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jueves, febrero 09, 2006
Gua de lectura de la Deus Caritas Est
Guía de lectura de la “DEUS CARITAS EST”
http://www.revistaecclesia.com
Escrito por José Ignacio Calleja,de la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz
Dios es Amor, y la fe, un encuentro con Él y con su don, que provoca en nosotros la necesidad de darnos a los necesitados.
Dios es amor y nuestro amor, antes que un mandamiento o ley, es una respuesta a ese don del amor de Dios, experimentado por cada uno y todos juntos. Sin esta experiencia de encuentro con una Persona, Cristo, con el acontecimiento de su Persona y de su Vida, con una Persona como Amor que se nos da, no hay camino cristiano, no hay respuesta cristiana, aunque haya “cumplimiento legal. Ser cristiano es, así, comunicar el amor que se nos da, el que nos colma gratuitamente, y como tal nos desborda (n 1). Dios nos colma de su amor y de este “antes” pende y debe nacer en nosotros el amor como respuesta (n 17).
PRIMERA PARTE (nn 1-18): La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación.
Hay una relación intrínseca entre la realidad del amor humano y el amor gratuito de Dios. El fenómeno humano del amor está, ahí, como una realidad central en nuestras vidas. Sus diversas manifestaciones, visibles ya en los distintos usos de la palabra “amor”, se unifican siempre en una relación inseparable de eros y ágape. Estos dos conceptos no son antagónicos, ni el cristianismo los ha hecho tales. Ambos se refieren a dos dimensiones presentes, con acento mayor de una u otra, en todos los significados del concepto amor y, por supuesto, en la asunción cristiana de la realidad humana del amor. Eros representa aquella dimensión del amor caracterizada por la pasión espontánea, posesiva, irrefrenable, enamorada, ensimismada, fascinada por la promesa de felicidad (n 7). Es connatural con nosotros, nos pertenece, pero vivida de forma “ebria y ensimismada”, está condenada al exceso, a la desviación destructiva, a una divinización que la deshumaniza (n 4). Ágape, por su parte, representa aquella dimensión del amor caracterizada por el reconocimiento y respeto del otro, por la entrega y preocupación por el otro, por el bien del amado; conlleva, por tanto, la alegría de la donación, la renuncia, la entrega, la generosidad y hasta el sacrificio. El ágape, momento o dimensión, se inserta en el eros inicial, para, así, nos desvirtuarse y perder su propia naturaleza. Dar y recibir, amar y ser amado. Y en el inicio de todo, ser amado por Dios. Somos eros que busca a Dios y ágape que transmite el don recibido.
En la relación de ambas dimensiones, con su peculiar proporción en cada clase de amor, el amor sale purificado y acomodado a la condición integral del ser humano (n 8), la de una criatura unitaria (n 5), cuerpo y alma, alma y cuerpo en la unidad íntima de la persona única (n 8). Si se separan alma y cuerpo, y con ellos eros y ágape, “la esencia del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales de la existencia humana” (n 7)[1]. En realidad, concluye, “eros y ágape... nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general” (n 7).
La fe bíblica asume el fenómeno humano del amor, porque asume a todo el hombre (n 8), purificando su búsqueda y abriéndolo a nuevas dimensiones. El propio amor de Dios a Israel es eros y, a la vez, totalmente ágape, amor apasionado, y amor gratuito y que perdona.
El amor del ser humano y su matrimonio es el icono más logrado de la relación de Dios con su pueblo, y medida del amor humano.
Jesucristo hace realidad el amor de Dios en su forma más radical (n 12), hasta encarnarla en su persona y vida. A la vez, perpetúa su entrega de amor mediante la institución de la Eucaristía, que nos incorpora realmente a la dinámica de su entrega. Este sacramento implica una “mística” de abajamiento de Dios y de asociación del ser humano a su obra salvífica, pero con un sentido social, es decir, “quedo unido al Señor con todos los demás que comulgan”; los que comemos del mismo pan, somos un solo cuerpo (1Cor 10, 17). Todos los cristianos, a partir de la Eucaristía, somos un Nosotros. En ella, el amor de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros. Así, fe, culto y ethos componen una sola realidad.
Las parábolas aclaran y amplían el sentido cristiano de la “projimidad”, es decir, universal y concreta, aquí y ahora, hacia cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar, como fusión del amor a Dios y al prójimo, viendo y sintiendo al otro con los ojos y el corazón de Dios, de Jesucristo (n 18), y, por ende, haciéndolo desde el corazón y llegando a su corazón. Esta experiencia de proximidad total abre mis ojos a lo que Dios me está dando, “me hace sensible también ante Dios” (n 18), por encima de una relación sólo “correcta”, pero sin amor: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento... ambos vienen del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero” (n 18). La acogida de este amor de Dios, su profundidad y realismo, puede decirse, se corresponde con la hondura de nuestro amor o servicio a los demás.
SEGUNDA PARTE (nn 19-41): Cáritas, el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como “comunidad de amor”.
La pregunta que la encíclica va a responder queda formulada así (n 1): ¿Cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo?
Pero, ¿tan importante es la caridad en la vida de la Iglesia? Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor, recibido y dado, que busca el bien integral del ser humano. Ese amor se expresa como servicio de caridad a los hombres en todas sus necesidades. Hablamos ya del amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, como tarea de cada fiel y de toda la comunidad eclesial (n 20), local, particular y universal. De ahí que la caridad necesite de una organización para un servicio comunitario ordenado. La Iglesia lo sabe y ha sido siempre consciente (Hch 2, 44-45) de que la tarea de la caridad tiene importancia constitutiva, es parte de la definición de la Iglesia ((Hch 2, 42; 4, 32-37). Por más que hayan cambiado las circunstancias históricas, ha permanecido la conciencia de que “en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa” (n 21). Es un principio eclesial fundamental (n 21), como se verifica en la aparición histórica del ministerio diaconal (Hch 6, 5-6).
Con el paso del tiempo, el ejercicio de la caridad (n 22) se confirmó como uno de los tres ámbitos esenciales de la vida eclesial, “pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio” (n 22), dando lugar a estructuras jurídicas precisas, desde el siglo IV de nuestra era [2], hasta nuestros días.
Insistamos en esto, dice. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea (Anuncio, Liturgia y Diaconía). Son inseparables y se implican mutuamente (n 25): “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar en manos de otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia (n 25).
Esto es válido en la Iglesia, “familia de Dios en el mundo”, y supera sus confines, hasta cualquiera que sea el necesitado, como lo muestra la parábola del Buen Samaritano; pero en la Iglesia, “familia”, es especialmente válido.
