravísimas consecuencias políticas y sociales. Desechar a Dios de la vida pública y social y minimizar o ridiculizar la práctica religiosa de los ciudadanos de cualquier condición, es atentar contra las fuentes mismas de la dignidad humana y de la convivencia fraterna. La paz social sólo se sustenta en la verdad y la última verdad del hombre es Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Virgen María, icono del pueblo mexicano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;39. La cercanía con Dios no disminuye al hombre sino que lo engrandece, no lo empobrece sino que lo enriquece y ensancha su corazón para que acoja y sirva a los demás. María Santísima es ejemplo y modelo de esta entrega a Dios y de servicio incondicional a los hombres. La cercanía con Dios la elevó a alturas insospechadas y la situó en las encrucijadas más dolorosas de la vida humana. En la cruz nos fue entregada por su propio Hijo como Madre nuestra; por eso, el pueblo católico la siente suya y la invoca como auxilio, refugio, consuelo y esperanza que no defrauda. Ella es Salud de los enfermos porque ha curado y cura infinitas llagas y dolencias que ni la medicina ni la economía ni la política pueden sanar. El pueblo creyente lo sabe muy bien, lo entiende y lo agradece y con confianza filial la llama Madre de la Esperanza. Ella, dice el Papa Pablo VI, es la mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huída y el exilio (Cf Mt 2, 13-22): situaciones estas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad (MC, 37). La Virgen María es el icono anticipado del pueblo mexicano, creyente y sufrido, pero que esconde en su alma la fuerza liberadora de Jesucristo; por eso, la Virgen María ha estado siempre presente, y lo seguirá estando, en los momentos decisivos de la historia de nuestra patria, que es para nosotros Historia de Salvación. En Ella podemos y debemos encontrar las energías liberadoras que sostengan la esperanza de lograr una vida digna y justa para todos los habitantes de esta gran nación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CONCLUSIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Testigos de la esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;40. En la exhortación postsinodal “Pastores gregis” se recuerda al Obispo que, siendo un ser humano tomado de entre los hombres, actúa en nombre de Jesucristo y que es el mismo Jesucristo quien, por su medio, apacienta a sus fieles. Por eso, entre otras cosas, se le pide defender a sus ovejas de los múltiples males que las acechan por doquier. Se le recuerda que, afianzado en el radicalismo evangélico, tiene el deber de desenmascarar las falsas antropologías, rescatar los valores despreciados por los procesos ideológicos y discernir la verdad (No. 66); que debe ser testigo y servidor de la esperanza, sobre todo donde más fuerte es la presión de una cultura inmanentista, que margina toda apertura a la trascendencia, es decir, a Dios y que debilita la fe y apaga la caridad (No. 3). Esto es lo que, según mis posibilidades y las circunstancias actuales lo requieren, he tratado de hacer en esta Carta Pastoral. Quizá a algunos estas consideraciones parezcan algo extraño por inusuales; pero si bien lo miramos, como lo hace el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, en las falsas antropologías y en los procesos ideológicos viciados, radican los numerosos males que nos afligen y que parecen no tener remedio. Por eso la “Pastores gregis” prosigue, diciendo: Ante las situaciones de injusticia, y muchas veces sumidos en ellas, que abren inevitablemente la puerta a conflictos y a la muerte, el Obispo es defensor de los derechos del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Predica la doctrina moral de la Iglesia, defiende el derecho a la vida desde la concepción hasta su término natural; predica la Doctrina Social de la Iglesia, fundada en el Evangelio, y asume la defensa de los débiles, haciéndose voz de quien no tiene voz para hacer valer sus derechos. Y concluye: No cabe duda de que la Doctrina Social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza incluso en las situaciones más difíciles, porque, si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos (No. 67). Los hijos de la Iglesia —pastores y fieles— estamos llamados a ser Testigos de la Esperanza en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;† Mario De Gasperín Gasperín&lt;br /&gt;Obispo de Querétaro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hna. Lic. Ana Isabel Romero Ugalde, mjh&lt;br /&gt;Secretario Canciller&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;© 2007 CEM :: CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16112820-7699607412341132701?l=doctrinasocialiglesia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/feeds/7699607412341132701/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=16112820&amp;postID=7699607412341132701&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/7699607412341132701'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/7699607412341132701'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/2007/02/carta-pastoral-del-obispo-de-queretaro.html' title='Carta Pastoral del Obispo de Queretaro.'/><author><name>Leopoldo Quezada Ruz</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10133471371900014417</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/_qY4Yc2xPHNk/SY4wnBgoWFI/AAAAAAAAFK4/9f8GNWgCGew/S220/Lqr1.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-16112820.post-113953431835534912</id><published>2006-02-09T22:18:00.000-03:00</published><updated>2006-02-09T22:18:38.476-03:00</updated><title type='text'>Gua de lectura de la Deus Caritas Est</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;"&gt;Guía de lectura de la “DEUS CARITAS EST” &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;a href="http://www.revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&amp;task=view&amp;id=4012&amp;Itemid=49"&gt;http://www.revistaecclesia.com&lt;/a&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;Escrito por José Ignacio Calleja,de la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;Dios es Amor, y la fe, un encuentro con Él y con su don, que provoca en nosotros la necesidad de darnos a los necesitados.&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;Dios es amor y nuestro amor, antes que un mandamiento o ley, es una respuesta a ese don del amor de Dios, experimentado por cada uno y todos juntos. Sin esta experiencia de encuentro con una Persona, Cristo, con el acontecimiento de su Persona y de su Vida, con una Persona como Amor que se nos da, no hay camino cristiano, no hay respuesta cristiana, aunque haya “cumplimiento legal. Ser cristiano es, así, comunicar el amor que se nos da, el que nos colma gratuitamente, y como tal nos desborda (n 1). Dios nos colma de su amor y de este “antes” pende y debe nacer en nosotros el amor como respuesta (n 17).