Caridad y Justicia
Tenía que surgir la pregunta por esta relación. Y, ¿cómo la resuelve? La caridad ha sido cuestionada, dice, no sin razón, como una realidad amenazada de manipulación cuando se presenta y realiza como sustitutivo de la justicia. Tiene su parte de verdad. La cuestión del orden social justo se plantea en la sociedad industrial de un modo nuevo. Es la relación justa entre capital y trabajo. La Iglesia lo percibió tarde, es cierto, pero ya en el siglo XIX nuevas Congregaciones Religiosas desarrollaron la acción caritativa de la Iglesia en la nueva situación. A la vez, desde 1891, la Iglesia ha desarrollado un magisterio social, la DSI, de valor cierto e irrenunciable. En la nueva situación, “a causa de la globalización de la economía” (n 18), la “doctrina social de la Iglesia” “propone” orientaciones válidas, más allá de sus confines, ofrecidas “al diálogo” con “todos” los que se preocupan en serio por el hombre y el mundo (n 27).
Hoy, la relación intrínseca entre “el compromiso necesario por la justicia” y “el servicio de la caridad” (n 28), exige tener en cuenta dos hechos. Uno, la justicia tiene que regir la vida social y el Estado, pero su concreción en estructuras sociales y estatales es competencia de la política. La Iglesia, expresión social de la fe, y el Estado, encarnación institucional de la política, “son dos esferas distinta”; eso sí, “siempre en relación recíproca” (n 28). ¿Por qué esa relación? Veamos.
La política es un procedimiento para determinar “los ordenamientos públicos”, pero su objeto y su medida intrínseca es la justicia, que tiene naturaleza ética (n 28). El Estado, suprema encarnación institucional de la política, intentará realizar la justicia aquí y ahora, pero sabiendo que antes del “cómo”, hay otra pregunta más radical que dice así: “¿qué es la justicia?” (n 28). Atender a ambas dimensiones a la vez, cómo y qué, es una cuestión central que concierne, dice, “a la razón práctica”[3]. Esta “razón práctica”, es decir, la razón política relativamente autónoma (nn 28 y 29) está amenazada de ceguera por el interés y el poder. Y aquí, “política y fe se encuentran” (n 28), porque la fe es “una fuerza purificadora de la razón misma”, para que sea más ella misma; tal es el lugar o servicio de la “doctrina social católica”. Ésta no pretende la primacía de la Iglesia sobre el Estado, “tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento” (n 28), sino contribuir a la purificación de la razón y ayudar al reconocimiento y práctica de lo que es justo aquí y ahora.
La “doctrina social de la Iglesia” argumenta “desde la razón y el derecho natural”[4], pero no es tarea de la Iglesia hacer valer políticamente ella misma esta doctrina, sino servir a la formación de las conciencias en la vida política. La construcción de un orden social y estatal justo, “mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde”, es “un quehacer político; directamente”, tarea política, y, mediatamente, un quehacer humano primigenio, y por ello, moral, tarea de la Iglesia, “mediante la purificación de la razón y la formación ética”, que es su contribución específica (n 28).
La empresa política de realizar la sociedad más justa posible no es inmediatamente tarea de la Iglesia, sino del Estado y de la sociedad, pero la Iglesia en ningún caso “debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (n 28). Se inserta en ella, debe hacerlo, por la “argumentación racional”[5] y “despertando fuerzas espirituales” que allanen el camino de la justicia.
Esto en cuanto a la Iglesia en su conjunto. Y ¿los laicos? Si el compromiso por la justicia en cuanto tarea política directa, es decir, estructuras justas en la sociedad y el Estado, es, sólo, mediatamente, competencia de la Iglesia, como hemos visto, “los laicos” sí lo tienen como un “deber inmediato” (n 29). Como ciudadanos del Estado que son, no pueden evitar la política en su concreción de instituciones y leyes, buscando su justa configuración, “respetando su legítima autonomía” (la de la política) y “cooperando con los otros ciudadanos” y “bajo su propia responsabilidad” (n 29), viviéndolo todo como expresión de su fe y, por tanto, como “caridad social” (n 29), pero, propiamente, no es la Iglesia en cuanto tal quien actúa en la política por ellos. Los laicos no son el largo brazo de la Iglesia en la política.
Y, ¿dónde queda entonces la caridad? “La caridad siempre será necesaria, incluso en la sociedad más justa” (n 28). Siempre habrá situaciones “humanas” que la requieran y, además, el Estado no puede asegurar lo esencial en la atención a los necesitados: “una entrañable atención personal” (n 28). Además, en cuanto a la solidaridad en la vida pública, el Estado debe regirse por el “el principio de subsidiaridad”, es decir, el que reclama dejar y aun facilitar la iniciativa a la sociedad en cuanto a la solidaridad. La Iglesia es “una de estas fuerzas vivas” creadoras de solidaridad (n 28) y pretende una ayuda integral, cuya negación sólo puede proceder del más craso materialismo.
Y en la vida de la Iglesia, ¿qué relación hay entre “el compromiso por el orden justo del Estado y la sociedad” y “la actividad caritativa organizada?
Ya conocemos lo dicho sobre los laicos y su presencia autónoma y propia en la política, y ahora nos sale al paso la cuestión de la caridad como obra de “las organizaciones caritativas de la Iglesia”. Ésta son “obra propia” de la Iglesia (n 29). Es decir, en ellas la Iglesia es “sujeto directamente responsable” y “actúa conforme a su naturaleza” de Iglesia de Jesucristo. Hablamos de esta “organización caritativa de la Iglesia” que, por cierto, no anula la acción caritativa individual.
El contexto de esta “organización caritativa de la Iglesia” es el de un mundo globalizado en muchos sentidos y, en particular, en el de las comunicaciones. Este fenómeno hace que el mundo sea más pequeño para conocer las necesidades y disponga, a la vez, de medios más abundantes y rápidos para la ayuda humanitaria. El mundo entero, además, tiende a constituir el horizonte de la acción solidaria. Y la sociedad civil entera, por su parte, aparece y es el sujeto, más que los individuos, de los modos actuales de la solidaridad nacional e internacional (n 30). En tal contexto, surgen formas nuevas de colaboración entre entidades estatales, civiles y eclesiales, un voluntariado social con diversas formas y para diversos servicios. Este fenómeno del voluntariado civil solidario se une al crecimiento de nuevas formas de actividad caritativa en las Iglesias, fecunda unión de caridad y evangelización. El ecumenismo de la caridad social cristiana es muy estimado por los católicos, pues todas las iglesias cristianas quieren la realización del ser humano conforme a su dignidad de imagen de Dios. Una voz común de los cristianos al respecto ha de ser muy eficaz.
La actividad caritativa de la Iglesia, sin embargo, tiene un perfil característico. Con sus luces y sombras en la historia, es factor de gran peso en la evangelización. Es necesario, así, que no se diluya la caridad (y las Cáritas) en “una organización asistencial genérica” (n 31), una más. Hay rasgos, para evitarlo, que constituyen su esencia, la de la “caridad cristiana y eclesial”.
Así, el primero, como en la Parábola del Buen Samaritano, la caridad es ante todo “respuesta a una necesidad inmediata, en una determinada situación”, hecha, “ya”, con profesionales competentes, técnicamente, pero, sobre todo, convertidos al amor de Dios y mediadores de esa experiencia.
En segundo lugar, “independiente de partidos e ideologías”, y, sobre todo, de la concepción marxista de la revolución y el progreso, la que decía que toda caridad inmediata y personal es alienante y justificación del statu quo y, al cabo, contrarrevolucionaria. No hay que temer una caridad inmediata y urgente(n 31)[6].
En tercer lugar, la caridad no ha de ser un medio con función proselitista (n 31). Es amor gratuito, no intenta imponer la fe; pero tampoco calla. La caridad como testimonio ya habla por sí misma de Dios, pero el cristiano sabe “cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor” (n 31). Todos en la Iglesia, las organizaciones caritativas en especial, tienen este cometido de reforzar la conciencia creyente de sus miembros, para ser testigos creíbles de Cristo, ora de palabra, ora con su silencio, siempre con su ejemplo.
¿Quiénes son responsables de la acción caritativa de la Iglesia? El sujeto de las organizaciones de caridad de la Iglesia es la Iglesia misma, y lo es en todos sus niveles de expresión. En particular, los Obispos tienen la primera responsabilidad en las Iglesias Particulares de cumplir, hoy, el Programa de Hechos de los Apóstoles (2, 42-44) (n 32). La Iglesia, familia de Dios (en el mundo), tiene que ser hoy ejemplo de ayuda, dentro, y hacia fuera. El ejercicio de la caridad, no lo olvidemos, es “una actividad de la Iglesia como tal” (n 32), y “forma parte esencial de su misión originaria, al igual que el servicio de la Palabra y los Sacramentos” (n 32).
Los colaboradores que en la práctica hacen este servicio de la caridad en la Iglesia, no han de interpretar la acción caritativa desde una ideología, sino desde la fe que actúa por amor (n 33). Estos colaboradores han de ser prontos a sintonizar con otras organizaciones de solidaridad, respetando la “fisonomía” específica del servicio de caridad (1 Cor 13), como amor por el hombre, alimentado en Cristo. Darse como persona, par no humillar al ayudado, darse como un don de amor, desde la humildad, “abajándose”, sin mérito propio, como instrumento de la “gracia”, instrumento en manos del Señor, confiando en Él[7]. ¡Cuidado!, les tentará la ideología revolucionaria, la que quiere todo y ya (¿el marxismo?) y su contraria, la inercia del nada se puede hacer (“¿el neoliberalismo hecho dogma?). Ni soberbia ni resignación. La oración tiene aquí un lugar vital, como fuente inagotable de eficacia, frente al activismo y el secularismo (n 37). Rezamos no para corregir los planes de Dios (¿oración de petición?), sino para encontrarnos con Dios, cobrar esperanza y sentir su gracia. Pasaremos por dificultades de confianza, al no entender el mal en el mundo, el motivo del silencio y aparente ausencia de Dios (JOB); llegaremos al grito de Jesús en la cruz (Mt 27, 46). “Nuestra protesta” (n 38), “no quiere desafiar a Dios”, sino afirmar nuestra fe en su bondad radical y última, incluso “aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros” (n 38). En fin, “vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica” (n 39).
Conclusión. Para concluir, una mirada a los Santos, es decir, “a quienes han ejercido de manera ejemplar la caridad, y, entre los Santos, sobresale María, espejo de toda santidad (n 41). En los Santos es claro “que, quien va a Dios, no se aleja de los hombres” (n 42); a ella confiamos la Iglesia, “su misión al servicio del amor”.
(Guía de lectura, por José Ignacio Calleja, de la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz)
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[1] Parece estar hablando de la Ley de la Encarnación en la Historia de la Salvación, sin citarla.
[2] Cfr., datos históricos en nn 23-24.
[3] El uso de este concepto “razón práctica” no lo veo claro en la Encíclica. Quiero creer que se reconoce la política como realidad autónoma, relativamente desde luego, que dispone de recursos morales propios antes de su encuentro con la moral de la fe religiosa. Pienso en la política laica inspirada en los derechos humanos. El texto, sin embargo, no deja claro cómo se purifica la razón política no sólo por la fe, sino también por recursos propios de la razón. Hago, por ello, la interpretación más conforme con la democracia laica.
[4] Llama la atención esta referencia a la argumentación de la doctrina social de la Iglesia, “desde la razón y el derecho natural”, sin añadir expresamente “a la luz de la fe”. Precisamente, la doctrina social de la Iglesia en Juan Pablo II venía reclamando su estatuto de teología moral social, lo cual requiere siempre, entre sus fuentes de argumentación, la Revelación. Si argumenta sólo desde “la razón y el derecho natural”, estamos ante un conocimiento filosófico con hondas raíces en la historia del cristianismo, una especie de “filosofía social cristiana” o, con más pretensión, de “ética social cristiana” que tiene que aclarar su relación con la ética social de los derechos humanos o, en otro lenguaje, la moral civil de las democracias en cuanto tal.
[5] Entiendo, ahora sí, que apela a la aportación ética de la Iglesia, hecha en términos de razón moral natural. Y, de nuevo, la duda de si la razón política es capaz de tener acceso propio a la razón moral natural.
[6] Llama la atención aquí la falta de un comentario sobre la denuncia política que debe acompañar, a mi juicio, a toda acción caritativa por más concreta y urgente que sea. En realidad, toda la Encíclica, genial en tantos aspectos, padece el olvido de los condicionamientos y consecuencias políticas de la caridad, más allá de las mejores intenciones de los cristianos. Una crítica más severa de la gestión neoliberal de la globalización, un aprecio más nítido del significado cristiano del cambio de estructuras y el reconocimiento de que nadie se libra enteramente de alguna ideología, hubiera enriquecido mucho esta teología y pastoral de la caridad.
[7] Notemos aquí una “espiritualidad o mística” del voluntariado de la caridad eclesial, muy digna de ser profundizada.
miércoles, octubre 19, 2005
El sentido de tu vida
¿Te has preguntado alguna vez cuál es el sentido de tu vida?, o ¿cuál es el rumbo de tu existencia?.