&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;PRIMERA PARTE (nn 1-18): La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación.&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Hay una relación intrínseca entre la realidad del amor humano y el amor gratuito de Dios. El fenómeno humano del amor está, ahí, como una realidad central en nuestras vidas. Sus diversas manifestaciones, visibles ya en los distintos usos de la palabra “amor”, se unifican siempre en una relación inseparable de eros y ágape. Estos dos conceptos no son antagónicos, ni el cristianismo los ha hecho tales. Ambos se refieren a dos dimensiones presentes, con acento mayor de una u otra, en todos los significados del concepto amor y, por supuesto, en la asunción cristiana de la realidad humana del amor. Eros representa aquella dimensión del amor caracterizada por la pasión espontánea, posesiva, irrefrenable, enamorada, ensimismada, fascinada por la promesa de felicidad (n 7). Es connatural con nosotros, nos pertenece, pero vivida de forma “ebria y ensimismada”, está condenada al exceso, a la desviación destructiva, a una divinización que la deshumaniza (n 4). Ágape, por su parte, representa aquella dimensión del amor caracterizada por el reconocimiento y respeto del otro, por la entrega y preocupación por el otro, por el bien del amado; conlleva, por tanto, la alegría de la donación, la renuncia, la entrega, la generosidad y hasta el sacrificio. El ágape, momento o dimensión, se inserta en el eros inicial, para, así, nos desvirtuarse y perder su propia naturaleza. Dar y recibir, amar y ser amado. Y en el inicio de todo, ser amado por Dios. Somos eros que busca a Dios y ágape que transmite el don recibido.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En la relación de ambas dimensiones, con su peculiar proporción en cada clase de amor, el amor sale purificado y acomodado a la condición integral del ser humano (n 8), la de una criatura unitaria (n 5), cuerpo y alma, alma y cuerpo en la unidad íntima de la persona única (n 8). Si se separan alma y cuerpo, y con ellos eros y ágape, “la esencia del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales de la existencia humana” (n 7)[1]. En realidad, concluye, “eros y ágape... nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general” (n 7).&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La fe bíblica asume el fenómeno humano del amor, porque asume a todo el hombre (n 8), purificando su búsqueda y abriéndolo a nuevas dimensiones. El propio amor de Dios a Israel es eros y, a la vez, totalmente ágape, amor apasionado, y amor gratuito y que perdona.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El amor del ser humano y su matrimonio es el icono más logrado de la relación de Dios con su pueblo, y medida del amor humano. &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Jesucristo hace realidad el amor de Dios en su forma más radical (n 12), hasta encarnarla en su persona y vida. A la vez, perpetúa su entrega de amor mediante la institución de la Eucaristía, que nos incorpora realmente a la dinámica de su entrega. Este sacramento implica una “mística” de abajamiento de Dios y de asociación del ser humano a su obra salvífica, pero con un sentido social, es decir, “quedo unido al Señor con todos los demás que comulgan”; los que comemos del mismo pan, somos un solo cuerpo (1Cor 10, 17). Todos los cristianos, a partir de la Eucaristía, somos un Nosotros. En ella, el amor de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros. Así, fe, culto y ethos componen una sola realidad.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Las parábolas aclaran y amplían el sentido cristiano de la “projimidad”, es decir, universal y concreta, aquí y ahora, hacia cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar, como fusión del amor a Dios y al prójimo, viendo y sintiendo al otro con los ojos y el corazón de Dios, de Jesucristo (n 18), y, por ende, haciéndolo desde el corazón y llegando a su corazón. Esta experiencia de proximidad total abre mis ojos a lo que Dios me está dando, “me hace sensible también ante Dios” (n 18), por encima de una relación sólo “correcta”, pero sin amor: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento... ambos vienen del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero” (n 18). La acogida de este amor de Dios, su profundidad y realismo, puede decirse, se corresponde con la hondura de nuestro amor o servicio a los demás.&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;SEGUNDA PARTE (nn 19-41): Cáritas, el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como “comunidad de amor”.&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La pregunta que la encíclica va a responder queda formulada así (n 1): ¿Cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo?&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pero, ¿tan importante es la caridad en la vida de la Iglesia? Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor, recibido y dado, que busca el bien integral del ser humano. Ese amor se expresa como servicio de caridad a los hombres en todas sus necesidades. Hablamos ya del amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, como tarea de cada fiel y de toda la comunidad eclesial (n 20), local, particular y universal. De ahí que la caridad necesite de una organización para un servicio comunitario ordenado. La Iglesia lo sabe y ha sido siempre consciente (Hch 2, 44-45) de que la tarea de la caridad tiene importancia constitutiva, es parte de la definición de la Iglesia ((Hch 2, 42; 4, 32-37). Por más que hayan cambiado las circunstancias históricas, ha permanecido la conciencia de que “en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa” (n 21). Es un principio eclesial fundamental (n 21), como se verifica en la aparición histórica del ministerio diaconal (Hch 6, 5-6).&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Con el paso del tiempo, el ejercicio de la caridad (n 22) se confirmó como uno de los tres ámbitos esenciales de la vida eclesial, “pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio” (n 22), dando lugar a estructuras jurídicas precisas, desde el siglo IV de nuestra era [2], hasta nuestros días.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Insistamos en esto, dice. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea (Anuncio, Liturgia y Diaconía). Son inseparables y se implican mutuamente (n 25): “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar en manos de otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia (n 25). &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Esto es válido en la Iglesia, “familia de Dios en el mundo”, y supera sus confines, hasta cualquiera que sea el necesitado, como lo muestra la parábola del Buen Samaritano; pero en la Iglesia, “familia”, es especialmente válido.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Caridad y Justicia&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tenía que surgir la pregunta por esta relación. Y, ¿cómo la resuelve? La caridad ha sido cuestionada, dice, no sin razón, como una realidad amenazada de manipulación cuando se presenta y realiza como sustitutivo de la justicia. Tiene su parte de verdad. La cuestión del orden social justo se plantea en la sociedad industrial de un modo nuevo. Es la relación justa entre capital y trabajo. La Iglesia lo percibió tarde, es cierto, pero ya en el siglo XIX nuevas Congregaciones Religiosas desarrollaron la acción caritativa de la Iglesia en la nueva situación. A la vez, desde 1891, la Iglesia ha desarrollado un magisterio social, la DSI, de valor cierto e irrenunciable. En la nueva situación, “a causa de la globalización de la economía” (n 18), la “doctrina social de la Iglesia” “propone” orientaciones válidas, más allá de sus confines, ofrecidas “al diálogo” con “todos” los que se preocupan en serio por el hombre y el mundo (n 27).&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Hoy, la relación intrínseca entre “el compromiso necesario por la justicia” y “el servicio de la caridad” (n 28), exige tener en cuenta dos hechos. Uno, la justicia tiene que regir la vida social y el Estado, pero su concreción en estructuras sociales y estatales es competencia de la política. La Iglesia, expresión social de la fe, y el Estado, encarnación institucional de la política, “son dos esferas distinta”; eso sí, “siempre en relación recíproca” (n 28). ¿Por qué esa relación? Veamos.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La política es un procedimiento para determinar “los ordenamientos públicos”, pero su objeto y su medida intrínseca es la justicia, que tiene naturaleza ética (n 28). El Estado, suprema encarnación institucional de la política, intentará realizar la justicia aquí y ahora, pero sabiendo que antes del “cómo”, hay otra pregunta más radical que dice así: “¿qué es la justicia?” (n 28). Atender a ambas dimensiones a la vez, cómo y qué, es una cuestión central que concierne, dice, “a la razón práctica”[3]. Esta “razón práctica”, es decir, la razón política relativamente autónoma (nn 28 y 29) está amenazada de ceguera por el interés y el poder. Y aquí, “política y fe se encuentran” (n 28), porque la fe es “una fuerza purificadora de la razón misma”, para que sea más ella misma; tal es el lugar o servicio de la “doctrina social católica”. Ésta no pretende la primacía de la Iglesia sobre el Estado, “tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento” (n 28), sino contribuir a la purificación de la razón y ayudar al reconocimiento y práctica de lo que es justo aquí y ahora.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La “doctrina social de la Iglesia” argumenta “desde la razón y el derecho natural”[4], pero no es tarea de la Iglesia hacer valer políticamente ella misma esta doctrina, sino servir a la formación de las conciencias en la vida política. La construcción de un orden social y estatal justo, “mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde”, es “un quehacer político; directamente”, tarea política, y, mediatamente, un quehacer humano primigenio, y por ello, moral, tarea de la Iglesia, “mediante la purificación de la razón y la formación ética”, que es su contribución específica (n 28).&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La empresa política de realizar la sociedad más justa posible no es inmediatamente tarea de la Iglesia, sino del Estado y de la sociedad, pero la Iglesia en ningún caso “debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (n 28). Se inserta en ella, debe hacerlo, por la “argumentación racional”[5] y “despertando fuerzas espirituales” que allanen el camino de la justicia. &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;Esto en cuanto a la Iglesia en su conjunto. Y ¿los laicos? Si el compromiso por la justicia en cuanto tarea política directa, es decir, estructuras justas en la sociedad y el Estado, es, sólo, mediatamente, competencia de la Iglesia, como hemos visto, “los laicos” sí lo tienen como un “deber inmediato” (n 29). Como ciudadanos del Estado que son, no pueden evitar la política en su concreción de instituciones y leyes, buscando su justa configuración, “respetando su legítima autonomía” (la de la política) y “cooperando con los otros ciudadanos” y “bajo su propia responsabilidad” (n 29), viviéndolo todo como expresión de su fe y, por tanto, como “caridad social” (n 29), pero, propiamente, no es la Iglesia en cuanto tal quien actúa en la política por ellos. Los laicos no son el largo brazo de la Iglesia en la política.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Y, ¿dónde queda entonces la caridad? “La caridad siempre será necesaria, incluso en la sociedad más justa” (n 28). Siempre habrá situaciones “humanas” que la requieran y, además, el Estado no puede asegurar lo esencial en la atención a los necesitados: “una entrañable atención personal” (n 28). Además, en cuanto a la solidaridad en la vida pública, el Estado debe regirse por el&amp;nbsp;&amp;nbsp;“el principio de subsidiaridad”, es decir, el que reclama dejar y aun facilitar la iniciativa a la sociedad en cuanto a la solidaridad. La Iglesia es “una de estas fuerzas vivas” creadoras de solidaridad (n 28) y pretende una ayuda integral, cuya negación sólo puede proceder del más craso materialismo.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Y en la vida de la Iglesia, ¿qué relación hay entre “el compromiso por el orden justo del Estado y la sociedad” y “la actividad caritativa organizada?&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ya conocemos lo dicho sobre los laicos y su presencia autónoma y propia en la política, y ahora nos sale al paso la cuestión de la caridad como obra de “las organizaciones caritativas de la Iglesia”. Ésta son “obra propia” de la Iglesia (n 29). Es decir, en ellas la Iglesia es “sujeto directamente responsable” y “actúa conforme a su naturaleza” de Iglesia de Jesucristo. Hablamos de esta “organización caritativa de la Iglesia” que, por cierto, no anula la acción caritativa individual.