Muchas veces cuanto se hace esta interrogante, bajo la variante de qué pretendes en la vida o qué pretendes ser, la respuesta que se da es habitualmente “ser profesional”, o tal vez técnico, o tener tales y cuales bienes que te aseguren cierta comodidad o desarrollo personal. Generalmente la respuesta no es ser feliz, pero ¿hay acaso algo que no desee más el ser humano, lo declare o no?.
El problema, si hemos de llamarlo así, es cómo. Para algunos el éxito personal o económico puede ser el camino a la felicidad, pero la experiencia y de alguna manera la sabiduría popular nos comprueba que si bien puede ayudar, no dará la felicidad. Entonces, ¿cómo se obtiene? Una respuesta simple, tal vez demasiado simple, pero no por ello menos verdadera es amando, sirviendo. No debes olvidar que Jesucristo señala que “quien entrega su vida, la encontrará”.
En las últimas Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa Benedicto XVI tomando el modelo de los Reyes magos que siguen una estrella, pues les indica que algo importante pasará y que no pueden perderse aquel suceso maravilloso, toman “camas y petacas”. Tal vez vendieron cuanto tenían por un tesoro mayor (incluso que el de Juan Fernández) y aunque probablemente “otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo” hace falta ponerse en camino. El Papa nos recordaba que los Reyes magos debieron modificar sus expectativas originales y aprender que “su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos.” Ya no buscan el nuevo Rey en los palacios, sino que deben buscar en un humilde pesebre. El sucesor de Pedro nos dijo que “habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración… La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de la justicia y del bien en el mundo”.
Muchas veces cuando hablamos de “una acción política inspirada en los valores cristianos” parece ser algo vago, difuminado y probablemente insuficiente. Por ello mismo se requiere de orientaciones más específicas, una clara diferenciación entre el bien y el mal y contar con modelos que nos indiquen el camino. “Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. Ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar – tal vez en el dolor – la palabra de Dios al terminar la obra de la creación: ‘Y era muy bueno”… “Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo”. (Benedicto XVI: Homilía en la vigilia con los jóvenes. Colonia 2005). El Papa nos ha invitado –asimismo- a fortalecernos en la lectura de las Sagradas Escrituras, guiados por el Espíritu Santo. Aun así nos recuerda que “obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe!”
Chile tiene en este mes la alegría de contar con un nuevo Santo, no obstante su fama de santidad en vida, el Padre Alberto Hurtado, Apóstol de los pobres. Sería importante releer sus escritos y reflexiones. En una de estas, hecha en un barco que lo traía de vuelta a la Patria, escribía “Cuántos van sin rumbo y pierden sus vidas... las gastan miserablemente, las dilapidan sin sentido alguno, sin bien para nadie, sin alegría para ellos y al cabo de algún tiempo sienten la tragedia de vivir sin sentido. Algunos toman rumbo a tiempo, otros naufragan en alta mar, o mueren por falta de víveres, extraviados, ¡o van a estrellarse en una costa solitaria!”
Quiera Dios que los destinos de nuestras vidas no se funden en la búsqueda de la propia felicidad, sino en la felicidad de los demás, en el servicio de los pequeños, y que así como los Reyes magos tomemos rumbo a la búsqueda del bien y de lo justo, que te aseguro no estará en los grandes palacios, sino entre los sencillos.
Leopoldo Quezada
www.doctrinasocial.org
Muchas veces cuanto se hace esta interrogante, bajo la variante de qué pretendes en la vida o qué pretendes ser, la respuesta que se da es habitualmente “ser profesional”, o tal vez técnico, o tener tales y cuales bienes que te aseguren cierta comodidad o desarrollo personal. Generalmente la respuesta no es ser feliz, pero ¿hay acaso algo que no desee más el ser humano, lo declare o no?.
El problema, si hemos de llamarlo así, es cómo. Para algunos el éxito personal o económico puede ser el camino a la felicidad, pero la experiencia y de alguna manera la sabiduría popular nos comprueba que si bien puede ayudar, no dará la felicidad. Entonces, ¿cómo se obtiene? Una respuesta simple, tal vez demasiado simple, pero no por ello menos verdadera es amando, sirviendo. No debes olvidar que Jesucristo señala que “quien entrega su vida, la encontrará”.
En las últimas Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa Benedicto XVI tomando el modelo de los Reyes magos que siguen una estrella, pues les indica que algo importante pasará y que no pueden perderse aquel suceso maravilloso, toman “camas y petacas”. Tal vez vendieron cuanto tenían por un tesoro mayor (incluso que el de Juan Fernández) y aunque probablemente “otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo” hace falta ponerse en camino. El Papa nos recordaba que los Reyes magos debieron modificar sus expectativas originales y aprender que “su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos.” Ya no buscan el nuevo Rey en los palacios, sino que deben buscar en un humilde pesebre. El sucesor de Pedro nos dijo que “habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración… La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de la justicia y del bien en el mundo”.
Muchas veces cuando hablamos de “una acción política inspirada en los valores cristianos” parece ser algo vago, difuminado y probablemente insuficiente. Por ello mismo se requiere de orientaciones más específicas, una clara diferenciación entre el bien y el mal y contar con modelos que nos indiquen el camino. “Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. Ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar – tal vez en el dolor – la palabra de Dios al terminar la obra de la creación: ‘Y era muy bueno”… “Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo”. (Benedicto XVI: Homilía en la vigilia con los jóvenes. Colonia 2005). El Papa nos ha invitado –asimismo- a fortalecernos en la lectura de las Sagradas Escrituras, guiados por el Espíritu Santo. Aun así nos recuerda que “obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe!”
Chile tiene en este mes la alegría de contar con un nuevo Santo, no obstante su fama de santidad en vida, el Padre Alberto Hurtado, Apóstol de los pobres. Sería importante releer sus escritos y reflexiones. En una de estas, hecha en un barco que lo traía de vuelta a la Patria, escribía “Cuántos van sin rumbo y pierden sus vidas... las gastan miserablemente, las dilapidan sin sentido alguno, sin bien para nadie, sin alegría para ellos y al cabo de algún tiempo sienten la tragedia de vivir sin sentido. Algunos toman rumbo a tiempo, otros naufragan en alta mar, o mueren por falta de víveres, extraviados, ¡o van a estrellarse en una costa solitaria!”
Quiera Dios que los destinos de nuestras vidas no se funden en la búsqueda de la propia felicidad, sino en la felicidad de los demás, en el servicio de los pequeños, y que así como los Reyes magos tomemos rumbo a la búsqueda del bien y de lo justo, que te aseguro no estará en los grandes palacios, sino entre los sencillos.
Leopoldo Quezada
www.doctrinasocial.org
miércoles, septiembre 14, 2005
Participación: una visión Humanista Cristiana
Un filósofo griego planteaba que el hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos.