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El contexto de esta “organización caritativa de la Iglesia” es el de un mundo globalizado en muchos sentidos y, en particular, en el de las comunicaciones. Este fenómeno hace que el mundo sea más pequeño para conocer las necesidades y disponga, a la vez, de medios más abundantes y rápidos para la ayuda humanitaria. El mundo entero, además, tiende a constituir el horizonte de la acción solidaria. Y la sociedad civil entera, por su parte, aparece y es el sujeto, más que los individuos, de los modos actuales de la solidaridad nacional e internacional (n 30). En tal contexto, surgen formas nuevas de colaboración entre entidades estatales, civiles y eclesiales, un voluntariado social con diversas formas y para diversos servicios. Este fenómeno del voluntariado civil solidario se une al crecimiento de nuevas formas de actividad caritativa en las Iglesias, fecunda unión de caridad y evangelización. El ecumenismo de la caridad social cristiana es muy estimado por los católicos, pues todas las iglesias cristianas quieren la realización del ser humano conforme a su dignidad de imagen de Dios. Una voz común de los cristianos al respecto ha de ser muy eficaz.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;La actividad caritativa de la Iglesia, sin embargo, tiene un perfil característico. Con sus luces y sombras en la historia, es factor de gran peso en la evangelización. Es necesario, así, que no se diluya la caridad (y las Cáritas) en “una organización asistencial genérica” (n 31), una más. Hay rasgos, para evitarlo, que constituyen su esencia, la de la “caridad cristiana y eclesial”. &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Así, el primero, como en la Parábola del Buen Samaritano, la caridad es ante todo “respuesta a una necesidad inmediata, en una determinada situación”, hecha, “ya”, con profesionales competentes, técnicamente, pero, sobre todo, convertidos al amor de Dios y mediadores de esa experiencia.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En segundo lugar, “independiente de partidos e ideologías”, y, sobre todo, de la concepción marxista de la revolución y el progreso, la que decía que toda caridad inmediata y personal es alienante y justificación del statu quo y, al cabo, contrarrevolucionaria. No hay que temer una caridad inmediata y urgente(n 31)[6].&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En tercer lugar, la caridad no ha de ser un medio con función proselitista (n 31). Es amor gratuito, no intenta imponer la fe; pero tampoco calla. La caridad como testimonio ya habla por sí misma de Dios, pero el cristiano sabe “cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor” (n 31). Todos en la Iglesia, las organizaciones caritativas en especial, tienen este cometido de reforzar la conciencia creyente de sus miembros, para ser testigos creíbles de Cristo, ora de palabra, ora con su silencio, siempre con su ejemplo.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Quiénes son responsables de la acción caritativa de la Iglesia? El sujeto de las organizaciones de caridad de la Iglesia es la Iglesia misma, y lo es en todos sus niveles de expresión. En particular, los Obispos tienen la primera responsabilidad en las Iglesias Particulares de cumplir, hoy, el Programa de Hechos de los Apóstoles (2, 42-44) (n 32). La Iglesia, familia de Dios (en el mundo), tiene que ser hoy ejemplo de ayuda, dentro, y hacia fuera. El ejercicio de la caridad, no lo olvidemos, es “una actividad de la Iglesia como tal” (n 32), y “forma parte esencial de su misión originaria, al igual que el servicio de la Palabra y los Sacramentos” (n 32).&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los colaboradores que en la práctica hacen este servicio de la caridad en la Iglesia, no han de interpretar la acción caritativa desde una ideología, sino desde la fe que actúa por amor (n 33). Estos colaboradores han de ser prontos a sintonizar con otras organizaciones de solidaridad, respetando la “fisonomía” específica del servicio de caridad (1 Cor 13), como amor por el hombre, alimentado en Cristo. Darse como persona, par no humillar al ayudado, darse como un don de amor, desde la humildad, “abajándose”, sin mérito propio, como instrumento de la “gracia”, instrumento en manos del Señor, confiando en Él[7]. ¡Cuidado!, les tentará la ideología revolucionaria, la que quiere todo y ya (¿el marxismo?) y su contraria, la inercia del nada se puede hacer (“¿el neoliberalismo hecho dogma?). Ni soberbia ni resignación. La oración tiene aquí un lugar vital, como fuente inagotable de eficacia, frente al activismo y el secularismo (n 37). Rezamos no para corregir los planes de Dios (¿oración de petición?), sino para encontrarnos con Dios, cobrar esperanza y sentir su gracia. Pasaremos por dificultades de confianza, al no entender el mal en el mundo, el motivo del silencio y aparente ausencia de Dios (JOB); llegaremos al grito de Jesús en la cruz (Mt 27, 46). “Nuestra protesta” (n 38), “no quiere desafiar a Dios”, sino afirmar nuestra fe en su bondad radical y última, incluso “aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros” (n 38). En fin, “vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica” (n 39).&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Conclusión. Para concluir, una mirada a los Santos, es decir, “a quienes han ejercido de manera ejemplar la caridad, y, entre los Santos, sobresale María, espejo de toda santidad (n 41). En los Santos es claro “que, quien va a Dios, no se aleja de los hombres” (n 42); a ella confiamos la Iglesia, “su misión al servicio del amor”. &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;(Guía de lectura, por José Ignacio Calleja, de la&amp;nbsp;&amp;nbsp;Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz)&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Courier New;font-size:85%;"&gt;--------------------------------------------------------------------------------&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;[1] Parece estar hablando de la Ley de la Encarnación en la Historia de la Salvación, sin citarla.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;[2] Cfr., datos históricos en nn 23-24.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;[3] El uso de este concepto “razón práctica” no lo veo claro en la Encíclica. Quiero creer que se reconoce la política como realidad autónoma, relativamente desde luego,&amp;nbsp;&amp;nbsp;que dispone de recursos morales propios antes de su encuentro con la moral de la fe religiosa. Pienso en la política laica inspirada en los derechos humanos. El texto, sin embargo, no deja claro cómo se purifica la razón política no sólo por la fe, sino también por recursos propios de la razón. Hago, por ello, la interpretación más conforme con la democracia laica.