Pero, ¿qué es participar? Busqué en el Diccionario y encontré que participar es “tomar o tener parte en algo”, así como en una sociedad o negocio. Una definición más satisfactoria, a mi juicio, es la que propone un texto de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, que señala que “Participar es tomar parte activa en algo común, intervenir, colaborar en algo que es obra conjunta de varios”. Participar, entonces, implica necesariamente dos componentes: uno de carácter subjetivo “yo me siento parte de algo”; y el segundo tiene que ver con una mirada desde la propiedad: “esto es mío, me pertenece”.
Cuando reflexionamos sobre la crisis de participación se dan estos dos elementos. Muchos, particularmente los jóvenes y los sectores marginados, no sienten que el país, la comuna, o el barrio, les pertenecen, menos la historia. Se sienten “al margen”. Consideran que su presencia, su voto o su opinión no valen y que no “cambiará nada”.
En el Magisterio de la Iglesia hay un cuerpo de conceptos claves al respecto, y que nos hacen entender a la participación en forma integral. En primer lugar, la naturaleza social del hombre. En efecto, ya en el Génesis, Dios mismo tras crear al hombre señala que “No es bueno que el hombre esté solo”. Resulta obvio que nuestra especie no pudo subsistir sino unido a otros, de otra forma se hubiese extinguido hace mucho rato. Es evidente que tuvo que unir esfuerzos junto a otros para sobrevivir. Al mismo tiempo, cabe destacar otro elemento clave de la naturaleza humana, que es producto de haber sido creado “a imagen de Dios”, su dignidad, y por tanto portador de derechos que tienden a su perfeccionamiento.
Efectivamente, uno de ellos es la participación, en cuanto es una aspiración y una necesidad de la persona humana, que debe ser respetada, permitida y perfeccionada, en cuanto representa, en último término, la realización y perfección de cada ser humano. Debemos señalar que la participa¬ción es un derecho y un deber que para un cristiano debe estar inspirada por la fe y la ética cristiana. La ética cristiana nos obliga a ejercer nuestras responsabilidades, grandes o pequeñas, con la mejor información posible y con la intención de favorecer el bien común integral de los conciudadanos. Por otra parte, a los que ejercen las decisiones políticas les obliga a tener siempre como objetivo de sus decisiones el bien común, librándose de la tentación de utilizar los recursos del poder o de la autoridad para favorecer intereses particulares y privados, ya sean personales o partidistas. Solamente la ordenación al bien común legitima el ejercicio de la autoridad tanto en el orden legislativo como en el ejecutivo o en el judicial.
La participación es un derecho y un deber que debe ejercitarse de manera res¬ponsable, es decir, con la más alta prepara¬ción técnica, profesional, científica y cultural (Pacem in Terris 147-148). En este sentido, participación se entiende como “el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales” (Catecismo 1913), así como, la serie de “actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece” (Compendio DSI 189). Se hace necesario, por tanto, que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, promoviendo el bien común. Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. Es consustancial a su dignidad, el derecho a tomar parte activa en la vida pública y contribuir al bien común. Tal como lo señalaba Pío XII “el hombre, como tal, lejos de ser objeto y elemento puramente pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y permanecer su sujeto, fundamento y fin” (Radio mensaje 1944). Pero la participación no puede ser limitada a un contenido particular de la vida social, sino que tiene un carácter integral, tal como hemos señalado. Este principio no sólo está asociado a la llamada participación social o comunitaria, sino también en la participación económica, es decir, de los trabajadores en la gestión y en las utilidades de las empresas, y de quienes menos poseen, individuos o países, condición necesaria para la justicia social, condición ligada al bien común y al ejercicio de una autoridad que reconoce y promueve los derechos de la persona. Tal como lo señalaba Mater et Magistra “consideramos que es legítima en los obreros la aspiración a participar activamente en la vida de las empresas, en las que están incorporadas y trabajan. No es posible prefijar los modos y grados de tal participación, pues se hallan en relación con la situación concreta que cada empresa presente; situación, que puede variar de una empresa a otra, y que en lo interior de cada empresa está sujeta a cambios, a menudo rápidos y fundamentales. Creemos, sin embargo, oportuno llamar la atención sobre el hecho de que el problema de la presencia activa de los obreros existe siempre, sea pública o privada la empresa; y, en cada caso, se debe tender a que la empresa llegue a ser una verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente en las relaciones, funciones y deberes de cada uno de sus individuos”.
Parece confirmado por la experiencia que el desarrollo económico está cada vez más condicionado por el hecho de que sean valoradas las personas y sus capacidades, que se promueva la participación, se cultiven más y mejor los conocimientos y las informaciones y se incremente la solidaridad (Juan Pablo II Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8 de diciembre de 2000).
Efectivamente, este principio de Justicia Social que se origina ya desde los primeros versículos de la Biblia y que la Doctrina Social de la Iglesia ha destacado a partir de sus primeros documentos se basa -entre otros- en el Destino Universal de los Bienes. El Catecismo, al respecto, señala “Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tenga cuidado de ellos, los domine mediante su trabajo y se beneficie de sus frutos (cf Gn 1,26–29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia” (Catecismo 2402). El Magisterio de la Iglesia, al respecto ha señalado desde hace mucho tiempo sobre la propiedad, que, si bien, la apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo (Cat. 2402), existe sobre ella una “hipoteca social” (Enc. Sollicitudo rei sociales 42), es decir que, la tradición cristiana no acepta el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable, al contrario siempre ha expresado que la propiedad privada es “en su esencia, sólo un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes, y por lo tanto, en último análisis, un medio y no un fin” (Compendio DSI 177), y por tanto sujeta a un fin social, cual es el bien común, vale decir, “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Comp. DSI 164).
Hemos hecho mención la participación como “actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece”. De ello se deducen un par de temáticas que analizaremos. En primer lugar, la participación política.
Al respecto, la participación política es perfectamente conforme con la naturaleza humana. Las es¬tructuras jurídico-políticas deben ofrecer a to¬das las personas el derecho y el deber de par¬ticipar en el diseño de la comunidad política, el gobierno, las instituciones, las elecciones de los gobernantes (Gaudium et Spes, Nº 75). La participación política implica hacerse parte de las decisiones y responsa¬bilidades consiguientes. Las decisiones son im¬portantes para todos, porque condicionan la vida, no sólo la de hoy sino la de mañana tam¬bién, y no es entonces justo desconocer la le¬gítima aspiración de los seres humanos a par¬ticipar, con responsabilidad y conocimiento, en esas decisiones (Oct. Adv., N° 47; Conf. Episc., francesa, 30-10-72; Mater et Magistra, p. 144). El problema es que, tal como lo decía Jacques Maritain hace más de medio siglo "La tragedia de las democracias modernas consiste en que ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia". A ello se añade “el escándalo de las irritantes disparidades no sólo en el goce de los bienes, sino, aún más, en el ejercicio del poder. Mientras en algunas regiones una oligarquía goza con una refinada civilización, el resto de la población, pobre y dispersa, se halla "casi privada de toda iniciativa y de toda responsabilidad propias, por vivir frecuentemente en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana” (Populorum Progressio, 9).