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;[4] Llama la atención esta referencia a la argumentación de la doctrina social de la Iglesia, “desde la razón y el derecho natural”, sin añadir expresamente “a la luz de la fe”. Precisamente, la doctrina social de la Iglesia en Juan Pablo II venía reclamando su estatuto de teología moral social, lo cual requiere siempre, entre sus fuentes de argumentación, la Revelación. Si argumenta sólo desde “la razón y el derecho natural”, estamos ante un conocimiento filosófico con hondas raíces en la historia del cristianismo, una especie de “filosofía social cristiana” o, con más pretensión, de “ética social cristiana” que tiene que aclarar su relación con la ética social de los derechos humanos o, en otro lenguaje, la moral civil de las democracias en cuanto tal.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;[5] Entiendo, ahora sí, que apela a la aportación ética de la Iglesia, hecha en términos de razón moral natural. Y, de nuevo, la duda de si la razón política es capaz de tener acceso propio a la razón moral natural. &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;[6] Llama la atención aquí la falta de un comentario sobre la denuncia política que debe acompañar, a mi juicio, a toda acción caritativa por más concreta y urgente que sea. En realidad, toda la Encíclica, genial en tantos aspectos, padece el olvido de los condicionamientos y consecuencias políticas de la caridad, más allá de las mejores intenciones de los cristianos. Una crítica más severa de la gestión neoliberal de la globalización, un aprecio más nítido del significado cristiano del cambio de estructuras y el reconocimiento de que nadie se libra enteramente de alguna ideología, hubiera enriquecido mucho esta teología y pastoral de la caridad. &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt;[7] Notemos aquí una “espiritualidad o mística” del voluntariado de la caridad eclesial, muy digna de ser profundizada.&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="font-family:Arial Narrow;font-size:85%;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16112820-113953431835534912?l=doctrinasocialiglesia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/feeds/113953431835534912/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=16112820&amp;postID=113953431835534912&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/113953431835534912'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/113953431835534912'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/2006/02/gua-de-lectura-de-la-deus-caritas-est.html' title='Gua de lectura de la Deus Caritas Est'/><author><name>Leopoldo Quezada Ruz</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10133471371900014417</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/_qY4Yc2xPHNk/SY4wnBgoWFI/AAAAAAAAFK4/9f8GNWgCGew/S220/Lqr1.JPG'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-16112820.post-112977271055679476</id><published>2005-10-19T22:42:00.000-03:00</published><updated>2005-10-19T22:45:10.573-03:00</updated><title type='text'>El sentido de tu vida</title><content type='html'>¿Te has preguntado alguna vez cuál es el sentido de tu vida?, o ¿cuál es el rumbo de tu existencia?.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas veces cuanto se hace esta interrogante, bajo la variante de qué pretendes en la vida o qué pretendes ser, la  respuesta que se da es habitualmente “ser profesional”, o tal vez técnico, o tener tales y cuales bienes que te aseguren cierta comodidad o desarrollo personal. Generalmente la respuesta  no es ser feliz, pero ¿hay acaso algo que no desee más el ser humano, lo declare o no?.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El problema, si hemos de llamarlo así, es cómo. Para algunos el éxito personal o económico puede ser el camino a la felicidad, pero la experiencia  y de alguna manera la sabiduría popular nos comprueba que si bien puede ayudar, no dará la felicidad. Entonces, ¿cómo se obtiene? Una respuesta simple, tal vez demasiado simple, pero no por ello menos verdadera es amando, sirviendo. No debes olvidar que Jesucristo señala que “quien entrega su vida, la encontrará”.&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;En las últimas Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa Benedicto XVI tomando el modelo de los Reyes magos que siguen una estrella, pues les indica que algo importante pasará  y que no pueden perderse aquel suceso maravilloso, toman “camas y petacas”. Tal vez vendieron cuanto tenían por un tesoro mayor (incluso que el de Juan Fernández) y aunque probablemente “otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo” hace falta ponerse en camino. El Papa nos recordaba que los Reyes magos debieron modificar sus expectativas originales y aprender que “su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos.” Ya no buscan el nuevo Rey en los palacios, sino que deben buscar en un humilde pesebre. El sucesor de Pedro nos dijo que “habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración… La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de la justicia y del bien en el mundo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas veces cuando hablamos de “una acción política inspirada en los valores cristianos” parece ser algo vago, difuminado y probablemente insuficiente. Por ello mismo se requiere de orientaciones más específicas, una clara diferenciación entre el bien y el mal y contar con modelos que  nos indiquen el camino. “Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. Ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar – tal vez en el dolor – la palabra de Dios al terminar la obra de la creación: ‘Y era muy bueno”… “Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo”. (Benedicto XVI: Homilía en la vigilia con los jóvenes. Colonia 2005). El Papa nos ha invitado –asimismo- a fortalecernos en la lectura de las Sagradas Escrituras, guiados por el Espíritu Santo. Aun así nos recuerda que “obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chile tiene en este mes la alegría de contar con un nuevo Santo, no obstante su fama de santidad en vida, el Padre Alberto Hurtado, Apóstol de los pobres. Sería importante releer sus escritos y reflexiones. En una de estas, hecha en un barco que lo traía de vuelta a la Patria, escribía “Cuántos van sin rumbo y pierden sus vidas... las gastan miserablemente, las dilapidan sin sentido alguno, sin bien para nadie, sin alegría para ellos y al cabo de algún tiempo sienten la tragedia de vivir sin sentido. Algunos toman rumbo a tiempo, otros naufragan en alta mar, o mueren por falta de víveres, extraviados, ¡o van a estrellarse en una costa solitaria!”&lt;br /&gt;Quiera Dios que los destinos de nuestras vidas no se funden en la búsqueda de la propia felicidad, sino en la felicidad de los demás, en el servicio de los pequeños, y que así como los Reyes magos tomemos rumbo a la búsqueda del bien y de lo justo, que te aseguro no estará en los grandes palacios, sino entre los sencillos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leopoldo Quezada&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.doctrinasocial.org/"&gt;www.doctrinasocial.org&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16112820-112977271055679476?l=doctrinasocialiglesia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/feeds/112977271055679476/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=16112820&amp;postID=112977271055679476&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/112977271055679476'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/112977271055679476'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/2005/10/el-sentido-de-tu-vida.html' title='El sentido de tu vida'/><author><name>Leopoldo Quezada Ruz</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10133471371900014417</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/_qY4Yc2xPHNk/SY4wnBgoWFI/AAAAAAAAFK4/9f8GNWgCGew/S220/Lqr1.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-16112820.post-112675082093549205</id><published>2005-09-14T22:18:00.000-04:00</published><updated>2005-09-14T22:40:36.300-04:00</updated><title type='text'>Participación: una visión Humanista Cristiana</title><content type='html'>Un filósofo griego planteaba que el hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, ¿qué es participar? Busqué en el Diccionario y encontré que participar es “tomar o tener parte en algo”, así como en una sociedad o negocio. Una definición más satisfactoria, a mi juicio, es la que propone un texto de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, que señala que “Participar es tomar parte activa en algo común, intervenir, colaborar en algo que es obra conjunta de varios”. Participar, entonces, implica necesariamente dos componentes: uno de carácter subjetivo “yo me siento parte de algo”; y el segundo tiene que ver con una mirada desde la propiedad: “esto es mío, me pertenece”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando reflexionamos sobre la crisis de participación se dan estos dos elementos. Muchos, particularmente los jóvenes y los sectores marginados, no sienten que el país, la comuna, o el barrio, les pertenecen, menos la historia. Se sienten “al margen”. Consideran que su presencia, su voto o su opinión no valen y que no “cambiará nada”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el Magisterio de la Iglesia hay un cuerpo de conceptos claves al respecto, y que nos hacen entender a la participación en forma integral. En primer lugar, la naturaleza social del hombre. En efecto, ya en el Génesis, Dios mismo tras crear al hombre señala que “No es bueno que el hombre esté solo”. Resulta obvio que nuestra especie no pudo subsistir sino unido a otros, de otra forma se hubiese extinguido hace mucho rato. Es evidente que tuvo que unir esfuerzos junto a otros para sobrevivir. Al mismo tiempo, cabe destacar otro elemento clave de la naturaleza humana, que es producto de haber sido creado “a imagen de Dios”, su dignidad, y por tanto portador de derechos que tienden a su perfeccionamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, uno de ellos es la participación, en cuanto es una aspiración y una necesidad de la persona humana, que debe ser respetada, permitida y perfeccionada, en cuanto representa, en último término, la realización y perfección de cada ser humano. Debemos señalar que la participa¬ción es un derecho y un deber que para un cristiano debe estar inspirada por la fe y la ética cristiana. La ética cristiana nos obliga a ejercer nuestras responsabilidades, grandes o pequeñas, con la mejor información posible y con la intención de favorecer el bien común integral de los conciudadanos. Por otra parte, a los que ejercen las decisiones políticas les obliga a tener siempre como objetivo de sus decisiones el bien común, librándose de la tentación de utilizar los recursos del poder o de la autoridad para favorecer intereses particulares y privados, ya sean personales o partidistas. Solamente la ordenación al bien común legitima el ejercicio de la autoridad tanto en el orden legislativo como en el ejecutivo o en el judicial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La participación es un derecho y un deber que debe ejercitarse de manera res¬ponsable, es decir, con la más alta prepara¬ción técnica, profesional, científica y cultural (Pacem in Terris 147-148). En este sentido, participación se entiende como “el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales” (Catecismo 1913), así como, la serie de “actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece” (Compendio DSI 189). Se hace necesario, por tanto, que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, promoviendo el bien común. Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. Es consustancial a su dignidad, el derecho a tomar parte activa en la vida pública y contribuir al bien común. Tal como lo señalaba Pío XII “el hombre, como tal, lejos de ser objeto y elemento puramente pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y permanecer su sujeto, fundamento y fin” (Radio mensaje 1944). Pero la participación no puede ser limitada a un contenido particular de la vida social, sino que tiene un carácter integral, tal como hemos señalado. Este principio no sólo está asociado a la llamada participación social o comunitaria, sino también en la participación económica, es decir, de los trabajadores en la gestión y en las utilidades de las empresas, y de quienes menos poseen, individuos o países, condición necesaria para la justicia social, condición ligada al bien común y al ejercicio de una autoridad que reconoce y promueve los derechos de la persona. Tal como lo señalaba Mater et Magistra “consideramos que es legítima en los obreros la aspiración a participar activamente en la vida de las empresas, en las que están incorporadas y trabajan. No es posible prefijar los modos y grados de tal participación, pues se hallan en relación con la situación concreta que cada empresa presente; situación, que puede variar de una empresa a otra, y que en lo interior de cada empresa está sujeta a cambios, a menudo rápidos y fundamentales. Creemos, sin embargo, oportuno llamar la atención sobre el hecho de que el problema de la presencia activa de los obreros existe siempre, sea pública o privada la empresa; y, en cada caso, se debe tender a que la empresa llegue a ser una verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente en las relaciones, funciones y deberes de cada uno de sus individuos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parece confirmado por la experiencia que el desarrollo económico está cada vez más condicionado por el hecho de que sean valoradas las personas y sus capacidades, que se promueva la participación, se cultiven más y mejor los conocimientos y las informaciones y se incremente la solidaridad (Juan Pablo II Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8 de diciembre de 2000).