El orden político democrático reconoce y respeta la participación política, sino pierde su sentido y se agota. La historia de la democra¬cia, en este aspecto, es la historia del reconocimiento, ampliación y perfeccionamiento de la participación política libre e igualitaria.
De esta forma, los me¬canismos de participación en el régimen polí¬tico democrático están íntimamente ligados a otros aspectos de la democracia, como el reconocimiento y respeto de los derechos fun¬damentales de la persona humana, el princi¬pio del consentimiento voluntario, la respon¬sabilidad de los gobernantes ante los goberna¬dos y el principio de que la mayoría manda y se respetan las minorías.
El Papa Benedicto XVI recientemente ha señalado que “el ejercicio de una verdadera democracia” que, “por la participación del pueblo, lleva a cabo el gobierno de una nación cuando se inspira en los valores supremos e inmutables y hace posible que el acervo cultural de las personas y el progresivo desarrollo de la sociedad responda a las exigencias de la dignidad humana”. Según el obispo de Roma “la paz es el primero y sumo bien de una sociedad; supone la justicia, la libertad, el orden y hace posible todo otro bien de la vida humana”. Citando a Juan Pablo II, ha advertido asimismo que “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia, puesto que, sin una verdad última que guíe y oriente la acción política, las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder” (Discurso al embajador de Paraguay, 2005).
En efecto, el desafío de un modelo de desarrollo que pretenda armonizar lo económico, lo social y lo ambiental requiere de estructuras de gobierno aptas para abordar esta complejidad, a la vez que una activa participación ciudadana en las cuestiones públicas. La participación de la sociedad civil en las decisiones sobre el desarrollo es fundamental para lograr soluciones duraderas y viables. La vida democrática moderna requiere de un rol cada vez más activo de la población. La idea de que los gobernados sólo actúan cuando se trata de elegir y luego, valga la redundancia, son gobernados por otros sin que exista posibilidad alguna de interactuar con los gobernantes, ha quedado agotada. Ahora, al concepto de democracia representativa se le agrega la calificación de participativa.
En este sentido, además, tal como lo señaló Juan Pablo II, y lo reafirma Benedicto XVI, la democracia necesita de la virtud, si no quiere ir contra todo lo que pretende defender y estimular.
Nadie puede restarse de la construcción del bien común, es más, nadie puede afirmar como Caín: “No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?” (Gen. 4,9). Cada uno está llamado a “colaborar, según las propias capacidades en su consecución y desarrollo” (Comp. DSI 167). Los cristianos no pueden desentenderse de la participación en la política como un medio inevitable de ejercer la caridad con el prójimo. “El criterio básico de la participación de los cristianos en la vida política ha de ser siempre la consecución del bien común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre”. (Simposio De Doctrina Social De La Iglesia en el 40º Aniversario de Pacem in Terris, Conferencia episcopal española, 2003).
Como la construcción del bien común es una tarea de todos y cada uno, cabe referirnos al principio de subsidiaridad, que implica que "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común" (CA 48; Pío XI, enc. "Quadragesimo anno"). La subsidiaridad estatal comprende en relación con los cuerpos intermedios, una doble función: Negativa: aquello que los individuos particulares pueden hacer por sí mismos y con sus propias fuerzas, no se les debe quitar y entregar a la comunidad, es decir que ni a las agrupaciones superiores ni al Estado les compete absorber o destruir la actividad de las inferiores, y Positiva: las autoridades en virtud de este principio deben tender a favorecer y a auxiliar, así como también a fomentar, estimular, ordenar, fiscalizar, suplir y completar a los cuerpos intermedios, como la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales (los municipios en nuestro caso), “en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social” (Comp. DSI 185). Esta "socialización" expresa así la tendencia natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos (cf GS 25,2; CA 12).
Sería fácil mirar para el lado o responder cínicamente como Caín a la invitación a participar, a construir el bien común, pero de manera alguna puede afirmarse que no estamos convocados a trabajar junto con otros para construir una sociedad más justa.
El Padre Hurtado en una de sus más hermosas reflexiones criticaba la pusilanimidad, de quien cree que no vale nada, o que su esfuerzo no tiene ninguna relevancia. El mismo Jesús, que todo lo puede, ante las multitudes hambrientas les dice a sus discípulos (que sólo tenían un par de peces machucados y cinco panes duros) “denles de comer” (Mt. 14, 13-21) haciéndolos responsables, pese a sus pobres recursos, del bienestar de otros, y estos pocos panes y peces en sus manos alimentan a millares. Esa modesta contribución deja satisfecho a una multitud. ¡Qué emoción le hubiese producido ver a ese joven deteniendo los tanques en Tiananmen, como diciendo “yo puedo cambiar la historia”!
El mensaje de Cristo una y otra vez convoca al amor. Miente quien dice llamarse cristiano, o que ama a Dios y no ama a su hermano. Miente, quien no enfrenta al mal cuerpo a cuerpo. Miente, quien no tiene un gesto heroico con sus semejantes.
Participar no es sólo un derecho, sino más aun, se nos ha dicho que nos juzgará por cuanto bien hicimos, así como por cuanto bien dejamos de hacer. “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Lo que sembramos hoy, lo cosecharemos mañana.
Como Maritain destaca insistentemente en su obra, más que perfección, lo que necesitamos para construir una sociedad mejor es, sobre todo, “heroísmo”. La única garantía de que lleguemos a alguna parte (si es que se puede hablar de "garantías" en esto), está en el compromiso, en la entrega y en la lucha de cada uno de nosotros para poner en acción día a día estos principios conforme, sin duda, a las limitaciones de cada cual, pero también al esfuerzo que pongamos en ser mejores de lo que somos al tratar de estar a la altura de ese desafío (Cristianismo y democracia según Jacques Maritain, Angel Correa).
Decía el Padre Hurtado que, “uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer”, o acaso, ¿estás dispuesto a vivir, como pocos, con heroísmo y pararte delante del mal ya sea un tanque o la opresión, y preguntarte, qué haría Cristo en mi lugar?