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, este principio de Justicia Social que se origina ya desde los primeros versículos de la Biblia y que la Doctrina Social de la Iglesia ha destacado a partir de sus primeros documentos se basa -entre otros- en el Destino Universal de los Bienes. El Catecismo, al respecto, señala “Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tenga cuidado de ellos, los domine mediante su trabajo y se beneficie de sus frutos (cf Gn 1,26–29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia” (Catecismo 2402). El Magisterio de la Iglesia, al respecto ha señalado desde hace mucho tiempo sobre la propiedad, que, si bien, la apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo (Cat. 2402), existe sobre ella una “hipoteca social” (Enc. Sollicitudo rei sociales 42), es decir que, la tradición cristiana no acepta el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable, al contrario siempre ha expresado que la propiedad privada es “en su esencia, sólo un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes, y por lo tanto, en último análisis, un medio y no un fin” (Compendio DSI 177), y por tanto sujeta a un fin social, cual es el bien común, vale decir, “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Comp. DSI 164).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hemos hecho mención la participación como “actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece”. De ello se deducen un par de temáticas que analizaremos. En primer lugar, la participación política.&lt;br /&gt;Al respecto, la participación política es perfectamente conforme con la naturaleza humana. Las es¬tructuras jurídico-políticas deben ofrecer a to¬das las personas el derecho y el deber de par¬ticipar en el diseño de la comunidad política, el gobierno, las instituciones, las elecciones de los gobernantes (Gaudium et Spes, Nº 75). La participación política implica hacerse parte de las decisiones y responsa¬bilidades consiguientes. Las decisiones son im¬portantes para todos, porque condicionan la vida, no sólo la de hoy sino la de mañana tam¬bién, y no es entonces justo desconocer la le¬gítima aspiración de los seres humanos a par¬ticipar, con responsabilidad y conocimiento, en esas decisiones (Oct. Adv., N° 47; Conf. Episc., francesa, 30-10-72; Mater et Magistra, p. 144). El problema es que, tal como lo decía Jacques Maritain hace más de medio siglo "La tragedia de las democracias modernas consiste en que ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia". A ello se añade “el escándalo de las irritantes disparidades no sólo en el goce de los bienes, sino, aún más, en el ejercicio del poder. Mientras en algunas regiones una oligarquía goza con una refinada civilización, el resto de la población, pobre y dispersa, se halla "casi privada de toda iniciativa y de toda responsabilidad propias, por vivir frecuentemente en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana” (Populorum Progressio, 9).&lt;br /&gt;El orden político democrático reconoce y respeta la participación política, sino pierde su sentido y se agota. La historia de la democra¬cia, en este aspecto, es la historia del reconocimiento, ampliación y perfeccionamiento de la participación política libre e igualitaria.&lt;br /&gt;De esta forma, los me¬canismos de participación en el régimen polí¬tico democrático están íntimamente ligados a otros aspectos de la democracia, como el reconocimiento y respeto de los derechos fun¬damentales de la persona humana, el princi¬pio del consentimiento voluntario, la respon¬sabilidad de los gobernantes ante los goberna¬dos y el principio de que la mayoría manda y se respetan las minorías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Papa Benedicto XVI recientemente ha señalado que “el ejercicio de una verdadera democracia” que, “por la participación del pueblo, lleva a cabo el gobierno de una nación cuando se inspira en los valores supremos e inmutables y hace posible que el acervo cultural de las personas y el progresivo desarrollo de la sociedad responda a las exigencias de la dignidad humana”. Según el obispo de Roma “la paz es el primero y sumo bien de una sociedad; supone la justicia, la libertad, el orden y hace posible todo otro bien de la vida humana”. Citando a Juan Pablo II, ha advertido asimismo que “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia, puesto que, sin una verdad última que guíe y oriente la acción política, las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder” (Discurso al embajador de Paraguay, 2005).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, el desafío de un modelo de desarrollo que pretenda armonizar lo económico, lo social y lo ambiental requiere de estructuras de gobierno aptas para abordar esta complejidad, a la vez que una activa participación ciudadana en las cuestiones públicas. La participación de la sociedad civil en las decisiones sobre el desarrollo es fundamental para lograr soluciones duraderas y viables. La vida democrática moderna requiere de un rol cada vez más activo de la población. La idea de que los gobernados sólo actúan cuando se trata de elegir y luego, valga la redundancia, son gobernados por otros sin que exista posibilidad alguna de interactuar con los gobernantes, ha quedado agotada. Ahora, al concepto de democracia representativa se le agrega la calificación de participativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este sentido, además, tal como lo señaló Juan Pablo II, y lo reafirma Benedicto XVI, la democracia necesita de la virtud, si no quiere ir contra todo lo que pretende defender y estimular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie puede restarse de la construcción del bien común, es más, nadie puede afirmar como Caín: “No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?” (Gen. 4,9). Cada uno está llamado a “colaborar, según las propias capacidades en su consecución y desarrollo” (Comp. DSI 167). Los cristianos no pueden desentenderse de la participación en la política como un medio inevitable de ejercer la caridad con el prójimo. “El criterio básico de la participación de los cristianos en la vida política ha de ser siempre la consecución del bien común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre”. (Simposio De Doctrina Social De La Iglesia en el 40º Aniversario de Pacem in Terris, Conferencia episcopal española, 2003).