Leopoldo Quezada
Pero, ¿qué es participar? Busqué en el Diccionario y encontré que participar es “tomar o tener parte en algo”, así como en una sociedad o negocio. Una definición más satisfactoria, a mi juicio, es la que propone un texto de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, que señala que “Participar es tomar parte activa en algo común, intervenir, colaborar en algo que es obra conjunta de varios”. Participar, entonces, implica necesariamente dos componentes: uno de carácter subjetivo “yo me siento parte de algo”; y el segundo tiene que ver con una mirada desde la propiedad: “esto es mío, me pertenece”.
Cuando reflexionamos sobre la crisis de participación se dan estos dos elementos. Muchos, particularmente los jóvenes y los sectores marginados, no sienten que el país, la comuna, o el barrio, les pertenecen, menos la historia. Se sienten “al margen”. Consideran que su presencia, su voto o su opinión no valen y que no “cambiará nada”.
En el Magisterio de la Iglesia hay un cuerpo de conceptos claves al respecto, y que nos hacen entender a la participación en forma integral. En primer lugar, la naturaleza social del hombre. En efecto, ya en el Génesis, Dios mismo tras crear al hombre señala que “No es bueno que el hombre esté solo”. Resulta obvio que nuestra especie no pudo subsistir sino unido a otros, de otra forma se hubiese extinguido hace mucho rato. Es evidente que tuvo que unir esfuerzos junto a otros para sobrevivir. Al mismo tiempo, cabe destacar otro elemento clave de la naturaleza humana, que es producto de haber sido creado “a imagen de Dios”, su dignidad, y por tanto portador de derechos que tienden a su perfeccionamiento.
Efectivamente, uno de ellos es la participación, en cuanto es una aspiración y una necesidad de la persona humana, que debe ser respetada, permitida y perfeccionada, en cuanto representa, en último término, la realización y perfección de cada ser humano. Debemos señalar que la participa¬ción es un derecho y un deber que para un cristiano debe estar inspirada por la fe y la ética cristiana. La ética cristiana nos obliga a ejercer nuestras responsabilidades, grandes o pequeñas, con la mejor información posible y con la intención de favorecer el bien común integral de los conciudadanos. Por otra parte, a los que ejercen las decisiones políticas les obliga a tener siempre como objetivo de sus decisiones el bien común, librándose de la tentación de utilizar los recursos del poder o de la autoridad para favorecer intereses particulares y privados, ya sean personales o partidistas. Solamente la ordenación al bien común legitima el ejercicio de la autoridad tanto en el orden legislativo como en el ejecutivo o en el judicial.
La participación es un derecho y un deber que debe ejercitarse de manera res¬ponsable, es decir, con la más alta prepara¬ción técnica, profesional, científica y cultural (Pacem in Terris 147-148). En este sentido, participación se entiende como “el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales” (Catecismo 1913), así como, la serie de “actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece” (Compendio DSI 189). Se hace necesario, por tanto, que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, promoviendo el bien común. Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. Es consustancial a su dignidad, el derecho a tomar parte activa en la vida pública y contribuir al bien común. Tal como lo señalaba Pío XII “el hombre, como tal, lejos de ser objeto y elemento puramente pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y permanecer su sujeto, fundamento y fin” (Radio mensaje 1944). Pero la participación no puede ser limitada a un contenido particular de la vida social, sino que tiene un carácter integral, tal como hemos señalado. Este principio no sólo está asociado a la llamada participación social o comunitaria, sino también en la participación económica, es decir, de los trabajadores en la gestión y en las utilidades de las empresas, y de quienes menos poseen, individuos o países, condición necesaria para la justicia social, condición ligada al bien común y al ejercicio de una autoridad que reconoce y promueve los derechos de la persona. Tal como lo señalaba Mater et Magistra “consideramos que es legítima en los obreros la aspiración a participar activamente en la vida de las empresas, en las que están incorporadas y trabajan. No es posible prefijar los modos y grados de tal participación, pues se hallan en relación con la situación concreta que cada empresa presente; situación, que puede variar de una empresa a otra, y que en lo interior de cada empresa está sujeta a cambios, a menudo rápidos y fundamentales. Creemos, sin embargo, oportuno llamar la atención sobre el hecho de que el problema de la presencia activa de los obreros existe siempre, sea pública o privada la empresa; y, en cada caso, se debe tender a que la empresa llegue a ser una verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente en las relaciones, funciones y deberes de cada uno de sus individuos”.
Parece confirmado por la experiencia que el desarrollo económico está cada vez más condicionado por el hecho de que sean valoradas las personas y sus capacidades, que se promueva la participación, se cultiven más y mejor los conocimientos y las informaciones y se incremente la solidaridad (Juan Pablo II Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8 de diciembre de 2000).
Efectivamente, este principio de Justicia Social que se origina ya desde los primeros versículos de la Biblia y que la Doctrina Social de la Iglesia ha destacado a partir de sus primeros documentos se basa -entre otros- en el Destino Universal de los Bienes. El Catecismo, al respecto, señala “Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tenga cuidado de ellos, los domine mediante su trabajo y se beneficie de sus frutos (cf Gn 1,26–29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia” (Catecismo 2402). El Magisterio de la Iglesia, al respecto ha señalado desde hace mucho tiempo sobre la propiedad, que, si bien, la apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo (Cat. 2402), existe sobre ella una “hipoteca social” (Enc. Sollicitudo rei sociales 42), es decir que, la tradición cristiana no acepta el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable, al contrario siempre ha expresado que la propiedad privada es “en su esencia, sólo un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes, y por lo tanto, en último análisis, un medio y no un fin” (Compendio DSI 177), y por tanto sujeta a un fin social, cual es el bien común, vale decir, “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Comp. DSI 164).
Hemos hecho mención la participación como “actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece”. De ello se deducen un par de temáticas que analizaremos. En primer lugar, la participación política.
Al respecto, la participación política es perfectamente conforme con la naturaleza humana. Las es¬tructuras jurídico-políticas deben ofrecer a to¬das las personas el derecho y el deber de par¬ticipar en el diseño de la comunidad política, el gobierno, las instituciones, las elecciones de los gobernantes (Gaudium et Spes, Nº 75). La participación política implica hacerse parte de las decisiones y responsa¬bilidades consiguientes. Las decisiones son im¬portantes para todos, porque condicionan la vida, no sólo la de hoy sino la de mañana tam¬bién, y no es entonces justo desconocer la le¬gítima aspiración de los seres humanos a par¬ticipar, con responsabilidad y conocimiento, en esas decisiones (Oct. Adv., N° 47; Conf. Episc., francesa, 30-10-72; Mater et Magistra, p. 144). El problema es que, tal como lo decía Jacques Maritain hace más de medio siglo "La tragedia de las democracias modernas consiste en que ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia". A ello se añade “el escándalo de las irritantes disparidades no sólo en el goce de los bienes, sino, aún más, en el ejercicio del poder. Mientras en algunas regiones una oligarquía goza con una refinada civilización, el resto de la población, pobre y dispersa, se halla "casi privada de toda iniciativa y de toda responsabilidad propias, por vivir frecuentemente en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana” (Populorum Progressio, 9).
El orden político democrático reconoce y respeta la participación política, sino pierde su sentido y se agota. La historia de la democra¬cia, en este aspecto, es la historia del reconocimiento, ampliación y perfeccionamiento de la participación política libre e igualitaria.
De esta forma, los me¬canismos de participación en el régimen polí¬tico democrático están íntimamente ligados a otros aspectos de la democracia, como el reconocimiento y respeto de los derechos fun¬damentales de la persona humana, el princi¬pio del consentimiento voluntario, la respon¬sabilidad de los gobernantes ante los goberna¬dos y el principio de que la mayoría manda y se respetan las minorías.
El Papa Benedicto XVI recientemente ha señalado que “el ejercicio de una verdadera democracia” que, “por la participación del pueblo, lleva a cabo el gobierno de una nación cuando se inspira en los valores supremos e inmutables y hace posible que el acervo cultural de las personas y el progresivo desarrollo de la sociedad responda a las exigencias de la dignidad humana”. Según el obispo de Roma “la paz es el primero y sumo bien de una sociedad; supone la justicia, la libertad, el orden y hace posible todo otro bien de la vida humana”. Citando a Juan Pablo II, ha advertido asimismo que “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia, puesto que, sin una verdad última que guíe y oriente la acción política, las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder” (Discurso al embajador de Paraguay, 2005).
En efecto, el desafío de un modelo de desarrollo que pretenda armonizar lo económico, lo social y lo ambiental requiere de estructuras de gobierno aptas para abordar esta complejidad, a la vez que una activa participación ciudadana en las cuestiones públicas. La participación de la sociedad civil en las decisiones sobre el desarrollo es fundamental para lograr soluciones duraderas y viables. La vida democrática moderna requiere de un rol cada vez más activo de la población. La idea de que los gobernados sólo actúan cuando se trata de elegir y luego, valga la redundancia, son gobernados por otros sin que exista posibilidad alguna de interactuar con los gobernantes, ha quedado agotada. Ahora, al concepto de democracia representativa se le agrega la calificación de participativa.
En este sentido, además, tal como lo señaló Juan Pablo II, y lo reafirma Benedicto XVI, la democracia necesita de la virtud, si no quiere ir contra todo lo que pretende defender y estimular.
Nadie puede restarse de la construcción del bien común, es más, nadie puede afirmar como Caín: “No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?” (Gen. 4,9). Cada uno está llamado a “colaborar, según las propias capacidades en su consecución y desarrollo” (Comp. DSI 167). Los cristianos no pueden desentenderse de la participación en la política como un medio inevitable de ejercer la caridad con el prójimo. “El criterio básico de la participación de los cristianos en la vida política ha de ser siempre la consecución del bien común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre”. (Simposio De Doctrina Social De La Iglesia en el 40º Aniversario de Pacem in Terris, Conferencia episcopal española, 2003).
Como la construcción del bien común es una tarea de todos y cada uno, cabe referirnos al principio de subsidiaridad, que implica que "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común" (CA 48; Pío XI, enc. "Quadragesimo anno"). La subsidiaridad estatal comprende en relación con los cuerpos intermedios, una doble función: Negativa: aquello que los individuos particulares pueden hacer por sí mismos y con sus propias fuerzas, no se les debe quitar y entregar a la comunidad, es decir que ni a las agrupaciones superiores ni al Estado les compete absorber o destruir la actividad de las inferiores, y Positiva: las autoridades en virtud de este principio deben tender a favorecer y a auxiliar, así como también a fomentar, estimular, ordenar, fiscalizar, suplir y completar a los cuerpos intermedios, como la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales (los municipios en nuestro caso), “en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social” (Comp. DSI 185). Esta "socialización" expresa así la tendencia natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos (cf GS 25,2; CA 12).
Sería fácil mirar para el lado o responder cínicamente como Caín a la invitación a participar, a construir el bien común, pero de manera alguna puede afirmarse que no estamos convocados a trabajar junto con otros para construir una sociedad más justa.
El Padre Hurtado en una de sus más hermosas reflexiones criticaba la pusilanimidad, de quien cree que no vale nada, o que su esfuerzo no tiene ninguna relevancia. El mismo Jesús, que todo lo puede, ante las multitudes hambrientas les dice a sus discípulos (que sólo tenían un par de peces machucados y cinco panes duros) “denles de comer” (Mt. 14, 13-21) haciéndolos responsables, pese a sus pobres recursos, del bienestar de otros, y estos pocos panes y peces en sus manos alimentan a millares. Esa modesta contribución deja satisfecho a una multitud. ¡Qué emoción le hubiese producido ver a ese joven deteniendo los tanques en Tiananmen, como diciendo “yo puedo cambiar la historia”!
El mensaje de Cristo una y otra vez convoca al amor. Miente quien dice llamarse cristiano, o que ama a Dios y no ama a su hermano. Miente, quien no enfrenta al mal cuerpo a cuerpo. Miente, quien no tiene un gesto heroico con sus semejantes.
Participar no es sólo un derecho, sino más aun, se nos ha dicho que nos juzgará por cuanto bien hicimos, así como por cuanto bien dejamos de hacer. “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Lo que sembramos hoy, lo cosecharemos mañana.
Como Maritain destaca insistentemente en su obra, más que perfección, lo que necesitamos para construir una sociedad mejor es, sobre todo, “heroísmo”. La única garantía de que lleguemos a alguna parte (si es que se puede hablar de "garantías" en esto), está en el compromiso, en la entrega y en la lucha de cada uno de nosotros para poner en acción día a día estos principios conforme, sin duda, a las limitaciones de cada cual, pero también al esfuerzo que pongamos en ser mejores de lo que somos al tratar de estar a la altura de ese desafío (Cristianismo y democracia según Jacques Maritain, Angel Correa).
Decía el Padre Hurtado que, “uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer”, o acaso, ¿estás dispuesto a vivir, como pocos, con heroísmo y pararte delante del mal ya sea un tanque o la opresión, y preguntarte, qué haría Cristo en mi lugar?
Leopoldo Quezada
miércoles, agosto 31, 2005
Bienvenidos al Blog del grupo Doctrina social de la Iglesia

Este Blog está orientado a difundir la Doctrina Social de la Iglesia, y las filosofías y experiencias prácticas concordantes con el Magisterio Social como el Humanismo Cristiano, el Personalismo Cristiano, la Economía de Comunión y otras similares.
Queremos invitarte a conocer directamente el grupo Doctrina Social en www.doctrinasocial.org
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