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como la construcción del bien común es una tarea de todos y cada uno, cabe referirnos al principio de subsidiaridad, que implica que "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común" (CA 48; Pío XI, enc. "Quadragesimo anno"). La subsidiaridad estatal comprende en relación con los cuerpos intermedios, una doble función: Negativa: aquello que los individuos particulares pueden hacer por sí mismos y con sus propias fuerzas, no se les debe quitar y entregar a la comunidad, es decir que ni a las agrupaciones superiores ni al Estado les compete absorber o destruir la actividad de las inferiores, y Positiva: las autoridades en virtud de este principio deben tender a favorecer y a auxiliar, así como también a fomentar, estimular, ordenar, fiscalizar, suplir y completar a los cuerpos intermedios, como la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales (los municipios en nuestro caso), “en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social” (Comp. DSI 185). Esta "socialización" expresa así la tendencia natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos (cf GS 25,2; CA 12).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería fácil mirar para el lado o responder cínicamente como Caín a la invitación a participar, a construir el bien común, pero de manera alguna puede afirmarse que no estamos convocados a trabajar junto con otros para construir una sociedad más justa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Padre Hurtado en una de sus más hermosas reflexiones criticaba la pusilanimidad, de quien cree que no vale nada, o que su esfuerzo no tiene ninguna relevancia. El mismo Jesús, que todo lo puede, ante las multitudes hambrientas les dice a sus discípulos (que sólo tenían un par de peces machucados y cinco panes duros) “denles de comer” (Mt. 14, 13-21) haciéndolos responsables, pese a sus pobres recursos, del bienestar de otros, y estos pocos panes y peces en sus manos alimentan a millares. Esa modesta contribución deja satisfecho a una multitud. ¡Qué emoción le hubiese producido ver a ese joven deteniendo los tanques en Tiananmen, como diciendo “yo puedo cambiar la historia”!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mensaje de Cristo una y otra vez convoca al amor. Miente quien dice llamarse cristiano, o que ama a Dios y no ama a su hermano. Miente, quien no enfrenta al mal cuerpo a cuerpo. Miente, quien no tiene un gesto heroico con sus semejantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Participar no es sólo un derecho, sino más aun, se nos ha dicho que nos juzgará por cuanto bien hicimos, así como por cuanto bien dejamos de hacer. “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Lo que sembramos hoy, lo cosecharemos mañana.&lt;br /&gt;Como Maritain destaca insistentemente en su obra, más que perfección, lo que necesitamos para construir una sociedad mejor es, sobre todo, “heroísmo”. La única garantía de que lleguemos a alguna parte (si es que se puede hablar de "garantías" en esto), está en el compromiso, en la entrega y en la lucha de cada uno de nosotros para poner en acción día a día estos principios conforme, sin duda, a las limitaciones de cada cual, pero también al esfuerzo que pongamos en ser mejores de lo que somos al tratar de estar a la altura de ese desafío (Cristianismo y democracia según Jacques Maritain, Angel Correa).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decía el Padre Hurtado que, “uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer”, o acaso, ¿estás dispuesto a vivir, como pocos, con heroísmo y pararte delante del mal ya sea un tanque o la opresión, y preguntarte, qué haría Cristo en mi lugar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leopoldo Quezada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/6087/513/1600/yo11.JPG"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 135px; CURSOR: hand; HEIGHT: 114px" height="84" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/6087/513/200/yo11.JPG" width="118" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16112820-112675082093549205?l=doctrinasocialiglesia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/feeds/112675082093549205/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=16112820&amp;postID=112675082093549205&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/112675082093549205'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/112675082093549205'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/2005/09/participacin-una-visin-humanista.html' title='Participación: una visión Humanista Cristiana'/><author><name>Leopoldo Quezada Ruz</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10133471371900014417</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/_qY4Yc2xPHNk/SY4wnBgoWFI/AAAAAAAAFK4/9f8GNWgCGew/S220/Lqr1.JPG'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-16112820.post-112554122540274963</id><published>2005-08-31T22:14:00.000-04:00</published><updated>2005-09-03T09:01:07.316-04:00</updated><title type='text'>Bienvenidos al Blog del grupo Doctrina social de la Iglesia</title><content type='html'>&lt;a href="http://www.doctrinasocial.org"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/6087/513/320/tarjeta2.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Este Blog está orientado a difundir la Doctrina Social de la Iglesia, y las filosofías y experiencias prácticas concordantes con el Magisterio Social como el Humanismo Cristiano, el Personalismo Cristiano, la Economía de Comunión y otras similares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queremos invitarte a conocer directamente el grupo Doctrina Social en &lt;a href="http://www.doctrinasocial.org"&gt;www.doctrinasocial.org&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16112820-112554122540274963?l=doctrinasocialiglesia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/feeds/112554122540274963/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=16112820&amp;postID=112554122540274963&amp;isPopup=true' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/112554122540274963'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/16112820/posts/default/112554122540274963'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://doctrinasocialiglesia.blogspot.com/2005/08/bienvenidos-al-blog-del-grupo-doctrina.html' title='Bienvenidos al Blog del grupo Doctrina social de la Iglesia'/><author><name>Leopoldo Quezada Ruz</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10133471371900014417</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='30' src='http://1.bp.blogspot.com/_qY4Yc2xPHNk/SY4wnBgoWFI/AAAAAAAAFK4/9f8GNWgCGew/S220/Lqr1.JPG'/></author><thr:total>3</thr:total></entry></feed>
